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lunes, 29 de marzo de 2021

EL MUSEO DE LA SEMANA SANTA MARINERA DE VALENCIA

Audiovisual.- Personajes bíblicos.-

Desde el año dos mil las naves del Molino de Serra, donde hasta los años setenta del siglo veinte almacenaron arroz en cascara para su proceso industrial y los sacos para su comercialización, albergan el Museo de la Semana Marinera “Salvador Caurín”. Está en la calle Rosario nº 1 del barrio Canyamelar, en la fachada marítima de València.

Audiovisual.- Virgen de los Dolores saliendo de Santa María del Mar

Hay andas e imágenes realizadas por famosos escultores (Mariano Benlliure, Francisco Teruel, Carlos Román, Bernardo Morales, Carmelo Vicent, Vicente Benedito,…), la mayoría esculpidas en los años cuarenta en sustitución de las destruidas en la guerra 1936-1939, junto a una interesante muestra de vestuario, aderezos, carteles y fotografías, de una Semana Santa cuya larga historia podría remontarse al siglo XV, aunque el primer documento escrito que deja constancia de esta celebración data de 1735.

Audiovisual.- Vestas desfilando

Un audiovisual mete a los visitantes en la gran celebración del Marítimo, el extenso distrito de la ciudad bañado por el mar Mediterráneo. Donde los numerosos vecinos que participan mantienen una tradición religiosa que, pese al bajo porcentaje de marineros que quedan en Valencia, conserva el espíritu de sus predecesores, participando familias enteras, tras heredar la tradición de padres a hijos. De una Semana Santa que, sin restar solemnidad y concentración a sus ceremonias religiosas, es vistosa y peculiar.

Asimismo, en otro audiovisual los visitantes pueden ver específicamente los diferentes actos, desde el Viernes de Dolor hasta el desfile del Domingo de Resurrección.

Cristo del Perdón.- sobre 1870.- autor José Rodríguez - Esteban Gonzalo.

Además de los penitentes, llamados “vestas”, en alusión al agudo capirote, hay Cristos llevados “a pecho”, longinos con atuendo de época romana, sayones en recuerdo de los cruzados que fueron a recuperar los Santos Lugares, romanos, y granaderos, ataviados como la guardia de honor que el general francés Suchet envió a las procesiones de 1812 y 1813 para suavizar su relación con el pueblo. Uniformes que quedaron en un almacén cuando se marcharon los franceses y los adoptaron y adaptaron los habitantes de Pueblo Nuevo del Mar (Cabanyal y Canyamelar) y de Villanueva del Grao, municipios independientes hasta 1897, para su Semana Santa. También muchos personajes bíblicos derivados de la costumbre de antaño de suplir por cofrades la carencia de andas. Hábito que continua como ampliación y complemento de las escenas de los actuales 31 tronos-anda.

Cristo del Salvador en el Santo Entierro - 2001.- Esteban Gonzalo.

Desfiles procesionales donde contrasta el recogimiento y las discretas indumentarias de vírgenes, verónicas y nazarenos, con los ricos atuendos y peinados de romanas, samaritanas y ronquinas.

Hay como en las numerosas celebraciones a lo largo y ancho de España, procesiones, visitas a monumentos en la entrada de algunas casas, el Encuentro entre Jesús Nazareno y su Madre, y la cumbre piadosa del Santo Entierro, pero La Marinera de València, única española así apellidada, tiene como singularidades el homenaje con los Cristos del Cabanyal y del Canyamelar en la playa a los que perdieron sus vidas en el mar, y el Desfile de Resurrección, sin andas ni imágenes, exteriorizando las cofradías, corporaciones y hermandades, que totalizan 31 entidades, su alegría con reparto de rosas.

Domingo de Resurrección.- 2001.- Esteban Gonzalo

Recogimiento y piedad a Cristo y La Dolorosa, a quienes se encomendaban los pescadores del Cabanyal y Canyamenlar y los marineros del Grao, así como sus familias, con la lógica intranquilidad y temor cuando surgían contratiempos marinos. Vida dura de marineros y pescadores que Vicente Blasco Ibáñez contó en “Flor de Mayo” y Joaquín Sorolla Bastida pintó magistralmente.

Granaderos en Domingo de Resurrección.- 2001.- Esteban Gonzalo

La Semana Santa Marinera fue declarada de Interés Turístico Nacional en el año 2011, y en el año 2016 el Ayuntamiento de València le otorgó la Medalla de Oro, en reconocimiento a su relevancia, singularidad e interés como manifestación religiosa y festiva de carácter popular fuertemente arraigada en los barrios marítimos.

Jesús en la Cruz y en la Columna.- 2020.- Esteban Gonzalo

Lo expuesto en el museo y los audiovisuales son la solución para que los visitantes conozcan la Semana Santa Marinera, y los conciudadanos la recuerden, ya que en el 2019 no pudieron continuar los actos en las calles a partir del 17 de abril por un temporal de lluvia, nada el año pasado por el coronavirus, y, como aún persiste la pandemia, este año sólo realizarán actos litúrgicos, con aforo limitado, en el interior de las iglesias, y retransmitidos por streaming. Lo único del año pasado, el magnífico libro oficial de la festividad como recuerdo para coleccionistas. 

La sala principal del museo.- 2020.- Esteban Gonzalo.

El covid-19 ha cortado el ritmo ascendente de los últimos años en la afluencia de visitantes en los días de la festividad: el 34% procedentes de otras autonomías y los restantes, italianos, holandeses, británicos, franceses, belgas, estadounidenses, y del continente asiático.

Visitas museo.- Martes a sábados, de 10 a 14 y  de 16:30 a 20:30 horas. Domingos y festivos de 10 a 15 horas.  Tel.   962 084 079    

(www.semanasantamarinera.com)

 Las Tres Marías.- 1944.- autor Luis Carlos Román.-2021.-Esteban  Gonzalo

 

Romanos en Domingo de Resurrección.- 2001.- Esteban Gonzalo.
 
La Verónica.- 1944.- autor Mariano Benlliure.-2021.- Esteban Gonzalo

Virgen de la Soledad.- 1941.- autor José María Ponsada.- 2021.- Esteban Gonzalo.

Texto de Esteban Gonzalo Rogel  

viernes, 3 de abril de 2015

LA SEMANA SANTA MARINERA

años 60 semana santa marinera
Colección Paco Mañez


Años 60 - Recordar la Semana Santa Marinera de mi niñez es retornar a olores y sabores nunca olvidados, a imágenes y sonidos imposibles de borrar de la memoria. De aquellos días destaca para mí la noche del Jueves Santo.

Recién bañados, bien peinados y con la ropa nueva nos encaminábamos a casa de mis abuelos Víctor y María junto al cine Imperial, o a la de mis tíos Paco y Neleta. Se reunía toda la familia y amigos, era una ocasión especial que no volvería a darse hasta el año siguiente.

Tras repartir besos, recibir caricias, escuchar varias veces "cuánto has crecido" y demás frases similares, corría con mi hermano a la cocina. En el banco se encontraba un auténtico banquete típico de las fechas: Titaina (sofrito hecho con tomate, pimiento rojo asado, piñones, ajo y tonyina de sorra), pastel de pescado, empanadillas de atún, cocas con sardinas, albóndigas de bacalao (con su correspondiente all i oli y habas fritas a elegir), y diferentes viandas. Hoy sólo con pensar en ellas siento sus sabores en mi paladar.

Como cada vecino hacía en su tramo, en la acera se encontraban preparadas las sillas en dos filas ocupando justo el largo de la fachada. La primera era para los niños, la segunda para las mujeres y personas mayores. De momento estaban vacías y todo el mundo andaba por allí hablando de sus cosas. Las mujeres reñían a quien osase adentrarse en la cocina antes del momento de la cena, su esfuerzo de muchas horas o incluso días le había costado para que todo estuviera en su punto y perfecto. Los pequeños teníamos un aperitivo, trenzas hechas con la pasta sobrante de las empanadillas o nos dejaban robar alguna albóndiga.

Ajenos a conversaciones animadas y risas, jugábamos con primos y sobrinos (aunque tener un sobrino de mi misma edad era entonces para mí un misterio insondable). De pronto alguien hacía correr la voz avisando: la procesión no tardaría en llegar. Raudos como centellas nos sentábamos en primera fila con nuestra cena. Aquel "no tardaría", se transformaba en un largo y tedioso rato, porque en aquel entonces media hora, por ejemplo, era un tiempo enorme.

Ya aburrido y medio dormido escuchaba a lo lejos las cornetas y tambores. El momento se acercaba. Comenzaba entonces el desfile de colores y sonidos: sayones regios y misteriosos vestas encapuchados (penitentes), ensordecedoras cornetas, romanos y diversos personajes de la Biblia, redoblaban los tambores y poderosos brazos golpeaban los bombos. Casi era una desilusión cuando desfilaba una banda tocando alguna marcha de Semana Santa. De pronto alguien se arrancaba una Saeta. El sueño se pasaba y si hacía frío se combatía con una manta en las piernas; porque entonces, no lo olvidemos, todos los niños llevábamos pantalón corto.

Bajo la perspectiva de un niño así transcurría hace medio siglo El Entierro, como simplemente lo llamábamos. Se trataba de un acontecimiento único no superado ni por la Navidad donde la reunión era de la familia más intima.

Texto y foto de Paco Mañez