Esta vez y sobre una fotografía de finales del siglo XIX, donde en ese momento la explanada del Llano del Remedio cerraba paso el paisaje urbano al oeste, dejando al frente la Fábrica de Tabacos. Allí donde habían plantas, entresuelos y buhardillas, ahora bancos de trabajo, prensas y almacenes de hojas de tabaco.
Las más de tres mil cigarreras habían convertido el albergue de oficiales reales y mercancías de la Aduana en un hervidero de actividad obrera. Llegando a formar parte de un colectivo fuertemente unido, pionero en la defensa de los derechos laborales de las mujeres, y a pesar de las duras condiciones de los talleres, tenían un carácter resolutivo ante las crisis de producción.
Y esta entrada la quiero dedicar a todas aquellas mujeres, las cigarreras, que trabajaban con jornadas de sol a sol por un sueldo medio y siempre alegres, y ahora lo entenderán.
La disciplina del día a día para las cigarreras era como muy militarizada, más bien yo diría que el orden imperaba, impuesta por la Compañía Arrendataria de Tabacos, pero que a la vez se combinaba con una picaresca y solidaridad femenina únicas.
La que llegaba un minuto tarde ya no podía entrar porque las puertas se cerraban por la mañana con un horario fijo, y por consiguiente perdía el jornal de todo el día.
Cubrían jornadas de 11 horas, o 12 en verano o sea, de sol a sol. La gran campana de la fábrica parecía que organizaba la vida de todo el barrio de la Glorieta cuando sonaba el inicio, los descansos y el final de la jornada.
El mayor miedo de la empresa era el contrabando de tabaco, así que cuando terminaba la jornada laboral las obreras pasaban obligatoriamente por el despacho de inspección, donde un cuerpo de funcionarias mujeres (las registradoras) las palpaban a fondo asegurándose de que no escondieran hojas de tabaco o puros en las enaguas, en el pelo o en el corsé.
Fotografía del archivo de la familia Climent
“ Dicen que las cigarreras
somos de armas tomar,
pero bien que vienen los guapos
a vernos salir a pasear”
Además, de manera informal, implantaron la figura de “la lectora”, con la elección de una de ellas que tuviera buena voz para que leyera los periódicos y las novelas por entregas. El resto de las obreras apartaba una pequeña cantidad de su sueldo para compensar el tabaco que ella no estaba trabajando.
A la que tenía un bebé lactante se le permitía llevarlo a la fábrica. Hay que imaginar el ambiente insalubre de los niños que pasaban el día en cunas improvisadas, a menudo eran cestas de tabaco, respirando el denso polvo y la nicotina ambiental. Esta situación mejoró con la instauración de la cercana “gota de leche" en 1871, donde ya podían ir a amamantar a los niños y dejarlos a cuidado durante el trabajo.
Antes de entrar en los talleres de liado las maestras revisaban las manos de las operarias verificando que estuviesen perfectamente limpias y las uñas cortadas para ni manchar papel, ni estropear la delicada capa exterior del puro. El contacto a diario con la nicotina a través de las vías respiratorias y la piel provocaba mareos, vómitos y abortos. Había un médico que no solo estaba allí para el control de la salud, sino también para evitar que simularan bajas.
En la cuestión económica el salario no era fijo, estaba sujeto por el sistema a destajo. No tenían un sueldo mensual ni diario garantizado, sino que cobraban en función de la cantidad exacta de cigarros o puros que eran capaces de liar y terminar en cada jornada. Por poner un ejemplo de manera estadística, el sueldo medio de una cigarrera experimentada era entre 1,50 y 2,50 pesetas por día. Las aprendizas o las más lentas apenas alcanzaban la peseta diaria, pero las más rápidas o hábiles con puros de lujo, como los regalías, esas podían llegar a las 3 o 4 pesetas por jornadas extenuantes.
Aún siendo jornadas durísimas y el pago bajo, las cigarreras eran las mujeres mejor pagadas de la clase obrera valenciana.
Podría extenderme más pero creo que con este corto apunte queda reflejado el homenaje de una mujer obrera en una de las fábricas de Valencia de la época de final de siglo XIX y principios del XX.
Texto de Amparo Zalve Polo









































