Mostrando entradas con la etiqueta Huerta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Huerta. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de noviembre de 2022

BAJO LOS PUENTES EN EL PRINCIPIO DEL SIGLO XX

Tramo del río donde se aprecia el desvío de su escaso cauce, así como sus numerosas parcelas

Apenas un pequeño canal ocupaba el caudal de estiaje del río Turia, que contrastaba con la magnitud del lecho, pero sin embargo no llegaba a contener las crecidas.

El río se había estrechado a su paso por diferentes puntos de la ciudad por las construcción de los diferentes azudes que volcaban el agua a las acequias de las huertas próximas. Poco a poco se fue convirtiendo en un verdadero desastre ese lecho, porque además de que por donde no circulaba el agua, las condiciones higiénicas no eran buenas. Había un arraigada costumbre en Valencia de usar en él la extracción de grava y arena para las obras y se quedaban en su lugar profundos hoyos con consecuencia de encharcamientos de aguas podridas en las desigualdades del cauce del río.

Estas excavaciones incluso amenazaban pretiles y puentes por su proximidad a ellos.

Extracciones de grava y arena entre el puente del Real y la Pasarela en 1910. Foto Tívoli

Los lugares por donde el cauce no trazaba su paso era utilizado para el cultivo, pero no era fácil obtener sin autorización, que si bien la otorgaba la CHJ ( Configuración Hidrográfica del Júcar), solo se invadió a principios del siglo XX el tramo comprendido en entre el Azud de Rovella y el comienzo del muro de encauzamiento de la margen izquierda en la alineación del camino de Burjassot. Como el que hace ojos ciegos, iba extendiéndose hacia el puente de San José, hasta que llegado 1916, y con los ojos bien abiertos, la tolerancia fue total por parte del Ayuntamiento republicano, ya se sabe, cultivadores electoreros del partido.

Pero el mayor caos que pudo ocurrir en el lecho del río fue una consecuencia de la pobreza tras la Guerra Civil. Las viviendas, chozas, barracas, o tantas formas nominativas como las hubiera, iban tomando terreno.

Cientos de peticiones llegaban diariamente a la CHJ para establecer infraviviendas, y que se lo montaban tan bien que tenían casa, huerta, y hasta incluso cuadra. Habían tantas que se ordenaban en calles con numeración. Todo estaba permitido, era la época de la Autarquía económica, y había que abastecerse cada cual como pudiera. Las pequeñas parcelas albergaban tomates, patatas, ajos, maíz, cebollas, coles,...

Chabolas frente a la Asociación Valenciana de la Caridad. 1942. Archivo de José Huguet

En los años cuarenta los distritos de Botànic, Marítim y Exposició, sobre todo la Petxina y el puente de Campanar, que estaba sin pretiles, estaban abarrotados de chabolas. El que no construía se metía entre las ruinas de los refugios antiaéreos y minas de ametralladoras abandonadas.

El departamento de Sanidad Municipal practicaba informes periódicamente sobre “Las chozas levantadas en la ciudad”

Pero llegó una riada importante, la de 1949, y creó un antes y un después. La ciudad de Valencia tomó conciencia de su río, y aunque quedaron unas cuantas chabolas en pie, con el comienzo de la trasformación llegaron a su exterminio total.

Texto de Amparo Zalve

jueves, 21 de abril de 2022

LA MUJER VALENCIANA EN LA HUERTA DE 1900

 

Sabía de ellos, aunque no había llegado todavía a conocerlos, llegados de París para llenar los escaparates de las tiendas mas elegantes de la calle Zaragoza. Sombreros de ala ancha con plumas de garza real, de aves del paraíso, de avestruz, de marabú, o de gallo, aunque la realidad es que sólo conocía las de sus gallinas, a las que tenía que mantener sanas porque de ellas dependía parte del sustento de su familia. 

El trabajo doméstico y el de la huerta se entrelazaban en la continuidad, trabajando dentro y fuera del hogar. 

Desde el jabón hasta el pan le proporcionaban cierta dificultad en la humilde condición de su casa. 

Pero sabía que en la época de la siembra y de la recolección era fundamental su papel como mujer y bendecía su suerte de no estar sin el marido, como su vecina, que la pobre se había quedado con dos hanegadas de tierra para ella sola porque había emigrado su esposo a Francia al no darles suficiente la tierra, tomando la decisión de irse él, antes que irse ella del hogar para trabajar en la confección o en el servicio doméstico, como muchas solían hacer cuando no daba para más. 

Desde pequeña aprendió que la meta de su vida era cumplir con los deberes de esposa y madre, eso en el hogar, además de los trabajos que da la huerta. 

La piel de su rostro le iba cambiando de manera que cada año que pasaba era como tres más de aquellas que en la capital lucían sus sombreros. Su casa necesitaba de un excedente para cumplir las necesidades familiares, y además del propio consumo que ellos tenían, lo que le quedaba lo vendía en la pequeña entrada y dos veces por semana en el mercado, cosa complicada a la hora de adaptar la dedicación a la huerta a los horarios del marido y los hijos, sobretodo para tener preparada la comida a las horas que tocaba comer. 

Bien cierto que desde que la suegra se hizo mayor y fue a vivir con ellos habían dos manos más para recoger y espolsar la tierra, a la par que las de su hija, la mayor, que con sus once años arreglaba los animales cuando terminaba de darle la lección un maestro que reunía a tres o cuatro más en la propia casa. 

Por cierto: ¡Qué mano tenía la suegra con la mermelada de tomate! 

Al despunte del día, cuando despedía al marido que iba a trabajar para otro amo, se enfundaba de sayo negro, pañuelo en el pelo, y un mantón negro, con el que llevaba un extremo a cubrir el hombro, dejando un hueco en su pecho para portar su bebé  y las manos libres.

Salía al sol abrasador de la huerta y de lejos y con la espalda encorvada se diría que se trataba de un espantapájaros, si no fuera porque las manos permanentemente ocupadas la delataban como un ser vivo, agotado y con el rostro sudoroso, que sólo encuentra su único reposo en la tarea que le impone la casa para cuidar al marido y a los hijos. 

Aún le queda la tarde del domingo para remendar y planchar.

Texto de Amparo Zalve Polo

sábado, 9 de abril de 2022

EL NOSTRE "CACAU DEL COLLARET"

Fruto de la tierra valenciana,  que con tan solo unos 2´5 cm de longitud y dos granos por vaina, parece que se hace necesario en la mesa de cualquier “esmorzaret “ valenciano. Al pequeño tamaño, unido al collar entre los granos que los comprime para no dejar apenas hueco entre la vaina, le convierte en una variedad única confiándole un sabroso sabor, debido al mayor porcentaje de aceite con respecto a las demás variedades. 

Más del 80% de la cosecha de este fruto se producía en estas tierras, y hay que decir que fue el primer lugar donde se cultivó de toda Europa, cuando el arzobispo de Valencia, Fabián del Duero, lo trajo de América. Lástima que en los años 60 del siglo pasado fue cayendo la producción debido al aumento de las importaciones. 

Pero ahora vamos al cultivo antiguo, a la tierra de la Valencia que sembraba aprovechando la luna menguante y de mayo a junio. Incluso se utilizó una herramienta especial para arreglar la tierra en la siembra, con la denominación de Barqueta, de unos 80 cm de tamaño, de forma semicircular, que se introducía por debajo del caballón, llevando cortantes en todos los extremos para ir segando las hierbas y deshaciendo los terrones de tierra. 

Allá llegaba la cuadrilla de labradores, mujeres y hombres, generalmente todos miembros de la misma familia cuando ya era el momento de recogerlos, dispuestos a tirar fuerte de las matas para arrancarlas enteras. Matas que se colocarían a continuación en los márgenes del campo hasta que se secaran, un día o dos. Luego a casa del labrador donde se habían dispuesto sillas,  a distancia que les permitiera el tablón, que se colocaba de una a otra  y que se mantenía sobre ellas gracias a unas calabazas o unos troncos en los extremos de los citados tablones.

En un lado del tablero las matas hacinadas, y las mujeres cogiendo un puñado las golpeaban sobre él, haciendo que a un lado cayera el fruto y al otro iban tirando las matas vacías. Pero como todo vale, estas servirían para alimento de los burros.

Venta de cacahuete en una calle de Valencia

El fruto todavía húmedo se trasladaba al lugar para su completo secado, que servía el mismo que para el arroz o para el trigo.

El último proceso era la vuelta a casa del labrador. Se colocaba en capazos para arrojarlo desde arriba de la cabeza hasta el suelo y que desprendiera el barro que cubría el fruto.

Poco quedaba ya para su venta, que portando los capazos de cacahuete en artilugios con ruedas llegaban al mercado o a las calles de Valencia. 

Muchos de esos cacahuetes se molían,  y con la harina resultante mezclada con la del trigo se hacían ricas galletas y pan. 

¿Saben ustedes que el cacahuete tiene que “cantar” para saber si está preparado para su uso? Solo tienen que agitarlo.

Texto de Amparo Zalve Polo

lunes, 15 de enero de 2018

CAMINO A LA PLAZA DEL MERCADO

Archivo Municipal

1850 Ca - En la Valencia amurallada y en su diario caminar hacía la plaza del Mercado, los huertanos de Campanar dirigían sus pasos entrando por la puerta de Serranos a la que habían accedido desde el Pont Nou, en paralelo al cerco cristiano, con sus caballos pertrechados con amplias alforjas repletas de nabos.

Tenían merecida fama los nabos de Campanar que tanto enriquecen al puchero valenciano de muy antigua gastronomía, que junto al arros en fesols í naps completan nuestra dieta más tradicional. La paella valenciana, más reciente en el tiempo y ya desde hace décadas en años de esplendor, otorga internacionalidad.

Campanar con su rica tierra en aquellos años, el Turia regando un gran tramo de la muralla, cohabitan ambos un espacio que conformaba una parte muy importante en el conjunto con la ciudad, con la iglesia de Santa Catalina como parroquia desde su origen y que ya había dejado de serlo, tanto en cuanto de los surcos de aquellos campos al servicio de sus alquerías, desde tiempos muy antiguos, formaba parte del vaso comunicante que unía huerta y mercado.

martes, 6 de diciembre de 2016

EL JARDÍN DEL CARMEN



Montaje de Pep Valencia

1955 Ca. - Valencia ciudad de huertos, fuera y dentro de las murallas, en especial por “la morería”, donde tanto el conocido como del “tirador” como el de “ensendra” fijaban el contrapunto al resto de la urbe, donde pese a su gran concentración urbana, ausente de claros, era habitual la existencia de pequeños huertos en las casas más notables en su parte posterior.

El río, y de él su acequia Rovella en su penetración por la ciudad, no sólo daba vida a los industriales “blanquers”, sino que nutría a los huertos, por lo que no puede extrañarnos que tras el crecimiento urbano con la desaparición de los de mayor superficie, se mantuviera en el tiempo la antigua costumbre del pequeño vergel reconvertido en coqueto jardín que duró hasta la década de los sesenta, cuando se rindió a la presión inmobiliaria.

Zona la que nos ocupa de campos que a finales del XIX, Francisco Lluch Marí, compró un trozo de su huerta para la instalación de una fábrica de curtidos y su vivienda.


Esta hermosa casa que fuera el “Jardín del Carmen” se encontraba en el lugar que hoy ocupan las fincas números 6, 8 y 10 de la avenida de San José de la Montaña; se derribó en el año 1962. La casa estaba separada de la calle con una pieza cerámica en tono azul cobalto, que permitían apreciar desde la calle la casa con su nombre “Jardín del Carmen” y su jardín.

Hay que destacar los hermosos azulejos que había en las jardineras, banco y fuente, y los grandísimos árboles de pimienta, así como el rosal de la enredadera, que tenía más flores rojas que hojas.

Muchas personas recordarán la tienda de flores y los hermosos ramos y coronas que allí se hacían.

Con mi agradecimiento a Miguel Safón por su aportación de datos.

viernes, 19 de junio de 2015

LA NARANJA, FRUTO DORADO

1952 en el huerto de naranjos Archivo de Rafael Solaz

1952 – El gran peligro para nuestro fruto dorado son las heladas, pero afortunadamente y con el buen talante del clima de la huerta valenciana, la naranja consigue su exquisitez y punto de dulzura. Pero por su condición femenina, le encantan los mimos y cuidados. 

En la Valencia del blanco y negro y en gran parte del siglo XX, el perfume de su azahar no sólo se esparcía por la ciudad, sino que a la vieja dársena llegaban con el previo paso por la avenida del Puerto las cajas del fruto para su exportación, como primera fuente de divisas.

Pero para ello, los naranjales necesitaban de su previo cuidado que era realizado con el cariño de los huertanos.

La imagen nos lo demuestra, de forma manual y directa, los árboles recibían el tratamiento adecuado y en el momento oportuno, una vez que los sulfatos eran preparados de acuerdo con la exigencia del estado del fruto.

Mañana de radiante sol, sombreros de paja y naranjos preñados, mientras preparan la dosis necesaria que mochila a la espalda, rociarán sobre el que fue “oro de la huerta”.

lunes, 8 de junio de 2015

GENTE DE LA HUERTA

años 30 gente de la huerta

Archivo de Rafael Solaz

Años 30 – Llega el calor y la huerta tiene sus posibilidades. Los cultivos necesitan el agua y las acequias reparten su alimento del que se servirá el labrador en las horas asignadas.

El huertano sabe de su esfuerzo, se protege del sol con un sombrero de esparto y la faja protege sus riñones cuando labra la tierra. El botijo sujeto al carro saciará su sed. Pero no todo es sudor en la huerta para el sufrido labrador.

La acequia cercana le dará ocasión para un instante de distracción que se refleja en la foto, tras el baño en sus aguas, entre verdes ribazos con fondo de barro.

Sonrisas de tierra húmeda que alivia por una instante la dura jornada, que día tras día, configura la vida de la gente de la huerta.

Sol y acequia; calor, sudor … y sonrisas.    

lunes, 25 de mayo de 2015

ACEQUIA, HUERTA Y BARRACAS


Acequia, huerta y barracas. 1911
Archivo de Rafael Solaz

1911 - La acequia canta murmullos de ranas ávidas de insectos. Los árboles se alzan hacia el universo verde de sus hojas apoyados por un cañamelar que servirá para quien sabe qué tomatera. Las blancas barracas parecen imitarlos y miran al cielo azul claro que se adivina.

Una cruz se convierte en símbolo y remate de tan popular vivienda de la huerta. Todo ocurre junto a un camino que acompaña la acequia moruna como compañeros de un viaje en la historia. Unas florecitas blancas, alimentadas por la humedad del lugar, interrumpen el concierto verde-ocre. El color se adivina, se respira, se siente el correr del agua.

Es la huerta, la tantas veces cantada, la de nuestros antepasados, la que no debemos dejar perder porque forma parte de nuestra identidad como pueblo. Han pasado más de cien años y la imagen permanece con toda la fuerza y el color del recuerdo.

Una fotografía con acequia, la huerta y unas barracas bastan para que de mis ojos broten lágrimas de nostalgia.

Texto y foto de Rafael Solaz

domingo, 22 de febrero de 2015

GRUPO EN LA HUERTA

1935 grupo en la huerta

Archivo de Rafael Solaz

La parra y la higuera junto con el carro y el perro, en su conjunto, nos prodigan un instante mágico que representa el sabor más genuino de la huerta valenciana.

La foto hacia 1935 nos regala a sus protagonistas: el clan familiar en torno a la huerta, en el que la presencia del niño sugiere la continuidad en el esfuerzo, aunque en el discurrir de los años se haya visto reducida en su extensión por la asfixia a la que se ha visto sometida por su cercanía a la gran urbe.

El caballo es la enseña de la fuerza, en esta ocasión conducido por el huertano, quien en su apacible posado, cigarrillo entre sus labios con el cabezal en la mano y junto a la esposa orgullosa por su contribución al trabajo, como sustento del hogar, muestran unidos el orgullo por su "contribución a la huerta".

Y con la parra al fondo, tan presente siempre,  con sus racimos de ilusión y el aliño de sus pámpanos.

jueves, 16 de octubre de 2014

LA HUERTA


1900_la huerta
Fuente – Biblioteca Valenciana

Ca. 1930 - La torre espigada del Palacio de Ripalda, como referencia inmediata,  nos sitúa en el punto de partida desde el que está tomada la foto.  Ayuda el Micalet -sito a la izquierda y más al fondo- que nos indica el centro de la ciudad, mientras que el Museo de Pio V, hospital en ese entonces  y su cúpula de alto templete, como más escondida, completan  la perspectiva frontal, enriquecida por el arbolado de los Viveros, como un friso sobre tan huertana alfombra.

El futuro Paseo al Mar, aún es un proyecto no abierto, en cuya influencia vemos la huerta en estado puro, y una senda que conduce a la próxima barraca, ante la que el claro de la tierra nos indica el posible camino al encuentro de Benimaclet en los años finales del siglo XIX o tras pasar el zaguán del XX, desde donde está tomada la foto.

La instantánea de Enrique Desfilis es el más cumplido documento que nos informa cómo era la ciudad de la otra parte del río en una zona habitual de huertos de flores, próxima a la Alameda y que se extendía por ricos campos al servicio de sus continuas cosechas.

Flores y otros cultivos aromatizan la ciudad y observando la foto, intuimos su perfume.

viernes, 11 de julio de 2014

CARDOS EN LA HUERTA

 Recogiendo cardos en la huerta. Ca. 1950 Archivo de Rafael Solaz

1950 Ca. - La riqueza de la huerta valenciana estaba fundamentada en toda clase de cultivos, de los que en la actualidad, algunos de ellos, han desaparecido. Recuerdo aquellos campos cultivados de algodón que en el momento de su recolección parecían como colgajos de nieve sobre las ramas secas. O los de tabaco, que tras su secado, sus grandes hojas estaban llamadas a convertirse en hileras de colgajos a las espera de su picado. Sin embargo, otros cultivos aún persisten, pero no como antaño.

El cardo, verdura fundamental en el arroz “ab fesol i naps”, es de poca utilidad en la cocina actual pero en otra época su consumo tenía mayor relevancia. Una hortaliza que al alcanzar más de un metro de altura, ascendían por su penca los hambrientos caracoles “avellanec”.

La imagen de 1950 nos muestra a una bella muchacha con sencillos pendientes y con su haz de cardos en medio de la huerta, entre plantas que habían perdido su lozanía y la seca tierra, gozosa de su cosecha que también iba a servir para un saludable “bollit de carts i creilles” en la hora de la cena.

martes, 10 de junio de 2014

UN GRUPO DE HUERTANOS

Grupo de la huerta de Valencia. Ca. 1936 
Archivo de Rafael Solaz

1936 Ca. - Desde el momento del surco en la tierra, previo a la siembra, hasta el de la recolección, la huerta era entonces como el niño mecido en la cuna a quien la familia entera le dedica toda su atención. El trabajo duro bajo el azote solar, y el quebranto ante la amenaza del granizo de un cielo plomizo, representaban todo un reto que la familia huertana vencía con el esfuerzo del trabajo y la ilusión por la buena cosecha siempre anhelada. La que daba ocasión a la reunión familiar representada en esta foto de los años treinta en una instantánea que nos suscita que “la alegría de la huerta” -grupo en el que el “peinado a raya”, salvo en un par de calvos y en quienes por llevar gorra impide calificarlos tal cual- es común en los presentes, al igual que la sonrisa apacible en los rostros del grupo de huertanos sito entre flores, hortalizas y maizales. Huerta y vergel, a base de esfuerzo y alegría.

viernes, 30 de mayo de 2014

BARRACAS DE LA HUERTA

Barracas de la huerta. 1958

Archivo de Rafael Solaz

1958 - Hablar de la huerta valenciana y de sus abundantes barracas laborando con la moviola del tiempo y con el recurso del zoom de la nostalgia, merced a esta foto de 1958, nos sugiere iniciar un viaje al pasado, pero sin alejarnos de la ciudad presente en la imagen. Barracas, unas casadas a otras, adobe vestido de cal, huerta que limpia y perfuma cual cordón sanitario que protege la urbe junto a la alquería, un collage, una remembranza que fascina al entusiasta de nuestro pasado. La siega de la cosecha ha dejado expedito el campo al que acude un rebaño de ovejas conducido por el perro pastor ante la mirada de su dueño para aprovechar hasta la última brizna del forraje. El tendido eléctrico une una ciudad que irá creciendo con los años, muy próxima a una huerta cada vez más exigua. Ausente la tradicional barraca donde de aquel verde alfombrado apenas queda nada, sólo nos queda la imagen. Y la blanca barraca, por supuesto, pero llamada a su destino como pieza de etnológico museo.

miércoles, 19 de febrero de 2014

LA HUERTA

la huerta ca 1910

Ca. 1910 - La huerta valenciana ha estado de siempre situada justo a partir de sus murallas, regada por las aguas del Turia y por la acequias en estratégico sistema de conducción, a la sazón judicialmente protegido por el Tribunal de las Aguas, y en su beneficio gracias a la bondad de un clima que ha procurado cosecha tras cosecha, sin necesidad del barbecho del interior peninsular. 

El paso del tiempo y la explosión demográfica de nuestra ciudad, la tercera de España, al igual que los municipios que configuran su área metropolitana, ha tenido como resultado que la superficie que en tiempos ya lejanos diera a nuestra ciudad la consideración de florido vergel, se haya convertido en un valor residual con ribazos de añoranzas. 

Los carros han desaparecido, los blusones yacen estrujados entre naftalinas en alguna cómoda imaginaria, y la que fuera placidez familiar en la puerta de casa, se manifiesta con el huertano descansando tras su derroche de fuerzas, con la esposa que por momentos ha abandonado al puchero en cocción, y la curiosidad de la niña abrigada y con guantes que posan al fotógrafo en un día invernal.

lunes, 28 de octubre de 2013

LA “GRUPA VALENCIANA”

Grupa valenciana. Ca. 1925

Fuente – Rafael Solaz 

Ca. 1925 - La ciudad de Valencia se hermana con la huerta a través de muchas representaciones siendo la más emblemática la “grupa valenciana”, tanto en cuanto en ocasión del cualquier acto festivo su pausado recorrido por las calles de la ciudad se produce en expresiva alegría. Pero la huerta desaparece y el campo cercano a la ciudad ya es tan pequeño como lo es la escasez de actos donde observar el paseo urbano de una pareja de valencianos sobre un caballo engalanado, salvo, afortunadamente, en alguna que otra ocasión con la pretensión de perpetuar tan antigua costumbre. En la huertana familia valenciana la existencia del caballo era imprescindible, siendo como una parte más de la misma al que se le atendía con todo mimo y cuidados. La aplicación del motor al campo lo ha reemplazado y la “grupa valenciana” se ha quedado en nuestras tradiciones pintada sobre un lienzo de Sorolla o en la vieja foto con huellas de añoranzas, tal y como la que observamos de los años veinte donde tanto la pareja de valencianos como el caballo, lucen orgullosos la representación más genuina de la unión de la huerta con la ciudad a la que asisten en la celebración de uno de sus festivos actos.

sábado, 26 de octubre de 2013

COLEGIO DEL PILAR

Colegio del Pilar. Marzo 1965

Fuente – Rafael Solaz

1965 - El Colegio del Pilar, marianista, comenzó su andadura en Valencia en tiempos de la II República cuando no eran los mejores para la enseñanza religiosa en España. En 1933 se instalaron en la Malvarrosa con muy poca actividad, hasta su traslado a la calle Conde Altea donde se dieron clases de primaria. Durante la guerra civil cesó en su cometido y a su término, se reanudaron las clases en un palacio de la calle de Caballeros, mientras que la segunda enseñanza se procuraba en un edificio de la calle Palau 14. Y así hasta el año 1945 que se unificaron con la adquisición del viejo Colegio de Loreto de la plaza Conde de Carlet. Y como aquellas instalaciones se iban quedando pequeñas, se adquirieron unos terrenos en el paseo de Valencia al Mar donde establecieron su sede definitiva que fue inaugurada en el curso de 1957, unos días antes de la trágica riada que convirtió al colegio en una isla rodeada de inundados campos. La huerta fue desapareciendo por la expansión urbana, así como el ferrocarril que desde la Estación de Aragón estiraba su red ferroviaria junto al Colegio. Vemos en la foto de 1965 cómo nuevos edificios se construyen alrededor, así como la permanencia de algunas alquerías con sus huertas y las vías del tren en su proximidad cuando aún estaban en servicio.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

BARRACA VALENCIANA

barraca - ca 1935

Colección Díaz Prósper

Ca. 1935 - La barraca conformaba una parte muy importante del paisaje huertano valenciano así como el de la Albufera. Su función principal era la de procurar vivienda a la familia que vivía del producto de sus tierras o en su caso de la pesca. Su construcción se basaba fundamentalmente en una estructura de madera guarnecida de cañizo y adobe con un tejado a dos aguas de verticalidad muy pronunciada para evitar el calado de las aguas pluviales. De planta rectangular, su puerta lateral daba lugar a un pasillo que conectaba con la puerta trasera, siendo de utilidad como cocina, comedor y almacén de pequeños utillajes. Pasillo desde el que se accede a los dormitorios, siendo su número habitual el de tres. En su parte superior, la andana cumplía como almacén para determinados enseres, así como el lugar donde se procedía a la cría de gusanos de seda. En el exterior y torno a ella, las familias instalaban el resto de elementos necesarios para su existencia, así como procuraban un pozo de agua y la característica parra que adornaba la fachada. Actualmente, la auténtica barraca valenciana ha desparecido de las huertas, al tiempo que las que aún se observan nada tienen que ver con las que existían antaño. Vemos en la foto una barraca en un proceso de degradación muy avanzado, pero con la impronta de su autenticidad.

sábado, 3 de agosto de 2013

EL CARRO

el carro ca 1960

Ca. 1960 - El carro para el huertano valenciano representaba el necesario medio de transporte para su cotidiana faena. Cercana la huerta a la ciudad, a ésta se dirigía con mucha frecuencia y ver a su dueño guiando su destino por las calles de Valencia era el símbolo más representativo de los campos al cultivo de hortalizas, enriquecidos por sus frutales y aromatizados por el azahar. Es frecuente en las fotos de la Valencia más antigua, incluso en las de hasta pasado medio siglo del XX, en las que se puede observar un carro desplazando su lento caminar por las calles y plazas de la ciudad, sea en una postal donde se muestra la singularidad de un bello edificio, o la amplitud de cualquiera de sus más largas y anchas vías. El carro de la fotografía en la plaza del Dr. Collado nos indica la existencia de una de las tiendas más emblemática de la Valencia huertana: la “Hija de Blas Luna”, que desde hace más de cien años, aparte de su especialidad en telas metálicas, surte de una gran variedad de elementos útiles para quienes laboran la tierra, con el único cambio en el tiempo, por citar uno de los muchos ejemplos, del abandono del esparto por el plástico en un simple capazo, otrora artesanal, pero que antes como ahora, dan a su fachada tan peculiar carácter con sus cedazos y otros utensilios.

lunes, 15 de julio de 2013

BARRACA EN LA HUERTA

Barraca en la huerta. 1922
Fuente – Rafael Solaz 
1922 – Barraca en la huerta. Para el huertano era vital la posesión de un carro y su caballo en sus diferentes cometidos. Bien fueran los de llevar el producto de sus cosechas al mercado, proveerse en la ciudad de sus aperos de labranza, como lo era también el utilizar la fuerza del caballo para abrir surcos en la tierra. Vemos un carro repleto de diferentes enseres mientras el huertano posa ante la cámara con cierto retraimiento. Y en la barraca, otro personaje contempla la escena mientras se abriga por un invernal día.