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martes, 22 de mayo de 2018

LA HORA OFICIAL DE VALENCIA


Archivo Municipal

El reloj del Micalet, hasta pasado el primer tercio del siglo XX, era observado todos los días del año por quienes pasaban por la calle de su nombre. De esta forma se convertía en aquel instante en la referencia oficial para quienes portando reloj de bolsillo lo pusieran en hora.

Sin embargo, durante un breve tiempo, cuando se iniciaba el año 1908, el reloj dejó de funcionar. La prensa de entonces salió al paso de lo que significó “un grave contratiempo para todos, pues parece que nos falta algo”.

Desde 1418, de ruedas y cuerda, por decision del Cabildo de la Catedral, el Concejo de la Ciudad y la Junta de Murs i Valls, encargada ésta de su construcción, el reloj daba las horas para el toque de campanas del Micalet, que fue modernizado en 1689.

Correspondía pues al Ayuntamiento su mantenimiento, junto a los relojes de Santo Domingo, Convento de San Gregorio, la Lonja, la Cárcel Modelo, del Matadero y de otros situados en pueblos que en las últimas décadas habían sido anexionados.

El cargo de “relojero municipal” lo ostentaba en aquellos años Juan Bautista Carbonell Domenech, obligación heredada de su padre, quien tenía a su cargo tan solo el del Micalet, el de San Gregorio y el dominico. Servicio aquel por el que era retribuido con un sueldo anual de 999 pts, teniendo cuerda los tres relojes para treinta horas.

El popular relojero de la Bajada de San Francisco gozaba de la simpatía ciudadana, atenta a las obras para que a la mayor rapidez desapareciera el andamio, y con ello, según citaba la prensa,  vuelvan a rodar sus saetas y a sonar las campanadas de las horas y los cuartos que por espacio de poco más de un mes privaba a los valencianos de poner en hora sus relojes".

La foto del día de la Virgen de los Desamparados de unos años más tarde nos muestra el reloj que estuvo en su sitio hasta 1970 con la desaparición de la Casa de los Canónigos que ensanchó la calle.

lunes, 20 de noviembre de 2017

EL RELOJ DE SANTA CATALINA


Archivo Rafael Solaz - 1918

El Teniente alcalde del Distrito de Museo, D. Rafael Criado, lo tenía muy claro y nada más comenzar el año 1914 hizo llamar la atención sobre la conveniencia, más bien la necesidad, de dotar a la ciudad de un reloj que tuviera mayor visibilidad en un lugar céntrico y de máxima afluencia urbana. Puso su mirada en lo alto de la Torre de Santa Catalina.

El reloj del Miguelete, por lo contrario, al ser de visión escasa, junto a su localización en una calle corta y estrecha, daba mayor solvencia a su propuesta, que a su vez por su estado viejo y defectuoso, no hacía más que reforzar su iniciativa que en primera instancia fue aceptada por la comisión municipal.

Su instalación no implicaba más gasto que el de su instalación, toda vez que el Ayuntamiento, en 1911, había adquirido un reloj por un importe de 1500 pts que estaba a la espera de su destino.

Sin embargo, tuvo que transcurrir todo el año y no sería hasta el 22 de Diciembre de 1914 cuando el Diario de Valencia anunciaba que el reloj ya se había instalado en el campanario de  Santa Catalina, detallando que “la caja con la esfera ha sido colocada sobre un marco de piedra artificial que imita perfectamente el color y estilo de la esbelta torre”.

Fecha ésta en la que el Ayuntamiento acordó la recepción del reloj. Se acercaban las fiestas de Navidad y Fin de año y el lugar era el inmejorable para recibir a uno nuevo.

La foto de unos pocos años después nos muestra su aspecto ante uno de los puntos de mayor tránsito en la ciudad. 

viernes, 9 de junio de 2017

EL RELOJ DE LA LONJA

Archivo Municipal

1925 Ca - En fotografía sabemos del reloj de la Lonja situado en lo alto de su torreón gracias a J. Laurent (1870) por una de sus fotos, de las más antiguas. Tuvo que ser reparado en 1882 cuando se hablaba también de una restauración para el edificio gótico valenciano que no llegaría en profundidad hasta finales del siglo, con la colocación de almenas en lo alto del torreón en 1901, en contra en aquel entonces de quienes optaban por mantener su estilo.  Pasaron unos años y en 1907 se acordó adquirir por concurso unas campanas para el reloj, al tiempo que proceder a la terminación del alumbrado eléctrico de La Lonja, conforme al dictamen del ingeniero industrial del Ayuntamiento.

No debió funcionar con normalidad el reloj, toda vez que en marzo del siguiente año se anunciaba la reanudación de su funcionamiento, con la promesa de que sería regulado a las doce por el meridiano de Greenwich, comunicado con Madrid. Con cuerda para treinta horas, se dio como seguro un mejor funcionamiento en comparación con los situados en el Miguelete y en el Convento de Santo Domingo, mientras se hacían elogios del existente en el Observatorio Meteorológico de la Universidad.

Llegaría el año de 1912 y en el mes de febrero se acordaba en el ayuntamiento proceder a su iluminación.

Su ya larga vida parecía extinguirse y en el mes de julio de 1930, cuando su funcionamiento era muy deficiente, en el ayuntamiento y por repetidas veces se debatía por su traslado a la torre de Campanar, necesitada de un reloj. Finalmente la junta de Gobierno rechazó la propuesta, pero olvidándose del reloj. Al finalizar el año, el alcalde llamó al orden al relojero municipal para que explicase por qué estaba parado, al igual que el correspondiente de la torre de San Valero en la misma situación.

Sea como fuere, en la foto de 1934 vemos que dejó de existir en lo alto del Torreón, entre la fachada del Salón Columnario y el Consulat del Mar.



Archivo RND - J. Baum

domingo, 19 de marzo de 2017

EL AYUNTAMIENTO TENÍA SU CARILLÓN


Francisco Mora había conseguido dotar a la fachada del Ayuntamiento de la suntuosidad monumental que tenía en su mente desde el primer día que acometió su diseño de ampliación en 1924, incorporado al inicial del también arquitecto municipal Carlos Carbonell de 1905, que había sido diseñado entre ambos, dispuestos a la ampliación del Consistorio con fachada en esta ocasión a la plaza Emilio Castelar, que por parte de los munícipes se había decidido en 1902, e iniciado en 1906.

El 19  de marzo de 1930, en plena fiesta fallera, el aspecto de su torre central era magnífico y la atención ciudadana estaba centrada en la puesta en marcha de un novedoso carillón. Aquel era el día elegido para su inauguración a las doce en punto, tal y como había decidido el alcalde Sr. Maestre, quien en los días previos había instado a empresa contratada para su instalación a que afinara bien su mecanismo.

Durante aquella mañana se iba concentrando el público y cada vez en mayor número. Cuando se aproximaba la hora indicada era imposible acercarse a la plaza. Entre el gentío se congregaban las bandas de música, donde también hacían actos de presencia un gran número de carruajes que se había posicionado para el acto.

Cuando llegó el alcalde junto al Arquitecto Mora e informadores municipales no tuvieron más remedio que mezclarse entre la multitud. Faltaban un par de minutos y el silencio más absoluto se apoderó de la plaza.

Y cuando las saetas del reloj alcanzaron las doce, sonaron las campanas dando las horas. A continuación el carillón dejó oír los sones de la Marcha de la Ciudad, mientras el público guardaba un silencio absoluto descubierto de boinas y sombreros. Al terminar sus notas, las bandas de música allí congregadas comenzaron a tocar el Himno Regional, amenizado por un público generoso de aplausos y vivas a Valencia. El momento ha sido emocionante, venía a decir el redactor del periódico El Pueblo.

Terminó el acto con un desfile de las bandas de música allí congregadas que superaron el número de sesenta, siendo presenciado por el alcalde Sr. Maestre y su séquito desde un balcón del propio Ayuntamiento, al que se habían subido una vez terminado el Himno.


(Jorge Auroux, ingeniero responsable de su puesta a punto, 
junto a algunas de las campanas)

Ante los aplausos de la gran concurrencia el alcalde pronunció unas muy breves palabras envueltas de gran emoción que culminaron con un ¡Viva Valencia! que, entre grandes aplausos, se reprodujo igualmente por los asistentes.

Sin embargo, apenas habían pasado treinta días y el carillón dejaba mucho que desear, pues su mecanismo era muy deficiente, con numerosas quejas. El alcalde exigió su puesta a punto a la empresa que se había responsabilizado de su buen funcionamiento, pues fue objeto de muchas chanzas por parte del público que, mosqueado, acudía a diario para escuchar un carillón que se atascaba, al tiempo que exclamaba:

-¿Aixó son campanes o lligóns?

lunes, 7 de septiembre de 2015

EL EDIFICIO DEL RELOJ

1921 edificio del reloj

1921- En la primera década del siglo XX la vieja aspiración de que El Grao de Valencia dispusiera de un puerto de primer orden, capaz de recibir con plena garantía en el interior de  su dársena los barcos de mayor calado, iba convirtiéndose en una realidad.

Desde 1869 se habían puesto en marcha las obras diseñadas por Juan Bautista Llovera y el puerto iba tomando su peculiar forma que garantizaría la actividad marítima protegido por dos diques que cerraban la dársena.

Conseguido el propósito era de necesidad construir un edificio que le diera la personalidad debida y al mismo tiempo útil para dar cabida a los servicios básicos que la autoridad portuaria exigía. Y con esta idea se inicia en 1914 un edificio diseñado por Federico Gómez de Membrillera, a semejanza de la estación ferroviaria de París-Lyon.

Emblemático "edificio" conocido como "del Reloj", de rica arquitectura y porte señorial, con una torre que muestra en lo alto de su perímetro cuadrangular cuatro relojes, estuvo destinado en un principio como sede central de la actividad portuaria y como estación marítima, con prestación de servicios de Correos, Teléfonos y Telégrafos en planta superior, tan necesarios en su actividad comunicativa, con despachos para la Presidencia y Junta de Obras.

Entró en servicio en 1916 y vemos el aspecto que ofrecía pocos años después, en 1921. Reconstruido tras la Guerra Civil, en la actualidad presta su servicios para exposiciones culturales.

Edificio del Reloj, Escalera Real, golondrinas a la “gita”: páginas de nuestras vidas que pasan movidas por la brisa del mar, amarillentas de salitre, mientras que el pescador de caña se esconde por tinglados de nostalgias.