Mostrando entradas con la etiqueta Casa de las Arrepentidas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Casa de las Arrepentidas. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de febrero de 2022

VIDA EN COMÚN DE LA MUJERES ARREPENTIDAS EN LA CASA DE SAN GREGORIO


1888 Ca. Ante el Convento de San Gregorio
Archivo Municipal

El señor D. Juan de la Ribera, Arzobispo de Valencia, por el año 1600 creó una Casa de Recogimiento para mujeres públicamente escandalosas con el nombre de San Gregorio el Magno para compromiso de esta ciudad y de todo el Reino de Valencia en la conservación espiritual y corporal.

Para ello se formó una institución formada por Administradores, un Clavario anual, Vicario, médico y cirujano, una Regidora, una maestra, una tornera (se encargaba del torno), una portera, sacristana y sacristán, refitoleras (Eran dos y se encargaban del refitorio, o lugar donde se juntaban a comer), mayordomo , demandero y demandera. Todos ellos debían observar, guardar y cumplir unas Constituciones de las que nadie se libraba, tanto para los que gobernaban como para las religiosas y las mujeres que allí vivían, y para todos los encargados de la asistencia y servicios.

Así pues, el convento y la Casa de Recogimiento formaban un conjunto que con el nombre de San Gregorio daba sitio para que aquellas mujeres que arrepentidas quisieran seguir el camino religioso posteriormente. Para ello tenía que haber pasado como mínimo un año desde el ingreso en la Casa.

El provechoso retiro era voluntario para las que espontánea y libremente quisieran entrar, ya que si lo hacían a la fuerza podrían ser causa de perversión para las demás.

Eran mujeres de edad comprendida desde doce hasta cuarenta y cinco años, que fueran pecadoras públicas, de mal ejemplo y escándalo y que no padecieran de mal contagioso. No ser doncellas, ni haber estado en otra casa anteriormente, ya que hacía suponer de su expulsión por escandalosa.

Aunque no fuera de la ciudad, ni del Reino de Valencia, se le podía admitir, mientras que no fuesen moras o judías, sino Católicas Romanas. Y las preñadas, por supuesto, tenían vetada la entrada. De las casadas alguna era aceptada, aunque en este caso se ponía difícil, ya que se hacía a juicio de más personas. 

Veamos unos detalles del día a día en el recogimiento:

No podían recibir ninguna carta, ni dinero, ni recado, si no era habiendo pasado por la revisión de la Regidora o de la Maestra, con el conocimiento de quien la envía.

Los bailes no estaban permitidos, ni los juegos de naipes, músicas profanas, ni que dos mujeres (A las mujeres ingresadas se les llamaba Hermanas) pudieran dormir en la misma cama. Todo pensamiento en estos actos podría hacerles recordar sus anteriores devaneos. Las  amistades estrechas y los abrazos estaban prohibidos.

Mientras trabajaban en conjunto, una de ellas leía un libro devoto, la que fuera designada.

Cada semana, al menos dos veces había que barrer. Unas se encargaban de echar el agua, mientras que otras pasaban la escoba, y todo ello con silencio y compostura.

Ninguna podía faltar a los actos de la comunidad, como al Refectorio o al comulgador, de no ser por impedimento de enfermedad o tarea. La Regidora o la Maestra se encargaban de hacer la ronda de vigilancia. Ni que decir tiene que si alguna estaba encamada por enfermedad, ninguna otra podía estar acompañándola a solas. Otro detalle es la ausencia de espejos en la Casa. 

Ahora vemos las faltas durante el recogimiento: 

Para las faltas leves la Regidora podía establecer juicio sobre ellas, pero no así para las graves, que tenían que pasar por el consenso del Clavario. 

Faltas de ligera culpa: 

- Las risas en el coro o en el refectorio.

- Llegar tarde a los actos comunitarios.

- Dejar de ejecutar una orden de manera intencionada.

- Las murmuraciones sobre alguna corrección de la regidora o de la Maestra hacia otra mujer.

- El robo de comida a otra.

- Mentir con perjuicio de otra. 


Faltas de mediana culpa: 

- Palabras de injuria y afrenta.

- Golpear a otra con las manos o algún objeto.

- Hablar a través del torno con el exterior, o por la reja, sin el permiso de la Regidora o la Maestra.

- Negar el perdón de cualquier otra si humildemente se lo pide.

- Desobediencia a la Maestra, Regidora o Tornera. 

Si alguna incurría frecuentemente en estas faltas, se consideraba incorregible y la Regidora la enviaba al “cepo”, de un día de pan y agua, acompañada de otra que fuera virtuosa para que caritativamente le diera consuelo. 

Faltas graves: 

- Jurar o perjurar.

- Faltar al ayuno cuando la Santa Iglesia ordena.

- Uso de palabras o frases deshonestas, que pudieran escandalizar a quien las oyera.

- Sembrar discordia y hablar mal de los demás de manera repetitiva.

- El hurto.

- Intentar salir de la Casa con engaño.

- Cometer algún pecado con referencia a la sensualidad.

- Intento de agresión a la Regidora, Maestra o Tornera. 

Queda decir que el fin de su estancia allí de buen fin y con arrepentimiento se debía a varias causas: Por regreso con la familia, con el marido, o por deseo de ser religiosas. Para esta última, cada Administrador hace elección de dos señoras como Madrinas. El día de antes de San Gregorio, acudirían para ver el tallaje, con el fin de enviarles los nuevos hábitos religiosos.

Texto de Amparo Zalve Polo

domingo, 4 de marzo de 2018

CONVENTO DE SANTA ÚRSULA, CASA DE LES REPENEDIDES

Archivo Municipal

Para encontrar el origen del convento de Santa Úrsula y el motivo de su fundación hay que remontarse a la mitad del siglo XVI, cuando en 1552 Juana Zucala, devota mujer,  -que con anterioridad  y  desde 1540  vivía con otras mujeres retiradas con las que formaba una especie de beaterio de la Tercera Orden del Carmen, situado en el lugar que ocuparía más tarde el convento de Santa Ana- fundó junto a la Puerta de Quart, una casa de arrepentidas bajo la invocación de la Virgen de la Misericordia. 

Con este cometido estuvo funcionando el establecimiento durante algunos años, cuando ya estaba y con la misma dedicación desde 1345 la Casa de les Repenedides que había sido fundada por la madre Soriana, beata de la Tercera Orden de San Francisco,  para la que se habían establecido varias reglas municipales, una de ellas "que dilluns Sanct entrasen fins lo disapte, totes les dones publiques en les repenedides”. Ocupaba el mismo sitio donde más tarde, iniciado el siglo XVII, se levantaría el Convento de San Gregorio.

La Casa de las Arrepentidas y como institución dependía del gobierno municipal para la reinserción de las prostitutas, para pasar décadas después a depender del Arzobispo Juan de Ribera quien le dio mayor rango instando a las pecadoras a que se acogieran a la vida religiosa en el Convento de San Gregorio de reciente construcción.

Cerca de la plaza de Santa Úrsula existe actualmente la calle Virgen de la Misericordia en recuerdo de la primera invocación que había establecido la devota Juana Zucala.

En la foto de los años cuarenta vemos sus contrafuertes en una perspectiva lateral desde la ronda de circulación semejante a la actual; en nuestros días sin tapial, sin vías de tranvías y sin adoquines. 

lunes, 8 de diciembre de 2014

CONVENTO DE SAN GREGORIO


Archivo de Rafael Solaz

Ca. 1890 - No era a la persona a quien se perseguía sino a sus palabras. Pero quien pagaba el peaje era su autor y la cárcel de San Gregorio fue lugar de presidio para aquel joven rebelde y provocador que igual alzaba su voz contra el clero que, mediante su obra costumbrista, relataba lleno de pasión la realidad social valenciana, tanto de la ciudad, como de su mar y huerta.

Primero como lugar que recogía a las mujeres pecadoras en el siglo XIV y ya como Comunidad de Hermanas Arrepentidas, tras la desamortización de Mendizábal, se aprovechó el lugar como presidio hasta el año 1911, en el que fue derribado para la construcción de una manzana que iba a albergar, con fachada a la calle San Vicente, el primero teatro, luego cine y en la actualidad Teatro Olimpia. 

“Convento de Arrepentidas” primero, y musa de D. Vicente después, con la singularidad en el siglo XVI de haber sido uno de los lugares donde las mujeres "emparedadas", recluidas de forma voluntaria,  purgaban sus licenciosas vidas.