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domingo, 25 de octubre de 2026

PLAZA DEL MARQUÉS DE ESTELLA Y CUARTEL DE ARTILLERÍA


Las últimas piedras de la antigua Ciudadela acababan de desaparecer y habían dejado un vacío tan inmenso y deshabitado que el viento que se movía junto al río Turia levantaba nubes de polvo.

Sobre esa explanada, hacia la última década del siglo XIX, comenzó a levantarse una gran mole de ladrillo y disciplina: el edificio militar de artillería. Su fachada, imponente, se convirtió de inmediato en el telón de fondo de un espacio que aún buscaba sus identidad. Tenía inmensas naves destinadas al mantenimiento de cañones, herrerías que no dejaban de golpear el metal, almacenes de pólvora y amplios patios donde se estabulaban decenas de burros y caballos robustos, indispensables para arrastrar las pesadas piezas de artillería de la época

Para dar sentido a aquel desierto urbano que conectaba el corazón de la ciudad con los jardines señoriales de la Glorieta, en 1925 se abrió una gran rotonda circular que recibió el nombre de Plaza del Marqués de Estella.

Nació limpia, diáfana, sin nada de su centro que interrumpiera la mirada. Pero pronto el espacio se llenó de los sonidos de la modernidad y la tradición: por los adoquines recién colocados comenzó el tintineo constante de los tranvías que ponían rumbo al puerto, cruzándose con los carros de tracción animal y los primeros automóviles que rodeaban la isleta central. El firme era una combinación de adoquines por los que circulaban los vehículos con las vías metálicas integradas para el paso del transporte público que la cruzaba constantemente en su ruta hacia los poblados marítimos y el puerto del Grao.

El flanco derecho de la plaza vibraba al ritmo del cuarte: el eco de las botas sobre el patio de armas, el crujido de los carruajes militares y el trasiego de suministros que entraban y salían por sus grandes portones.

Esa vecindad generaba una simbiosis tan cotidiana como singular en los días de maniobras. Cuando las baterías de artillería debían salir de instrucción la plaza entera se detenía. Los guardias urbanos interrumpían por completo el paso de los modernos tranvías eléctricos y los escabrosos automóviles para ceder el paso a una estampa de otros tiempos: hileras de soldados a caballo y decenas de mulos enganchados a los cañones cruzando la rotonda con un estruendo metálico que hacía temblar los cristales de las casas cercanas.

Durante décadas la vibrante vida civil de los viajeros y la estricta rutina marcial convivieron pared con pared en un equilibrio cotidiano, rodeado por parterres bajos y las copas de los árboles que empezaban a ganar altura. Elegantes farolas de forja y árboles jóvenes que contrastaban con los frondosos y antiquísimos ficus de la Glorieta contigua.


La fisonomía del lugar cambió radicalmente a mediados de los años cuarenta. Aquel centro vacío de la rotonda fue ocupado por una imponente arquitectura de piedra, un Arco de Triunfo que alteró para siempre la perspectiva visual del entorno.

Pero el destino de la plaza estaba ligado a la transformación inevitable de la ciudad. Al llegar 1960, el rugido de los motores militares y el paso de los caballos dieron paso al sonido de la piqueta. El viejo cuartel de artillería que había custodiado el lateral de la plaza durante setenta años, fue demolido por completo. Sus muros se desmoronaron para abrir paso a la modernidad del hormigón, levantándose en su lugar los bloques de viviendas que hoy cierran el paisaje, borrando la huella castrense de un entorno que, sin embargo, aún conserva en sus piedras el eco de su fisonomía original.

Texto de Amparo Zalve Polo

sábado, 17 de octubre de 2026

¿ ESTUDIAMOS PINTURA EN EL CONVENTO DE EL CARMEN?


Temprano el sol iba calentando el claustro del Convento del Carmen y el silencio se rompía por completo en las antiguas galerías monacales.

La escuela superior de Bellas Artes de San Carlos despertaba con el trasiego constante de blusones manchados de óleo, cajas de madera y el fuerte olor a trementina que inundaba los pasillos.

En las aulas interiores, rodeadas de arquerías góticas y renacentistas, la enseñanza oficial mantenía su rigor tradicional. Los estudiantes empezaban el día bajo techos altos, copiando minuciosamente moldes de yeso de estatuas clásicas o dibujando al carboncillo láminas antiguas. Sin embargo, a principios del siglo XX la verdadera revolución de la escuela ocurría cuando las clases salían de los talleres cerrados buscando la luz natural.

Para comenzar las expediciones de pintura al aire libre, los alumnos recogían el equipo de los pasillos del convento, cargados al hombro con pesados caballetes de campaña y sombrillas portátiles para poder resistir las jornadas bajo el sol mediterráneo.

Las cajas de madera transportaban tubos de plomo flexibles con los pigmentos ya preparados, era un avance técnico reciente que permitía abandonar el mortero y la molienda del taller para poder pintar en cualquier parte, y los bolsillos hacían el resto.

El grupo de estudiantes cruzaba los límites de la ciudad dejando atrás los claustros para adentrarse en la huerta valenciana o caminando llegar a los poblados marítimos de El Cabañal y la Malvarrosa.

Al llegar a la playa los caballetes se plantaban directamente sobre la arena húmeda. La luz cambiaba con rapidez, las grandes telas eran inútiles y el ejercicio exigía velocidad, por lo que el soporte era indispensable, eran las “tablicas “ de madera. Esas pequeñas planchas de chopo o de cedro, cortadas a la medida exacta para encajar en las ranuras de las tapas de las cajas de pintura permitiendo a los alumnos trabajar al instante y transportar los apuntes frescos de vuelta al convento sin que se rozaran entre sí.

Sobre estas tablicas los alumnos aplicaban pinceladas rápidas y empastadas y descubrían que las sombras bajo el sol de Valencia no eran negras ni grises, sino compuestas por tonos violetas, azules y dorados, lo que el Mediterráneo ofrecía.

Para los profesores lo que importaba no era el dibujo perfecto ni la línea definida, decían que se debía mirar a través de las manchas de color capturando los reflejos del sol sobre el agua, las barcas de pesca y las faenas de los marineros (esto parece que nos suena)

Los maestros caminaban entre los caballetes corrigiendo las mezclas de las paletas sobre la marcha y enseñando a educar el ojo ante el destello del paisaje.

Caía la tarde y el grupo emprendía el camino de regreso al Convento del Carmen con los rostros encendidos por la brisa salada. Al cruzar de nuevo el umbral del viejo convento, las tablicas aún brillantes por el óleo húmedo se alineaban en el suelo del claustro. Allí mismo comenzaba el riguroso examen. Ahora los criterios para evaluar eran distintos a los que se hacían en el taller cerrado. Lo más importante era la valentía de la pincelada y sobre todo la verdad de la luz, la sinceridad del color, la capacidad del alumno para plasmar la atmósfera exacta de una hora del día, como también la limpieza de las mezclas en la paleta, penalizando severamente los tonos sucios o terrosos.

Esas tablicas que conseguían transmitir la vibración térmica del Mediterráneo con apenas cuatro trazos eran las elegidas para disputar los prestigiosos premios anuales de la institución.

Los mejores no solo obtenían las codiciadas medallas de oro y plata de la escuela, sino que se convertían en el pasaporte definitivo para las Becas de Paisaje y las Pensiones de la Diputación de Valencia.

                             Antonio Muñoz Degrain visitando la Academia

La Exposición pública era el broche de oro y se hacía cada año en las galerías altas del propio convento. Durante unas semanas las puertas se abrían de par en par para toda la sociedad valenciana. Los muros estaban densamente abarrotados, casi por completo de techo a suelo, ocupado por las tablicas premiadas y los lienzos de los alumnos mas avanzados. Para los estudiantes esta exposición pública representaba su primer contacto real con el mercado del arte, ayudando en ello la prensa local que publicaba encendidas críticas sobre las nuevas promesas del luminismo, y los coleccionistas de la ciudad pasaban con sus bastones señalando qué apuntes de playa o de la huerta querían comprar antes de que los jóvenes talentos partieran hacia Roma o París.

Unas décadas más tarde, tras el estallido de la Guerra Civil en 1936 las colecciones artísticas tuvieron que ser desmontadas para protegerlas de los bombardeos y el conjunto conventual del Carmen sufrió graves daños estructurales. Al término de la contienda las instalaciones resultaban precarias para albergar simultáneamente la escuela, la Academia y el Museo y por ello el Ministerio de Educación decretó el desalojo definitivo, fijando al otro lado del Turia las enseñanzas artísticas en el imponente Colegio Seminario de San Pío V.

Texto de Amparo Zalve Polo

viernes, 9 de octubre de 2026

LAS CIGARRERAS DE LA ANTIGUA FÁBRICA DE TABACOS


Esta vez y sobre una fotografía de finales del siglo XIX, donde en ese momento la explanada del Llano del Remedio cerraba paso el paisaje urbano al oeste, dejando al frente la Fábrica de Tabacos. Allí donde habían plantas, entresuelos y buhardillas, ahora bancos de trabajo, prensas y almacenes de hojas de tabaco.

Las más de tres mil cigarreras habían convertido el albergue de oficiales reales y mercancías de la Aduana en un hervidero de actividad obrera. Llegando a formar parte de un colectivo fuertemente unido, pionero en la defensa de los derechos laborales de las mujeres, y a pesar de las duras condiciones de los talleres, tenían un carácter resolutivo ante las crisis de producción.

Y esta entrada la quiero dedicar a todas aquellas mujeres, las cigarreras, que trabajaban con jornadas de sol a sol por un sueldo medio y siempre alegres, y ahora lo entenderán.

La disciplina del día a día para las cigarreras era como muy militarizada, más bien yo diría que el orden imperaba, impuesta por la Compañía Arrendataria de Tabacos, pero que a la vez se combinaba con una picaresca y solidaridad femenina únicas.

La que llegaba un minuto tarde ya no podía entrar porque las puertas se cerraban por la mañana con un horario fijo, y por consiguiente perdía el jornal de todo el día.

Cubrían jornadas de 11 horas, o 12 en verano o sea, de sol a sol. La gran campana de la fábrica parecía que organizaba la vida de todo el barrio de la Glorieta cuando sonaba el inicio, los descansos y el final de la jornada.

El mayor miedo de la empresa era el contrabando de tabaco, así que cuando terminaba la jornada laboral las obreras pasaban obligatoriamente por el despacho de inspección, donde un cuerpo de funcionarias mujeres (las registradoras) las palpaban a fondo asegurándose de que no escondieran hojas de tabaco o puros en las enaguas, en el pelo o en el corsé.


                           Fotografía del archivo de la familia Climent

Tenían una forma de combatir tantas horas el aburrimiento enrollando miles de cigarros al día, y aunque estaba prohibido hablar en voz alta por no bajar el ritmo de producción, ellas desarrollaron la costumbre de cantar canciones populares a coro:

“ Dicen que las cigarreras

somos de armas tomar,

pero bien que vienen los guapos

a vernos salir a pasear”

Además, de manera informal, implantaron la figura de “la lectora”, con la elección de una de ellas que tuviera buena voz para que leyera los periódicos y las novelas por entregas. El resto de las obreras apartaba una pequeña cantidad de su sueldo para compensar el tabaco que ella no estaba trabajando.

A la que tenía un bebé lactante se le permitía llevarlo a la fábrica. Hay que imaginar el ambiente insalubre de los niños que pasaban el día en cunas improvisadas, a menudo eran cestas de tabaco, respirando el denso polvo y la nicotina ambiental. Esta situación mejoró con la instauración de la cercana “gota de leche" en 1871, donde ya podían ir a amamantar a los niños y dejarlos a cuidado durante el trabajo.

Antes de entrar en los talleres de liado las maestras revisaban las manos de las operarias verificando que estuviesen perfectamente limpias y las uñas cortadas para ni manchar papel, ni estropear la delicada capa exterior del puro. El contacto a diario con la nicotina a través de las vías respiratorias y la piel provocaba mareos, vómitos y abortos. Había un médico que no solo estaba allí para el control de la salud, sino también para evitar que simularan bajas.

En la cuestión económica el salario no era fijo, estaba sujeto por el sistema a destajo. No tenían un sueldo mensual ni diario garantizado, sino que cobraban en función de la cantidad exacta de cigarros o puros que eran capaces de liar y terminar en cada jornada. Por poner un ejemplo de manera estadística, el sueldo medio de una cigarrera experimentada era entre 1,50 y 2,50 pesetas por día. Las aprendizas o las más lentas apenas alcanzaban la peseta diaria, pero las más rápidas o hábiles con puros de lujo, como los regalías, esas podían llegar a las 3 o 4 pesetas por jornadas extenuantes.

Aún siendo jornadas durísimas y el pago bajo, las cigarreras eran las mujeres mejor pagadas de la clase obrera valenciana.

Podría extenderme más pero creo que con este corto apunte queda reflejado el homenaje de una mujer obrera en una de las fábricas de Valencia de la época de final de siglo XIX y principios del XX.

Texto de Amparo Zalve Polo

jueves, 1 de octubre de 2026

LOS AVATARES DE UN TRANVÍA COMBINADO DE MOTOR Y JARDINERA



Una imagen muy icónica del transporte valenciano de la época, donde se unen en un solo ambiente un palacio ya desaparecido y el símbolo inequívoco de la llegada del verano.

Una composición de tranvía eléctrico con remolque. Cuando se electrificó la red a principios del siglo XX, las compañías aprovecharon el potencial de los nuevos motores para arrastrar vagones extra.

El vagón de delante iba cerrado, era el coche motor. La estructura de madera totalmente cerrada con ventanas de cristal en la que iba el conductor, el cobrador de este vagón y pasajeros que preferían viajar protegidos del viento, el polvo o el sol.

El vagón de detrás iba abierto con cortinillas. Era un coche remolque tipo jardinera, sin motor propio, que se enganchaba exclusivamente en los meses de verano para ampliar plazas. Los laterales estaban abiertos y las míticas cortinillas enrollables de lona protegían a la gente del viento de la costa o de una tormenta imprevisible. Se reservaba para quienes buscaban un viaje más fresco durante los días más calurosos. En este solo iba el cobrador del jardinera y los pasajeros.

Mientras tanto se convirtió en el transporte estrella para ir desde el centro de la ciudad hasta el Grao, el puerto o las playas del Cabañal y la Malvarrosa. Sobre esto decir que para maniobrar en los finales de trayecto, el conductor y el cobrador desenganchaban manualmente la jardinera. El coche motor avanzaba solo por una vía de escape, rodeaba al remolque y se volvía a enganchar en el extremo opuesto para emprender de nuevo el viaje al centro de Valencia.

Para los playeros se despachaban billetes especiales más económicos de ida y vuelta. El cobrador los picaba con una máquina troqueladora de mano dejando constancia de la hora y el trayecto.

Una vez que los cobradores terminaban de acomodar a los pasajeros daban una señal sonora, bien con un silbato, o tirando de una cuerda conectada a una campana.  ¡Libre! se decía. Era el aviso `para el conductor que le indicaba que todo el mundo ya estaba dispuesto y reanudaba la marcha.

Hasta aquí todo parece normal y hasta puede tener un tono romántico como sentimiento de lo perdido, pero ahora vienen las dificultades con las que se tropezaba este tipo de vehículo compuesto.

Mientras el cobrador del coche motor trabajaba cómodamente desplazándose, el de la jardinera tenía un trabajo más arriesgado. Como las filas de los asientos eran transversales y no había pasillo, tenía que desplazarse por el estribo de madera exterior agarrándose a los montantes laterales de cara a los pasajeros, espalda a la calle, pidiendo las monedas y dando los billetes, todo en movimiento.

Y ahora llega lo peor: el agua

Los días de tormenta se convertían en una gran odisea para el cobrador de la jardinera, ya que estaba expuesto a la intemperie, y no es que habían pocas “gotas frías” en Valencia.

Tenía que soltar rápidamente las pesadas cortinillas de lona enrolladas en el techo y atarlas a los ganchos inferiores del chasis. Todo con el tranvía en marcha, con la lluvia y a veces con rachas fuertes de viento. Una vez bajadas las cortinillas los pasajeros estaban a salvo aunque él tenía que seguir desplazándose por el estribo exterior de madera que ahora estaba mojado y resbaladizo para levantando la lona ligeramente, tramo a tramo, pedir el billete a los pasajeros, con el peligro que conlleva resbalar y caer a la vía. Ya estaban preparados también en estas circunstancias del cuidado del dinero y los tacos de los billetes de papel, portando carteras de cuero rígidas cruzadas al pecho a salvo del agua. En situaciones límite de tormenta eléctrica o verdadero diluvio, algo común en las zonas bajas del Cabañal y el Grao, no le quedaba más remedio al tranvía que detenerse. Entonces el cobrador de la jardinera se bajaba y se refugiaba en el vagón motor, esperando que amainara para poder reanudar el servicio.

Otras consecuencias causadas por intensas lluvias eran los cortocircuitos. Los motores eléctricos iban instalados en la parte baja del vagón a escasos centímetros del suelo y sin sellar herméticamente. En cuanto el nivel del agua subía y tocaba las carcasas, el agua entraba en el bobinado eléctrico produciendo cortocircuitos masivos. La gente le llamaba “el fuego azul” por los fuertes chispazos y el humo saliendo por los bajos del tranvía. El sistema interno de fusibles saltaba para evitar que el tranvía se quemara entero, dejándolo completamente muerto en medio de la calle. Sin contar lo que arrastraba el agua de la lluvia, como piedras, adoquines sueltos y ramas que se alojaban en la ranura del rail. El tranvía que seguía avanzando a ciegas por la turbiedad del agua, podía pisar alguno de esos obstáculos, las ruedas saltar fuera del rail y provocarse el descarrilamiento complicadísimo de solucionar bajo la tormenta.

Y la pregunta es: ¿cuál era la solución de emergencia?

Para rescatar los vagones y despejar la calle se recurría a la anterior tecnología, siendo las mulas y los caballos que en las cocheras de las compañías de tranvías se mantenían, tiro animal que se enganchaba con cadenas en los averiados para arrastrarlos fuera de la zona inundada.

Texto de Amparo Zalve Polo

miércoles, 23 de septiembre de 2026

UNA FALLA ENTRE DOS LEGENDARIAS "CASAS"



El aire de Valencia huele a pólvora y buñuelos de calabaza en un día de marzo de 1920 con el sol de la primavera que alumbra una estampa que jamás volverá a repetirse.

Si miramos la fotografía de aquel día, el tiempo parece detenerse en la encrucijada de la calle Ribera. Allí desafiando a la gravedad sobre los antiguos adoquines, se alza una bonita falla de madera y cartón piedra. Sus ninots observan el trasiego de una Valencia que todavía viste de sastre y sombrero.

Esta falla tiene una particularidad: si alguien buscara su nombre o la explicación de sus escenas en los archivos oficiales, no lo encontraría. No pertenece a ninguna comisión registrada formalmente, nace del corazón y del bolsillo del barrio. Son los propios vecinos y los comerciantes de la calle quienes la financian por suscripción popular, juntando peseta a peseta para levantar su propio monumento.

A la derecha de la imagen, con sus grandes ventanales de madera noble y el rótulo orgulloso que reza su año de bautismo, 1881, se encuentra la emblemática Casa Balanzá, la antigua. De su interior emana el murmullo de las tertulias políticas y el tintineo de las tazas de porcelana; es el refugio de la intelectualidad valenciana, un templo del café que mira de reojo la vieja Plaza de Castelar.

Junto a Casa Balanzá se distingue la fachada de Casa Baldomero original, fundada en 1915. El aroma que sale de su puerta es muy distinto, pero igual de embriagador: una mezcla densa de café recién tostado en su propio local, junto a especias de ultramarinos. Los dos comercios conviven pared con pared arropando la fiesta en un abrazo de barrio castizo. Había dejado de teñirse el cielo con el humo blanco de la locomotora de vapor en la vieja estación de José Campo, desaparecida tres años atrás, donde al salir del ajetreo del vestíbulo los viajeros se topaban con dichos establecimientos.

Nadie en esa fotografía sospecha que el destino de ese paisaje ya está escrito. Solo ocho años después, en 1928, el rugido de las piquetas iniciará el derribo de toda la manzana para dar paso a la modernidad y a la gran reforma de la plaza. Los viejos muros que albergaban los primeros sueños de Antonio Balanzá y Baldomero Estellés caerán bajo el polvo de la transformación urbana.

Casa Baldomero, Casa Balanza y Estación José Campo

La historia, sin embargo, obligaría a ambos a despedirse dos veces. La antigua Casa Balanzá, tras renacer en los bajos del monumental edificio nuevo, resistiría como el gran salón de la sociedad valenciana hasta su desaparición definitiva en 1982, cuando la marquesina de Casa Balanzá apagó sus luces para siempre. Por su parte, la esencia de Casa Baldomero aguantaría el paso del tiempo un siglo entero, como Casa Baldo, en su nueva ubicación de la calle Ribera, hasta que bajó la persiana de forma definitiva en 2021debido a los envites de la pandemia, cerrando así el último capítulo de la estirpe familiar original.

Hoy, al observar esta foto de 1920, la falla clandestina y vecinal plantada entre las dos Casas antiguas no es solo un monumento a la fiesta, sino un testimonio de una Valencia romántica, unida por el vecindario y hoy desaparecido, que se resiste a ser olvidada.

Texto de Amparo Zalve Polo

martes, 15 de septiembre de 2026

1890. CAMINO DEL GRAO DE PRINCIPIO A FIN


En una sofocante mañana de julio de 1890 el Camino del Grao era una arteria de contrastes, donde la belleza rural de la huerta empezaba a ser devorada por el rugido de la Revolución Industrial.

El verano se asentaba con fuerza y traía consigo lo que los periódicos llamaban “el principio del polvo”. Junto al río Turia, inicio del trayecto, la estampa era idílica, con una recta kilométrica de cuatro kilómetros escoltada por una doble hilera de árboles frondosos, como lo eran los plátanos de sombra, que su aroma se hace de notar sobre todo en los días más calurosos. Sin embargo el encanto se desvanecía rápido. Las hojas de los árboles ya lucían un tono grisáceo y mortecino debido a la polvareda suspendida en el aire y el firme del camino, que compuesto de tierra y piedra machacada se encontraba completamente triturado por el incesante tráfico pesado de mercancías.

Cada paso de los animales y cada llanta de hierro levantaba una densa nube blanca de polvo calcáreo, y a pesar de que los carros cuba del Ayuntamiento pasaban arrojando agua, el sol abrasador evaporaba en minutos el riego, dejando el aire casi irrespirable. Los viajeros del tranvía de mulas que circulaba en paralelo, sentados en los vagones abiertos, se cubrían con un pañuelo el rostro, resignados a llegar a su destino completamente cubiertos de una fina capa blanca de cabeza a pies.

A mitad de camino, la monotonía del polvo y los campos de cultivo se interrumpía. El traqueteo de los carruajes cambiaba de ritmo al cruzar los pequeños pontones de piedra sobre los brazos de la Acequia de Mestalla; allí, el arbolado desaparecía por completo para no dañar las estructuras con las raíces, abriendo el paisaje hacia los cultivos. Poco después, el entorno rural daba paso al humo negro de las chimeneas de la Fábrica de Aceites Casanova y al olor a serrín de los almacenes de madera de la zona industrial. En este punto las pesadas carretas cargadas de barriles de vino y sacos de arroz colapsaban el camino obligadas a encajar sus ruedas de madera en las nuevas vías metálicas de hierro en forma de U, el gran invento de la época para evitar que los vehículos pesados hundieran y destrozaran la calzada.


El tramo final del trayecto era un autentico embudo humano y tecnológico. Al pasar junto a la imponente y ruidosa Estación del Grao, el tráfico se detenía por completo cuando las locomotoras de carga maniobraban sobre las vías que cruzaban a nivel, interrumpiendo el tránsito con un ensordecedor silbato de vapor. Superado el nudo ferroviario, el camino se estrechaba drásticamente al transformarse en la calle Mayor del Grao. Aquí no había árboles ni espacios para ellos; las fachadas de las tabernas de marineros, los despachos de los consignatarios y las casas de pescadores encajonaban la calzada obligando a los carruajes a avanzar a paso de tortuga entre estibadores y vendedores de pescado.

Finalmente el camino desembocaba en la vibrante Plaza de Espartero. El fondo visual era majestuoso: el edificio gótico de las Reales Atarazanas dominando la escena, reconvertido en un monumental almacén aduanero repleto de cajas de naranjas listas para la exportación. Justo detrás se abría el puerto, mostrando un imponente bosque de mástiles de los últimos veleros de madera mezclados con las chimeneas oscuras de los modernos vapores de hierro.

En las tardes de julio, cuando el viento de levante empezaba a soplar con fuerza, las nubes bajas en el horizonte servían de advertencia.

En pocas semanas, cuando llegara el otoño y las tormentas de la gota fría, ese mismo camino idílico y a la vez polvoriento, sufriría una gran metamorfosis. El polvo se convertiría en un océano arcilloso, dando inicio a el “suplicio del barro”, donde los mismos carros que en verano se deslizaban por las vías metálicas quedarían sepultados hasta el eje, y las mulas de los tranvías caminarían con el agua por las rodillas en una odisea invernal capaz de paralizar la conexión con el mar.

P.D.: La Fábrica de aceites Casanova se mantuvo más de 75 años. La Plaza de Espartero tras la Guerra Civil cambió de nombre a Plaza del Mercado del Grao y actual Plaza del Mercado Nuevo.

Texto de Amparo Zalve Polo

lunes, 7 de septiembre de 2026

UNA TARDE EN EL UMBRÁCULO DE LOS VIVEROS



El sol de julio de 1932 cae implacable sobre Valencia, pero camino al amparo de las sombras en los Jardines del Real.

Ajusto mi vestido de hilo blanco y avanzo por el paseo principal tras cruzar la puerta de los Viveros. El eco de mis pasos me conduce al corazón noble del parque, donde se alza una estructura imponente que desafía el calor estival: El Umbráculo.

Me detengo un instante ante la entrada contemplando con admiración la fastuosa fachada de corte clásico y modernista, sobreelevada con un juego de dobles columnas blancas y coronada por el escudo de la ciudad de Valencia. Es difícil imaginar que apenas siete años antes, esta misma obra del artista Juan Benedito se encontrara en la Escalera Real del puerto, sirviendo de fastuoso pabellón de recepción para los reyes de Italia en su viaje a Valencia. El Ayuntamiento tuvo el acierto de comprarla y trasladarla aquí, transformándola para siempre.


Al cruzar el monumental umbral, el ambiente cambia de golpe. Una grata frescura me envuelve bajo la gran bóveda curvada de arcos metálicos y listones de madera, que tamizan la luz del sol en un bonito juego de luces y sombras. Camino despacio por el paseo pavimentado, rodeada de una exuberante vegetación de palmeras exóticas y helechos gigantes.

Guiada por un sonido cristalino, mi mirada se posa en el suelo: un delicado estanque moruno con pequeñas piletas decorativas regala al ambiente una necesaria humedad ambiental.

Sentada en una de las mesas del elegante café-restaurante que ocupa el recinto pido una horchata bien fría, dedicándome a observar el ambiente, mientras el eco de los patos del estanque exterior se funde con las risas de las familias que disfrutan de la tarde. Por un instante, el tiempo se detiene en este oasis modernista.

Sin embargo, al levantar la vista hacia la imponente cubierta, el crujido sordo de los materiales y un sutil desajuste en las sombras proyectadas rompieron la magia. No hacía falta ser experto para intuir la fragilidad oculta de la estructura. Sentí la certeza amarga de que la mala construcción y el abandono institucional pasarían factura: en unos años el deterioro sería insostenible y el Ayuntamiento dictaría su derribo.

Apreté los puños y exhalé un suspiro cargado de impotencia. Decidí marcharme, caminé hacia la salida sin volver la vista atrás, queriendo retener en mi memoria el aroma a tierra mojada y el frescor de las plantas, como quien guarda un tesoro que sabe que no tardará en desaparecer.

Al cruzar las verjas de los Viveros el bullicio de la ciudad me golpeó de repente, pero mi mente se quedó allí dentro, despidiéndome en silencio de un gigante con pies de barro.

Aquello con lo que pensaba se cumplió. En la década de los años cuarenta se borró.

Texto de Amparo Zalve Polo

viernes, 31 de julio de 2026

UN DOMINGO DE LOS AÑOS 20 EN EL CLOT


Pajarería en el Clot. Años 30. Fuente: Fotos antiguas de España y de la Comunidad Valenciana

Era domingo por la mañana cuando el sol empieza a despuntar sobre el campanario de la vecina iglesia de Santa Catalina.

El aire de “el Clot” todavía fresco pero ya cargado de agitación. El silencio está interrumpido por el traqueteo de los carros sobre los adoquines. Carros con grandes jaulas de mimbre cubiertas con telas de saco para impedir que las aves no se asusten durante el viaje. 

Vendedores ambulantes de Campanar, Benimaclet o Alboraya se disputan el suelo del anillo central de la plaza.


Colocan largas tablas de madera que se apoyan sobre caballetes y otros mantas y paja sobre el suelo adoquinado para suelta de conejos y pollos.


La acústica cada vez se hace más atronadora, porque todos cantan a la vez, los canarios, los jilgueros y los pardillos, estimulados por la luz solar que ya entra en vertical por el hueco del cielo de la plaza. Un concierto donde no falta el trino de los pájaros, el rítmico cacareo de las gallinas de corral y el griterío de los vendedores. 

Un hombre de blusa y gorra anuncia a gritos: ¡Pájaros finos de la Albufera! ¡Miren que jilgueros que cantan que da gloria! 

Todo tipo de hombres, porque de mujeres habían pocas, llenan de público la “Redonda”, labradores con fajín, burgueses con sombrero de copa baja y niños entrometiéndose entre las piernas de los adultos, respirando el olor a alpiste, alfalfa húmeda y estiércol. 

Un aficionado al silvestrismo, que capturaba y criaba aves de canto, se detiene ante el puesto de un cazador fijándose en un jilguero macho encerrado en una pequeña jaula. Tiene la pinta de estar muy agitado.

._ ¿Qué pides por el del pelaje bien encendido?

._ Es un fuera de serie. Lo cacé esta semana en los huertos de Ruzafa. Tiene un canto limpio, sin faltas. Dame cinco pesetas.

._ ¿Cinco pesetas por un pájaro que aún extraña la jaula? Te doy tres y me arriesgo a que en dos días se me muera de pena en la jaula.

._ ¿Tres? Por ese dinero te llevas una hembra para caldo. Cuatro cincuenta y te regalo un puñado de cañamones

El comprador acerca la cara a la jaula y el pájaro responde con un trino corto pero enérgico al silbido suave del hombre. Por costumbre el vendedor lanza un escupitajo al suelo como formalización del trato, y tiende la mano abierta del “pa ti, ni pa mi”. Ni facturas, ni papeles, monedas que el comprador saca del bolsillo del chaleco y se las entrega.

El jilguero va en una pequeña caja de cartón con agujeros para que respire hasta los soportales, apenas cinco metros para entrar en la fábrica de jaulas de Ramón Monleón. El aroma cambia rápidamente a madera cortada, barniz y alambre dulce.

._ Don Ramón, necesito algo noble para un jilguero que va a ser campeón.

._ Tengo esta jaula de cúpula hecha toda a mano, los alambres perfectamente trenzados y el comedero de porcelana.

Tras pagar la jaula cuza a la pajarería de Francisco Valero para comprar mixtura de semillas de primera calidad y un hueso de jibia para que el pájaro afile el pico.


A la una del mediodía y después de una larga mañana, el mercado empieza a disolverse. Las familias que han comprado pollos o gallinas para engordar en las terrazas de su casa se marchan con los animales metidos en cestas de mimbre por las que asoman las cabezas de las aves.

Todos recogen sus bártulos, limpian su trozo de suelo y marchan a las tabernas cercanas a gastarse parte de las ganancias en un vaso de vino y una tapa de salmuera. 

Poco a poco se recobra el silencio en “el Clot”, los barrenderos municipales listos para manguear el adoquinado dejando la plaza en condiciones para el comercio de encajes del lunes por la mañana.

Texto de Amparo Zalve Polo

jueves, 23 de julio de 2026

UN TROCITO DE PLAZA PARA EL ÚLTIMO SUSPIRO DE UNA HISTORIA


Como digo muchas veces, hay ciertas fotografías antiguas a las que no damos importancia porque además nos parece haberlas visto repetidamente con referencia al lugar y la época, y las pasamos de largo como si se trataran de una más.

Todas, todas hay que observarlas con precisión y entusiasmo porque no hay ninguna que no hable, que no cuente. Y esta es una de ellas.

Bien pues, admiremos esta fotografía que es del año 1926. Congela en el tiempo el último suspiro de una tradición milenaria reflejando el comercio más humilde, ruidoso y popular de la ciudad de Valencia.

Fotografía de tarde, los puestos del mercado en la puerta de la Lonja estaban recogidos, tan solo quedaban de “les paraetes” los armazones de madera, caña y las lonas enrolladas en ellos, ya no tenían que tapar el género. Estaban en un buen sitio de la Plaza del Mercado por varias razones, una porque aprovechaban la sombra que les propiciaba los muros de la Lonja y por otra parte se beneficiaban del flujo constante de personas que subían y bajaban los escalones para pasar por la calle Escalones de la Lonja hasta la Plaza del Doctor Collado.

Por la tarde, en ese mismo lugar unos cuantos años atrás, bastantes, cuando todavía estaban los soportales, los hombres acudían a un mercadillo popular, “el baratillo”, donde se compraba y vendía, se cambiaban capas y prendas de vestir de uso diario.

Ya no estaban las tardes para ello en ese lugar pero siempre quedó la tradición del cambalache donde en la década de los años 20 se intercambiaban en ese mismo punto estilográficas, mecheros, relojes de bolsillo y cualquier pequeño objeto que pudiera salir de un bolsillo.

Dando la espalda a la foto, justo en ese año, se estaba levantando la estructura del Mercado Central con la monumental armadura de hierro, las cúpulas y los pilares de ladrillo. Después de tantos años poco les quedaba a esos armazones de madera y lonas enrolladas con la reurbanización de la plaza, que poco a poco irían siendo demolidas o trasladadas a otro lugar para despejar el entorno de la Lonja.

Pues nos fijamos ahora en uno de los detalles que se nos podría haber pasado desapercibido. Me refiero a la caseta de madera en los escalones y pegada al muro de la Lonja. Era un despacho e inspección del mercado, que también se le llamaba caseta de arbitrios o del mustasaf. Ahí se custodiaban los patrones oficiales de pesos y medidas, comprobando que los vendedores no engañaban a los compradores. También servía como oficina de recaudación de arbitrios municipales para los vendedores que ponían sus puestos todas las mañanas. Además de todo esto actuaba de puesto de vigilancia para las autoridades que organizaban el orden en la plaza.

¿Tenía yo razón o no? Una simple fotografía que podíamos pasar por alto y que muestra un trocito con mucha historia. Y les paraetes y la caseta dejaron un día de ensuciar la fachada gótica de la Lonja.

Texto de Amparo Zalve Polo

miércoles, 15 de julio de 2026

COMPRAR EN EL MERCADO CENTRAL DURANTE LA GUERRA CIVIL


Siendo Valencia la capital de la República durante gran parte de la Guerra Civil, el Mercado Central se convirtió en el eje principal para alimentar a la población y a los miles de refugiados que llegaban a la ciudad, aunque vendían en condiciones extremas debido al desabastecimiento, al estricto control militar y a los bombardeos.

La venta libre había desaparecido prácticamente, aunque como ahora vamos a ver existía sobre todo en la Plaza del Mercado y en las inmediaciones. En el interior del mercado se operaba con cartillas de racionamiento para distribuir lo poco que llegaba de la huerta.

La escasez de alimentos cada vez era mayor a medida que avanzaba el conflicto, obligando a la población a esperar horas en largas colas para adquirir los productos racionados básicos.

Podían perfectamente pasar la noche en la calle a la intemperie, bien sentados en sillas de enea o sobre mantas en el suelo, así guardando fila a la espera de los periódicos locales de cada mañana donde las autoridades publicaban el número de cupón que se iba a canjear ese día en el mercado, “cupón número 3 para 100 gramos de arroz”, aunque también se avisaba por bando. Todos bien atentos si no se querían perder la comida del día.

Pero ojo, que al ser Valencia zona republicana, el Ayuntamiento o la Junta de Defensa, imprimía sus propias cartillas. De tal modo que la que se imprimía en Valencia sólo servía para Valencia, en ningún otro pueblo ni ciudad de España. A veces las gestionaban los sindicatos, y en la portada se leía “Comisaría General de Abastecimiento ”o “Consejo Municipal de Valencia”

Se hacían en imprentas locales y el papel era de muy mala calidad. Hojas dobladas en dípticos o en trípticos con pequeñas casillas numeradas sin el nombre del producto, porque a saber qué alimentos iban a llegar ese día. Como había carencia de carnes y huevos, tan necesaria la proteína, en Valencia, se creó una cartilla especial, específica para regular la carne, aparte de la de los comestibles.

Los puestos de venta en el mercado perdieron la libertad de fijar precios. La comisaría de Abastecimientos controlaba con mucho rigor lo que se cobraba para evitar la especulación. Los mostradores los vigilaban los milicianos y los guardias para evitar saqueos, organizar turnos en las colas y que nadie comprara más de los estipulado por su cartilla.

Eran tan habituales estas colas y había tal cantidad de personas, que se hacían peligrosas, por lo que se diseñaron carteles alertando sobre la infiltración enemiga y los riesgos de los bombardeos.

Una vez logrado llegar al interior del mercado, en cuestión de minutos se agotaban los alimentos que llegaban de la huerta valenciana y tras pocas horas la mayoría de puestos tenían que cerrar por la falta de provisión, así que, tras pasar la noche esperando en la cola alguien se volvía a casa con las manos vacías.

La picaresca añadía que para duplicar turnos en diferentes puestos a la vez se utilizaban a niños y ancianos. Los había que con miga de pan borraban los sellos de las cartillas para ser despachada la comida por segunda vez.

Y que no estuviera a punto de terminarse algún producto, porque los empujones y discusiones, en parte debido al agotamiento físico y los nervios se hacían de notar.

El refugio más cercano al Mercado Central estaba en la calle Alta. Si sonaban las sirenas era el que más próximo les quedaba para los que allí estaban y para los vendedores, aunque a unos metros más tenían el del ayuntamiento o el de Serranos.

Los vendedores exteriores abandonan los puestos por negarse a vender el género a precio de tasa. ( Fot. Cabedo)

Pero tal y como se ve en la segunda fotografía, en el exterior del mercado, tanto en la propia plaza, como en las calles cercanas, habían muchas paradas clandestinas, debido a las estrictas regulaciones que sufrían los puestos del interior. La policía y los milicianos controlaban los precios y las cartillas dentro del edificio, por lo que muchos agricultores optaban por no entrar. Improvisaban pequeños puestos callejeros, incluso mantas en el suelo o directamente en los carros que habían transportado el género, y a precios libres, por supuesto más caro. Los guardias hacían la vista gorda en este caso. Pero como el Gobierno Republicano así los indicaba, de vez en cuando hacían redadas sorpresa en la zona exterior. De repente confiscaban toda la mercancía ilegal y detenían a los vendedores por delito de especulación.

Puede que la mayoría o no lo han vivido o no lo recuerden, mas bien sí la posguerra, pero se lo habrán contado que se hicieron muy populares los trampantojos culinarios. Tortilla sin huevo a base de harina, que la mayoría era de maíz o de almortas con agua, sal y un poco de bicarbonato, para que aquello subiera. Un toque de azafrán o colorante daría la ilusión amarillenta.

Aros de cebolla rebozados en harina y fritos recordarían a los calamares a la romana. Y sin dejar atrás la piel de plátano machacada como una excelente crema.

De café nada. El agua se infusionaba con cebada tostada, achicoria o algarrobas.

El chocolate era la pulpa de la algarroba seca y molida fina.

El pan era la mezcla de escasa harina de trigo con salvado, cebada, e incluso bellotas trituradas para cundir la masa.

En el campo se recolectaban plantas para cocinarlas en forma de gachas, tal como eran las tagarninas o las almortas.

Texto de Amparo Zalve Polo

martes, 7 de julio de 2026

MONTAR Y DESMONTAR SOBRE EL AGUA


Mientras la prensa del momento lo anunciaba como "alegría, mujeres y juventud", el 28 de aquel verano de julio de 1922 se había terminado de montar en el Balneario de Las Arenas una estructura monumental donde sobre todo la sociedad valenciana de más alto poder adquisitivo iban a poder disfrutar de un buen restaurante, buenas vistas , baños de mar más adentro de la multitud que acudía a la orilla y sobre todo de largas veladas de baile y buen beber. Todo sobre el mar Mediterráneo.

Más que nada y esta vez nos adentraremos en lo que significaba el montaje y desmontaje de aquella plataforma creada a principios del siglo XX como ampliación para un balneario que ya tenía lo suyo aunque le faltaba la guinda para coronar el pastel.

A mediados de mayo comenzaba la preparación y ensamblaje de las piezas con el fin de que se inaugurara para el 28 de junio día de San Pedro, sobre las columnas fijas de piedra y hierro que permanecían en el agua todo el año. Aunque milagrosamente podían resistir los envites del mar durante el invierno, se ensamblaba una estructura de madera ligera a la que se le daba forma de cruz. Las piezas encajaban a la perfección de un verano para otro. Vallas hechas con tablones de madera sellaban los laterales haciendo las veces de barandillas. Una cúpula coronaba el centro, y se repintaba con los colores claros del blanco y el azul. Unas escaleras permitían el acceso al mar desde la plataforma, de tal manera que no había que entrar por el barullo de la orilla donde se bañaba la mayoría de gente, además que el que sabía nadar ya se adentraba desde el principio a zona que más cubría el agua.

Desde la plataforma se apoyaban en la barandilla, para recrearse con el mar, y las barcas que se divisaban a lo lejos, se paseaban por la tarima flotante teniendo la sensación de que flotaban sobre el agua, disfrutaban de la buena comida combinada de inspiración francesa, que es lo que se llevaba, con lo que daba la tierra a través del mar o la huerta. Las clóchinas al vapor y las tellinas no podían faltar como aperitivo, pero el plato estrella era la paella valenciana, con pollo, conejo y verduras de la huerta.

La noche dejaba atrás el ambiente familiar y los baños convirtiéndose al glamour y al romanticismo, porque la magia estaba servida. Imaginarse un ambiente así no era para menos, son los reflejos de las guirnaldas eléctricas y los farolillos los que aparentaban estar en un barco de luz sobre las aguas nocturnas del Mediterráneo que atraían tanto a parejas como a grupos de amigos que disfrutaban de una cena con la brisa marina , el garbí se le llamaba, como viento procedente del suroeste, típico de la costa mediterránea, y el encuentro de las olas rompiendo justo bajo los pies a la luz de unas velas.

Bailaban tango, vals, foxtrot, y charlestón con el sonido de orquestas de moda en directo y música de jazz. Algunas veces se organizaban fiestas de gala, de disfraces y también algún que otro cotillón de verano, siempre regándose con combinados de la época, licores finos y sobre todo champán.

Se cerraba de madrugada quedándose al cuidado de los guardas contratados por el propio balneario que realizaban rondas por las pasarelas de madera y las terrazas con el fin de que nadie quedara escondido y pudiera robar nada del costoso mobiliario, la cubertería de plata o las botellas de licor.

Ahora llega el desmontaje.


Al terminar el verano, y eso se consideraba a mediados de septiembre o a finales, bueno en todo caso antes de la gota fría que traía todos los años octubre, el restaurante retiraba el mobiliario.

Todos los elementos que configuraban la plataforma como vallas, escaleras, corredor, todo se quitaba, y los más costoso era desarmar la estructura de madera en forma de cruz porque había que hacerlo pieza por pieza. Durante el invierno tan solo quedaban los pilares anclados que luego darían sustento de nuevo a todo lo retirado al siguiente verano.

Aguantó la Guerra Civil, los bombardeos en la ciudad desde el aire, que aunque desde el comienzo de la guerra ese verano ya no se instaló, las piezas ancladas resistieron el asedio hasta que ya acabada, poco tiempo después, un buen temporal las deterioró de tal manera que ya no hubieron más ganas de tenerlas en esa orilla y lo que empezó en 1922 terminó en 1936.

Yo me quedo un ratito apoyada en la barandilla tan solo con el sonido del agua y del pianista interpretando una de Chopin, Nocturne in B-flat minor, Op.9, No.1

Texto de Amparo Zalve Polo

lunes, 29 de junio de 2026

ENTRAR EN EL BALNEARIO DE LA ARENAS A FINALES DE LOS 60



La línea 2 del tranvía llegaba hasta la misma puerta de entrada al balneario. No dolían las 2,50 pesetas que podía costar el billete por persona si se trataba de poder disfrutar una jornada completa de distracción para niños y mayores. De él bajaban mujeres, la mayoría, con niños, porque las clases habían terminado y el veraneo empezaba. Los hombres, por eso del trabajo, llegarían a la hora de comer, previo baño en la playa o en la piscina, lo más frecuente es pillar mesa bajo la techumbre del merendero y todos en familia disfrutar de las viandas que habían preparado las mujeres de buena mañana, portadas en capazo grande de esparto, donde cabía desde pan hasta una sandía. Las más intrépidas habían cocinado arroz al horno y la misma cazuela llegaba al merendero. El caso era disfrutar el veraneo en la playa de la ciudad, en un gran centro de ocio en el que ni el mar ni la piscina faltaba, y lo más importante, a precios asequibles y para casi todos los bolsillos.

Entradas en este blog sobre el Balneario de las Arenas ya hay unas cuantas, porque da para mucho, hasta para un libro, pero con referencia a la fotografía de finales de los años 60 me voy a centrar en una sola: La entrada.

En el entorno urbano inmediato se concentraba el trasiego del histórico tranvía a la playa, el 2, los taxis Seat 1500, y el autobús 19.

Tradicionales kioscos que vendían refrescos, helados (sobre todo los de Avidesa), y juguetes infantiles, como eran los flotadores que se exponen en la fotografía uno sobre otro sobre un armazón vertical, los barquilleros también esperaban. Todo era una fiesta.

Hemos llegado ¿ entramos?

Ahora vamos a ver de que manera lo hacemos. Si llevamos abono mensual para toda la familia nos habremos gastado de 300 a 500 pesetas. Esa pequeña cartulina gruesa de papel satinado para resistir la humedad de la playa y el uso diario, que contenía una fotografía carnet del titular junto al nombre y dirección. La dirección del balneario la sellaba con un cuño. Dentro de la cartilla se cuadriculaban los días del mes, del 1 al 31, que el portero al entrar perforaba el día en concreto con una troqueladora metálica. En la portada lucía el clásico logotipo del balneario y el año y mes de validez. El resto de los abonos, los familiares, eran algo más gruesos porque en el interior había que incluir las fotos y nombres de todos los miembros de la familia.

Drama era si se perdía la cartilla porque te iban a cobrar una tasa de penalización por pérdida y encima habría que esperar hasta mitad de mes para el duplicado.

En estas circunstancias se entraba por los tornos de acceso rápido sin mezclarse con los bañistas de la entrada general y sus pesadísimas colas de taquilla.

Pero ¿Y si solo vamos a pasar el día o tan solo un rato?

Vamos a taquilla, generalmente están las dos abiertas. Pedimos dos entradas generales de día que costaba entre 15 y 25 pesetas por adulto según el año de la década y tres entradas para niños que al ser de tarifa reducida el precio era de 10 pesetas.

También en ese momento podíamos ir hasta allí en coche, muchos teníamos el famoso Seat 600 y había en el interior del recinto un aparcamiento vigilado por un suplemento de 5 pesetas.

Pero habían otros suplementos al pasar por taquilla: El acceso a la piscina era suplemento estrella entre 15 y 25 pesetas. Una cabina privada con llave para cambiarse y dejar la ropa entre 30 y 60 pesetas, dependía si era laborable o festivo. Alquiler de tumbonas y sombrillas de lona de 5 a 10 pesetas. Si alguno no llevaba el bañador y toalla entre 3 y 5 pesetas, previo depósito o fianza más alto con devolución al devolver la prenda.

Ya solo nos quedaba atravesar la puerta dónde el portero uniformado comprobaría los tickets o los carnets familiares antes de permitir el acceso al gran pasillo central.

Tan solo aportar el último detalle: El salario medio de un trabajador rondaba los 4000 a 6000 pesetas mensuales. Por lo tanto darse el capricho de pasar el domingo en el Balneario Las Arenas era muy asumible para la clase trabajadora valenciana. Y si podían gastar más también podían comer en el restaurante.

Texto de Amparo Zalve Polo

sábado, 20 de junio de 2026

BAÑOS DE MAR DESDE LA BARRACA DE VICENTE POLIT

 

Llegó verano de 1910 y el turismo de costa en Valencia dio sus primeros pasos. Los baños de mar eran todo un ritual social, medicinal y burgués.

De tal manera que en los años 20 al llegar el calor se instalaban en las playas valencianas unas barracas de baño de madera de fácil montaje, ya que se montaban para la temporada y cuando ésta acababa la arena quedaba desierta hasta el año siguiente.

A la playa no se iba buscando bronceado, más bien era la manera terapéutica que recomendaban los médicos tanto para combatir la anemia como para problemas del aparato locomotor o del respiratorio. El contacto directo con el agua fría del mar como el impacto de sus olas obraban el milagro para las dolencias de los bañistas.

Una primera línea de playa se veía ocupada por un desfile de barraquetas pintadas en tonos pastel, por eso de que los colores claros repelen más los rayos del sol, donde los bañistas podían entrar a cambiarse, alquilar el traje para el baño y depositar a resguardo sus objetos mientras disfrutaban del mar.

De las más populares de la playa de la Malvarrosa era la de Vicente Polit, que formaba parte del grupo autorizado para la explotación de catorce barraquetas de baño para caballeros en el litoral valenciano.

¿Y quién era Vicente Polit Cuenca, el que podemos leer su nombre en muchas de las postales de la época?

Vicente Polit Cuenca formó parte del arraigado linaje de los Polit valencianos. Familia que durante el siglo XIX destacó en los gremios de la construcción y que ya a principios del siglo XX expandieron sus negocios hacia otros sectores, como el comercio marítimo, servicios y el turismo costero.

Vestuarios costeros donde los bañistas se cambiaban, teniendo algunos pasarelas de madera que conducían directamente al agua, principalmente en las barraquetas de las mujeres por no exponerse en traje de baño por la arena hasta llegar a la orilla.

Tampoco sobresalía en estructura al resto de las barracas que colindaban con ella. Había una parte delantera y otra trasera. Y digo esto porque desde la entrada se recorría un pasillo longitudinal con boca a la otra parte, la que daba al mar. Por lo tanto, en la fotografía que estaríamos viendo ¿La parte delantera de la barraca de Vicente Polit? ¿o la trasera?. Llevando ya puesto el bañador los apuestos caballeros está fácil de deducir.

Situémonos en la parte de delante. Pasando la terraza se accedía a una sala común de escasas dimensiones en la que había un mostrador de madera, aquí todo era de madera, y tras él el señor Polit para atender y si no alguno de sus empleados.

Ahí se cobraba la entrada, el alquiler de la indumentaria para el baño, alquiler de la sábana de baño y la custodia de los objetos de valor.

Seguía un pasillo que se recorría longitudinalmente alineándose en batería las distintas cabinas de vestuario que se delimitaban entre ellas por finos tabiques de madera sin llegar al techo. Tan solo en el interior de cada cabina había un banco corrido de madera, percheros y clavos en la pared y algún espejo colgado.

Se salía al mar por la parte trasera que conectaba con la pasarela de madera hacia la orilla, disponiendo también en esa zona de pilas o tinas alimentadas con pozos de agua dulce o depósitos para que el cliente pudiera enjuagarse los pies y quitarse el salitre de la piel antes de vestirse.

Si pensamos que el obrero común en esa época cobraba entre 2 y 5 pesetas por jornada completa de trabajo entenderemos el porqué estaba enfocada a la clase media y a la burguesía valenciana.

Por sesión variaba entre los 25 a 50 céntimos. Si tenía que alquilar el traje de baño 25 a 40 céntimos más, lo cual esto era muy frecuente al estar confeccionados en lana o algodón pesado, por lo que tardaban luego mucho en secarse, y no quiero decir la vuelta en el tranvía con el peso en mojado de esos bañadores. El alquiler de la sábana de baño entre 15 a 20 céntimos, y si se hacía uso de la tina para enjuagarse tras el baño había que sumar de 5 a 10 céntimos.

Así que a contar...Haremos la cuenta promedio: 1,50 pesetas completa para el ciudadano que salía tal cual de su casa, llegaba a la barraqueta, se bañaba y volvía a casa. ¿Pero cómo volvía? No hay que olvidarse de que el billete del tranvía desde el centro de Valencia hasta la playa de la Malvarrosa oscilaba entre los 20 y 25 céntimos.

Y así era el veraneo en la Valencia entre los años 10 y 20 del siglo pasado.

Texto de Amparo Zalve Polo