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sábado, 20 de junio de 2026

BAÑOS DE MAR DESDE LA BARRACA DE VICENTE POLIT

 

Llegó verano de 1910 y el turismo de costa en Valencia dio sus primeros pasos. Los baños de mar eran todo un ritual social, medicinal y burgués.

De tal manera que en los años 20 al llegar el calor se instalaban en las playas valencianas unas barracas de baño de madera de fácil montaje, ya que se montaban para la temporada y cuando ésta acababa la arena quedaba desierta hasta el año siguiente.

A la playa no se iba buscando bronceado, más bien era la manera terapéutica que recomendaban los médicos tanto para combatir la anemia como para problemas del aparato locomotor o del respiratorio. El contacto directo con el agua fría del mar como el impacto de sus olas obraban el milagro para las dolencias de los bañistas.

Una primera línea de playa se veía ocupada por un desfile de barraquetas pintadas en tonos pastel, por eso de que los colores claros repelen más los rayos del sol, donde los bañistas podían entrar a cambiarse, alquilar el traje para el baño y depositar a resguardo sus objetos mientras disfrutaban del mar.

De las más populares de la playa de la Malvarrosa era la de Vicente Polit, que formaba parte del grupo autorizado para la explotación de catorce barraquetas de baño para caballeros en el litoral valenciano.

¿Y quién era Vicente Polit Cuenca, el que podemos leer su nombre en muchas de las postales de la época?

Vicente Polit Cuenca formó parte del arraigado linaje de los Polit valencianos. Familia que durante el siglo XIX destacó en los gremios de la construcción y que ya a principios del siglo XX expandieron sus negocios hacia otros sectores, como el comercio marítimo, servicios y el turismo costero.

Vestuarios costeros donde los bañistas se cambiaban, teniendo algunos pasarelas de madera que conducían directamente al agua, principalmente en las barraquetas de las mujeres por no exponerse en traje de baño por la arena hasta llegar a la orilla.

Tampoco sobresalía en estructura al resto de las barracas que colindaban con ella. Había una parte delantera y otra trasera. Y digo esto porque desde la entrada se recorría un pasillo longitudinal con boca a la otra parte, la que daba al mar. Por lo tanto, en la fotografía que estaríamos viendo ¿La parte delantera de la barraca de Vicente Polit? ¿o la trasera?. Llevando ya puesto el bañador los apuestos caballeros está fácil de deducir.

Situémonos en la parte de delante. Pasando la terraza se accedía a una sala común de escasas dimensiones en la que había un mostrador de madera, aquí todo era de madera, y tras él el señor Polit para atender y si no alguno de sus empleados.

Ahí se cobraba la entrada, el alquiler de la indumentaria para el baño, alquiler de la sábana de baño y la custodia de los objetos de valor.

Seguía un pasillo que se recorría longitudinalmente alineándose en batería las distintas cabinas de vestuario que se delimitaban entre ellas por finos tabiques de madera sin llegar al techo. Tan solo en el interior de cada cabina había un banco corrido de madera, percheros y clavos en la pared y algún espejo colgado.

Se salía al mar por la parte trasera que conectaba con la pasarela de madera hacia la orilla, disponiendo también en esa zona de pilas o tinas alimentadas con pozos de agua dulce o depósitos para que el cliente pudiera enjuagarse los pies y quitarse el salitre de la piel antes de vestirse.

Si pensamos que el obrero común en esa época cobraba entre 2 y 5 pesetas por jornada completa de trabajo entenderemos el porqué estaba enfocada a la clase media y a la burguesía valenciana.

Por sesión variaba entre los 25 a 50 céntimos. Si tenía que alquilar el traje de baño 25 a 40 céntimos más, lo cual esto era muy frecuente al estar confeccionados en lana o algodón pesado, por lo que tardaban luego mucho en secarse, y no quiero decir la vuelta en el tranvía con el peso en mojado de esos bañadores. El alquiler de la sábana de baño entre 15 a 20 céntimos, y si se hacía uso de la tina para enjuagarse tras el baño había que sumar de 5 a 10 céntimos.

Así que a contar...Haremos la cuenta promedio: 1,50 pesetas completa para el ciudadano que salía tal cual de su casa, llegaba a la barraqueta, se bañaba y volvía a casa. ¿Pero cómo volvía? No hay que olvidarse de que el billete del tranvía desde el centro de Valencia hasta la playa de la Malvarrosa oscilaba entre los 20 y 25 céntimos.

Y así era el veraneo en la Valencia entre los años 10 y 20 del siglo pasado.

Texto de Amparo Zalve Polo

miércoles, 11 de mayo de 2022

¡ A LA PLAYA !

Había pasado el sorteo y el azar había otorgado para algunos la gracia de estar junto a la parada del tranvía, pero a otros la acequia maloliente no les iba a traer mucha fortuna este año para desagrado de los bañistas. 

Por el Camino del Grao se veía venir el tranvía eléctrico,  que desde hacía un año había suplantado al  grandullón Ravachol, haciendo  el trayecto a la playa durante nueve años. Algunos de los mayores aún tenían en su memoria el primero que vieron pasar por el camino a la playa, el tranvía de tracción animal. 

Los preparativos se habían ultimado, pues era la víspera de San Juan, y como todos los años la temporada estival estaba lista para los baños. 

Atrás quedaban las casetas de baño humildes, que utilizando lo que en la zona abundaba, como cañas y cañizo, formaban un autentico complejo de vacaciones. Ahora se habían cambiado por construcciones pequeñas de madera, donde las mujeres obligadas al recato se ponían su traje de baño, aunque tan solo las más atrevidas. La mayoría, suficiente con arremangarse y mojarse los tobillos. Aunque sí a las casetas de baño, de  moda en las playas francesas, eso de tomar baño las mujeres todavía era de moral incierta. 

Hay que decir que los vigilantes harán la “vista gorda” ante los “escapes” en la separación de sexos durante el baño, aunque de estar, estaba garantizada la decencia y el orden público. 

Alineaciones de casetas de madera con toldos de lona en su parte de detrás, que enfocaban hacia el mar, las tertulias de las señoras sentadas en los frescos panerots de mimbre, los vendedores de agua y cebada fresca y los juegos de los niños, todo ello  hacía de la playa de Valencia un paraíso para el veraneo. 

Junto a todos los sonidos que entraña la playa en su momento del año más sonoro, se le une el de los barraqueros anunciando el reclamo de su barraqueta, que en su alineación,  sin existir medianera junto a la siguiente, sí que se diferencia bien del resto, porque cada una tiene arriba un monigote diferente, no carente también de título sobre la puerta. 

Llega el final de la tarde y los tendederos de la parte de detrás de las barraquetas se llenan de toallas, que aún con la humedad de la noche valenciana tienen que estar secas para el siguiente día. 

El desmontaje de las casetas de baños anunciaba el fin del veraneo en la playa del Cabañal.

Texto de Amparo Zalve Polo

viernes, 19 de julio de 2019

LOS TRANVÍAS ENTRE LOS BARRAQUETAS Y LA SERIE 100

Postal de la rotonda de Caro (puerto) en la que aparecen dos coches de la serie 55 al 70, con decoraciones exteriores distintas, 
uno de CGTEV y el otro de SVT.

ANÉCDOTAS Y CURIOSIDADES TRANVIARIAS

En el año 1903 la Lyonesa, es decir la Compañía General de Tranvías Electricos de Valencia (CGTEV) pidió al proveedor belga de los anteriores Barraquetas doce nuevos coches motores, la serie 43 al 54, mecánica y eléctricamente como los ya en servicio, pero dotados de plataformas cerradas y un linternón que gracias a sus cristales de colores, daba curiosas iluminaciones interiores cuando el sol daba sobre ellos. No he podido localizar ninguna foto de esta serie.

En 1906 la Lyonesa pidió a Carde y Escoriaza de Zaragoza una nueva serie de dieciséis coches, del 55 al 70 de tres ventanillas laterales y también con linternón. Fueron los primeros que en Valencia tuvieron asientos transversales a la marcha, estaban dotados de tres departamentos abiertos a cada lado, y en ellos los pasajeros estaban enfrentados entre sí.

Coche 62 tras su reforma para actualizar el interior. Foto Wiseman,
puente de Serranos, 1955.

Más tarde en 1909 en la Exposición Regional, un fabricante de Almàssera, Lladró, Cuñat y Cía presentó una corta nueva serie de seis coches motores del  71 al 76, de los cuales la Lyonesa, vendió prontamente a Avilés cinco de ellos y se reservó uno, el coche 76. Aparentemente el motivo de su venta fue que los frontales del coche no tenían forma afilada y en las cerradas curvas de Valencia cabía la posibilidad de incidentes. De todas maneras el coche que quedó ha rodado como cualquier otro de los tranvías de dos ejes. Por su parte quizá el quedarse el coche 76 fue motivado por el gran aprecio que mostró al tranvía en su visita a la Expo el rey Alfonso XII.

Coche 76, reformado, circulando por Pintor Benedito. 
Foto Wiseman.

En 1910 se presentó la serie de coches, del 77 al 84, con linternón, cinco filas de asientos reversibles 2+1, fueron los más cortos que circularon por Valencia, sólo tenían cinco ventanillas a cada lado. Se inauguraron con la electrificación y doble sentido de la renovada línea de Interior, con las curvas más cerradas de toda la red. A la vez parece un modelo de estudio previo a la futura serie 100.

Coche 78 junto a las torres de los Serranos. 
Foto autor desconocido, ca. 1910

Texto de Enrique Goñi Igual

lunes, 4 de febrero de 2019

LOS BARRAQUETAS, SU EVOLUCIÓN

Foto autor desconocido, ca. 1900. Doble tracción, nº 4, pg 17. Coche nº 24

ANÉCDOTAS Y CURIOSIDADES TRANVIARIAS


La primera serie de tranvías eléctricos de Valencia fue encargada por la Compañía General de Tranvías Eléctricos de Valencia (CGTEV), vulgarmente llamada la “lyonesa”, a una firma belga. Fueron 42 coches motores, que rápidamente fueron bautizados por los valencianos como “barraquetas” o “pagodas” por su característico techo curvado. Pero para nosotros lo más sorprendente de esos nuevos coches era que en caso de sol, fuerte viento o lluvia no había ningún tipo de protección para el conductor ante las inclemencias, lo mismo que para casi todos los pasajeros de las generosas plataformas, como podemos ver en la foto del coche nº 24.

Por ello se fueron ingeniando medios para su protección, como la pequeña visera de la foto siguiente:


Catálogo de la exposición “Trens i Estacions” Foto autor desconocido.

Como gran mejora fue la incorporación a algunos coches de una especie de mirador como el que aparece en la siguiente foto. La dificultad para un buen cerramiento era que el freno de mano funciona con una manivela horizontal que al girarla sale al exterior del coche, se puede apreciar en la foto anterior.


Foto autor desconocido, colección Huguet, ca. 1903.

A partir de la segunda serie de coches pedido a la misma factoría, vinieron con un cerramiento más acorde con las necesidades de conductor y pasajeros, que rápidamente fue copiado para los coches de esta primera serie, ya que el freno de mano ahora estaba en el interior del coche y se accionaba con una gran rueda metálica colocada verticalmente a la derecha del conductor.


Foto Wiseman. Coche nº 16 en los años ’50 del pasado siglo.

Por otro lado cuando alguno de los coches de series antiguas sufrían algún tipo de accidente solía aprovechar la actual propietaria Compañía de Tranvías y Ferrocarriles de Valencia (CTFV) para hacerles una reforma integral de carrocería y adecuarlos a sus series más queridas la 100 o la 200, así podemos ver al coche  26 con una carrocería tipo 100 en un servicio de la línea nº20 a Catarroja, o en la foto siguiente el coche 14 un híbrido transformado en un 100 largo o un 200 con seis filas de asientos, en lugar de cinco cumpliendo el servicio de la línea nº 8 Gran Vía – Alameda.


Coche 26 en la Cruz Cubierta, camino de Catarroja, sobre 1958. Foto autor desconocido. Remember-València, pg (III) 182.


Coche 14 sobre puente de Aragón en 1958. Colección E. Andrés Gramaje.

 Texto de Enrique Goñi Igual