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jueves, 23 de marzo de 2023

DIETARIO DE PABLO CARSI Y GIL

BIVALDI

Observamos un primer plano de la Plaza del Miguelete con la vía del tranvía que enfila la calle con el mismo nombre, tras dejar atrás la calle Campaneros, ya desaparecida.

La escuraeta cumple su misión a pie de la puerta barroca de la Seo, con su verja de hierros, al tiempo que se pierde por la calle Bordadores, mientras los caminantes, cada uno a la suyo, dan vida a la plaza.

De los edificios tan solo nos queda el que hace esquina a la que fue calle Zaragoza y el del fondo, con su establecimiento de tintes.

Los primeros a la izquierda desaparecieron con la ampliación de la plaza de la Reina para una mejor visibilidad de la Catedral con su torre campanario del Micalet.

Del edificio del Relojero sólo permanece en la actualidad el deseo que ya de una vez el viejo proyecto de su restauración deje de ser una promesa incumplida, hasta que llegue el día que ennoblezca uno de los rincones más entrañables de la ciudad.

La torre de San Nicolás al fondo llama a su visita de todos los lunes, en una tradición que aún perdura.



El primer bajo que observamos en la calle Micalet  se corresponde con el lugar que había ocupado la peluquería de Pau Carsí -en el periodo de la foto ocupado por Miguel Torres, material eléctrico- un personaje que durante gran parte del siglo XIX escribió su particular dietari: “Cosas particulares, usos y costumbres de la ciudad de Valencia” (1800-1873), cuyo estudio y transcripción estuvo a cargo de Rafael Solaz en una magnífica edición de 2011.

Pau Carsi, con su peculiar estilo, dejó en sus anotaciones sobre el papel cómo era la Valencia de aquel siglo convulso, detallando toda clase de singularidades: 

"el manuscrito comienza por los modos de hablar de los valencianos y los diversos tratamientos a las personas de más rango. Le sigue el interesante apartado sobre indumentaria o, como dice, el modo de vestir de las mujeres y los hombres, con alguna que otra curiosidad como la ventanilla en la cotilla de las mujeres, hecha para sacar por el ella el mugrón de la teta y dar de mamar a sus hijos, o la descripción de la bragueta en el pantalón de hombre, justificando que esto era para mear. La instalación del gas en la ciudad, el empedrado de las calles, la depilación en las mujeres, la horca, las noticias de la Valencia más profunda, la mágica o superticiosa, el Baratillo o Encant, el comercio del cacahuete, la instalación de las primeras fuentes públicas, las epidemias del cólera, algunas fiestas, los uniformes municipales o el derribo de los cementerios parroquiales, entra otras noticias de interés." (a)

Una lectura obligada para el mejor conocimiento de aquellas décadas.

(a) Del estudio realizado por Rafael Solaz Albert

martes, 25 de octubre de 2022

TRADICIÓN EN EL DÍA DE LA VIRGEN: L´ESCURAETA

 
1960 - Escuraeta en la Puerta de los Hierros de la Catedral

La Puerta de los Hierros de la Catedral se llenaba de loza artesana, al igual que tiempo atrás lo hacia la Puerta de los Apóstoles, cuando al llegar el día de la Virgen era de vista obligada para reemplazar por nuevos los utensilios de la “escurà per a la cuina”.

Costumbre que por otro lado la trajeron los alfareros valencianos en tiempos de Jaime I, entre los siglos XIII y XIV, con el fin de ser reconocidos en el gremio y poder convertirse en maestros. Así que la Escuraeta valenciana ya tiene ocho siglos en la memoria.


Los puestos, “paraes”, estaban sostenidos por mujeres de los pueblos, poniendo a la venta sobre todo alfarería de Alacuás, porque para los guisos en estos recipientes saben mejor. Todos los arroces que no se cocinaban en paella ,lo hacían en “casola” de barro. 

El Micalet, el “Pardalero”, vendía pajarillos de barro cocido, al que le pintaba muy bonitas plumas de colores, y se llegó a hacer tan popular que su tonadilla ha sido incluida en el acervo folclórico valenciano.

Tres pardelets, una aguileta
sempre vaig en biscicleta.
¡Chiquets , ploreu,
que pardelets tindreu!”

Los buenos padres, los llauradors, acompañaban a las muchachas de los pueblos sobre todo para cargar para todo el año, en la cocina que no podía faltar el barro, y para els chiquets una escuraeta. Los badajos de las pequeñas campanitas de barro con la imagen de la Cheperudeta se hacían escuchar por toda la plaza.


Hasta el día del Corpus duraba la Fira de la Escuraeta.

Texto de Amparo Zalve

domingo, 10 de julio de 2022

LLEGA EL PATÍN A VALENCIA

  

1911 - Eran tiempos modernos, y que había entrado recientemente un nuevo siglo donde las tendencias extranjeras eran propensas a imitar, comenzando siempre por la clase adinerada intentando asemejarse a los gustos aristocráticos. 

El patín era originario de los países europeos más fríos, donde se practicaba patinaje sobre lagos y ríos helados, y aunque aquí no los había, se construían llanuras artificiales para ello. 

Quedaba muy bien entre los más modernos llamarles skating, aunque para la mayoría era patín. 

Las fotografías de una revista de la época en 1911, nos muestran como se divertía la juventud, bien haciendo el tren,  o bien incluso riendo a mansalva con los incidentes. 

El caso es que demuestran la confraternidad que proporcionaba entre la juventud de los distintos sexos este deporte. 

En esta última fotografía se ven divirtiéndose en la Glorieta.

Texto de Amparo Zalve

jueves, 21 de abril de 2022

LA MUJER VALENCIANA EN LA HUERTA DE 1900

 

Sabía de ellos, aunque no había llegado todavía a conocerlos, llegados de París para llenar los escaparates de las tiendas mas elegantes de la calle Zaragoza. Sombreros de ala ancha con plumas de garza real, de aves del paraíso, de avestruz, de marabú, o de gallo, aunque la realidad es que sólo conocía las de sus gallinas, a las que tenía que mantener sanas porque de ellas dependía parte del sustento de su familia. 

El trabajo doméstico y el de la huerta se entrelazaban en la continuidad, trabajando dentro y fuera del hogar. 

Desde el jabón hasta el pan le proporcionaban cierta dificultad en la humilde condición de su casa. 

Pero sabía que en la época de la siembra y de la recolección era fundamental su papel como mujer y bendecía su suerte de no estar sin el marido, como su vecina, que la pobre se había quedado con dos hanegadas de tierra para ella sola porque había emigrado su esposo a Francia al no darles suficiente la tierra, tomando la decisión de irse él, antes que irse ella del hogar para trabajar en la confección o en el servicio doméstico, como muchas solían hacer cuando no daba para más. 

Desde pequeña aprendió que la meta de su vida era cumplir con los deberes de esposa y madre, eso en el hogar, además de los trabajos que da la huerta. 

La piel de su rostro le iba cambiando de manera que cada año que pasaba era como tres más de aquellas que en la capital lucían sus sombreros. Su casa necesitaba de un excedente para cumplir las necesidades familiares, y además del propio consumo que ellos tenían, lo que le quedaba lo vendía en la pequeña entrada y dos veces por semana en el mercado, cosa complicada a la hora de adaptar la dedicación a la huerta a los horarios del marido y los hijos, sobretodo para tener preparada la comida a las horas que tocaba comer. 

Bien cierto que desde que la suegra se hizo mayor y fue a vivir con ellos habían dos manos más para recoger y espolsar la tierra, a la par que las de su hija, la mayor, que con sus once años arreglaba los animales cuando terminaba de darle la lección un maestro que reunía a tres o cuatro más en la propia casa. 

Por cierto: ¡Qué mano tenía la suegra con la mermelada de tomate! 

Al despunte del día, cuando despedía al marido que iba a trabajar para otro amo, se enfundaba de sayo negro, pañuelo en el pelo, y un mantón negro, con el que llevaba un extremo a cubrir el hombro, dejando un hueco en su pecho para portar su bebé  y las manos libres.

Salía al sol abrasador de la huerta y de lejos y con la espalda encorvada se diría que se trataba de un espantapájaros, si no fuera porque las manos permanentemente ocupadas la delataban como un ser vivo, agotado y con el rostro sudoroso, que sólo encuentra su único reposo en la tarea que le impone la casa para cuidar al marido y a los hijos. 

Aún le queda la tarde del domingo para remendar y planchar.

Texto de Amparo Zalve Polo

lunes, 30 de septiembre de 2019

"CHACHAS" EN EL PARTERRE



Su imaginación es debordante. Una de las "chachas" de los años cincuenta que acudía con frecuencia al "Parterre", en su ensueño y como posible, imaginó esto:


Año 1878, y desde la ventana de su habitación en la casa donde servía desde los quince años, y ya desde hace cuatro, miraba el arbolado de magnolios que poblaban el Paraíso que para ella se había convertido el jardín de la plaza del Príncipe Alfonso. ¡Se veía tan bonito! Con sus cuatro fuentes surtidor, redondas, y en la parte norte un estanque, así como una casa para el guarda en la zona sur.

Ya son las cinco de la tarde y se apresura a sujetarse bien el delantal, de blanco impoluto, con un gran lazo a la espalda; se espolsa  minuciosamente la ropa con las manos y se atusa el pelo, colocándose el lazo blanco, su favorito. 

Y todo porque cruzaba los pocos metros de calle, que separan el Cuartel de Artillería y el jardín, su apuesto alumno de la Academia del Arma. ¡Iba tan guapo! Uniforme color azul y gorro redondo, le daba un cierto toque francés que le gustaba. Como todos los jueves a la misma hora y en el mismo lugar.

Bajó rápido las escaleras de aquella suntuosa casa y aún le sobraban minutos para llegar donde él la esperaba, apoyado bajo la sombra de un enorme ficus, seguramente el más antiguo de la ciudad. Como la época lo requería se miraron fijamente y se inclinó a besarle la mano. La tarde era fría y el paseo que comenzó en el ficus continuaba lento por los pasillos del jardín. Rodeaban una y otra vez las cuatro fuentes, cuyo sonido les iba a traer recuerdos posteriores.

Un gran pedestal rellenaba su centro, y en aquel momento no pudieron comprender que hacía allí tal decoración sin ninguna reseña más a la que hiciera alusión. Descansaban en los bancos blancos que estaban salpicados entre árboles y plantas. Incluso se atrevían a hacer proyectos de futuro, sin saber a ciencia cierta si serían posibles. No lo fueron, cuando él terminó la academia y fué destinado a otra ciudad. Ella quedó sirviendo en la casa donde pasó su juventud y hasta que cruzó su camino con un ebanista, amigo de la casa. Se trasladaron a otra ciudad para formar un hogar.

Pasados trece años, aprovechando una visita a Valencia, por el cariño que tenía a la familia donde había vivido su juventud, pidió a su esposo un momento de intimidad, y bajó sola al jardín de sus recuerdos y revivir lo que en un momento fue para ella su Paraíso.

Comenzó su recorrido como si del 1878 se tratara, pero ya estaba en 1891 frente al ficus donde quedaba con su “soldadito” ¡Lo que había crecido en esos trece años! Pasó por todos los lugares y se sentó en todos los bancos donde lo solían hacer.

Quedó asombrada cuando vio que el gran pedestal ya no estaba solo, una estatua ecuestre con el rey Jaime I el Conquistador lo llenaba. Momento muy especial  que le hizo recordar cuando se preguntaron ¿porqué? Y ¿para qué? ese pedestal.

Lo rodeó y vio que estaba lleno de leyendas, que pronto se preocupó de leer:

En la parte delantera un escudo de armas del rey Don Jaime, en la parte trasera, el escudo de la ciudad de Valencia. En los laterales, leyendas que nos hablan del ofrecimiento.

Una de ellas dice: Entró vencedor en Valencia, liberándola del yugo musulmán, el día de San Dionísio, 9 de octubre de MCCXXXVIII, y la otra: Al rey Don Jaime I el Conquistador, fundador del reino de Valencia, Valencia agradecida, MDCCCXCI.

Y con la actitud de la figura, la de dirigir la tropa en su conquista hacia la ciudad de Valencia, cerró el capítulo del Paraíso de su juventud.

Texto de Amparo Zalve Polo

lunes, 15 de octubre de 2018

ELS GUARDACANTONS


Archivo Municipal 

La Valencia musulmana había dejado en la ciudad una retícula urbana de calles muy estrechas que se mantendría por muchos años. Como era uso, en mayor grado en la zona intramuros del cerco árabe, que en sus tiempos el paso se limitaba tan sólo a las personas, en una ciudad densamente poblada, habitada mediante casas bajas de modesta apariencia, agolpadas en calles tortuosas y sombrías,  cruzadas en ocasiones por callejas sin salida, con cobertizos y bóvedas sobrepuestas, sin que se guardase ninguna ordenación viaria.

Con el paso del tiempo, ya con la muralla cristiana, la Valencia agraria obligó al ensanchamiento de sus callejuelas para el paso de los carros, pero poco más. Tras su esponjamiento, también en el interior del antiguo cerco musulmán, su retícula mantenía su impronta a base de callejuelas cuyas esquinas resultaban dañadas por el paso de los carros con mucha frecuencia.

Para su protección se colocaron "els guardacantons" que se mantuvieron hasta muy avanzado el siglo XVIII.

Fue el alcalde de barrio Sr. Fos cuando en 1780 dictó la reforma urbana que obligaba a la eliminación de los mojones en las esquinas de ciertas calles para permitir el paso de los carruajes, facilitando su tránsito mediante el limado de las esquinas para facilitar aún más los giros.

Como testimonio de aquella práctica solución, en la actualidad, aún se pueden observar los limados en algunas callejuelas del Barrio del Carmen, tal y como podemos contemplar en las fotografías del Archivo Municipal, próximas al Portal de la Valldigna, con una de sus esquinas a la calle Frígola que se corresponde con la de una manzana de los años cuarenta ya desaparecida.

domingo, 7 de diciembre de 2014

ALFOMBRA DE VIDA


Colección Díaz Prósper
1888 La ciudad hierve y en su ebullición, moléculas de vidas se desparraman por una arteria principal, impregnando de calor las basas de las torres de cuarte.

Aquí hay bullicio, hay vida, vida de calle, carros, personas que pasan sus horas muertas en busca de la noticia, del chisme, del anecdotario, voces que se propagan en el diario acontecer a pie de una de sus puertas.

Zaguán abierto que  reagrupa a esa parte de la ciudad unida por los profesionales que venden sus mercancías, recorriendo las calles con los mozalbetes que buscan su distracción observando sus pasos. 

Hombres ociosos, mujeres de largas faldas, niños expectantes y carros en su labor, crean como una alfombra de vida en el umbral de la ciudad.

martes, 25 de febrero de 2014

LOS AÑOS 60 DE LAS VALENCIANAS

los años 60 de las valencianas

Archivo de Rafael Solaz

Años 60 - Llegaban los años sesenta a la ciudad de Valencia gobernada por aquel entonces por el alcalde Adolfo Rincón de Arellano. Era una época de cambios, de la “contracultura”, del “movimiento hippie”, de la “música pop y rock”. De la llegada de Armstrong a la Luna. América estaba de moda, de allí venían grandes innovaciones como el estilo loco psicodélico, lleno de multitud de colores, inspirados en drogas alucinógenas de la época. La gente empezaba a tener los primeros televisores en sus casas, eran familias con posibles, hasta el punto de poder tener un “Seiscientos”, comenzaban a surgir los primeros domingueros, recorriendo las calles y pueblos de Valencia.

Estaban de moda las canciones de Los Beatles, Fórmula V, Camilo Sesto… cantantes que eran los favoritos de las chicas jóvenes, que se atrevían a vestirse la minifalda que había puesto de moda la revista Vogue para mujeres emprendedoras, ya que era una época donde la mujer era libre, podía vivir económicamente independizada, pudiendo tener un buen trabajo. Una chica, como la que podemos ver trajeada en la izquierda de la fotografía, con el bolso en la mano y caminando airosa por la Gran Vía del Marqués del Turia, donde muy pronto los raíles de los antiguos tranvías desaparecerían… El feminismo y la modernidad ya estaban en Valencia, ya lo decía la canción de moda de aquel entonces:


“Búscate una chica, una chica ye,ye
que tenga mucho ritmo, y cante en ingles
con el pelo atolondrado y las medias de color ”
 
Texto – Isabel Balensiya

lunes, 10 de febrero de 2014

LOS LIMPIABOTAS

el limpiabotas

Años 60 - Dicen que cualquier tiempo pasado era mejor; no lo sé, pero lo cierto es que tenía “más brillo”: al menos por la razonable y buena oferta que existía de “los limpias” quienes lo procuraban a los zapatos, en la actualidad un oficio desaparecido. 

Era muy frecuente en los años sesenta verlos durante todo el día en la zona céntrica de Valencia, incluso por los barrios. Algunos tenían sitio fijo en las cafeterías de mayor solera, como era el caso del Trocadero, Balanzá, Aquarium, Lauria, el Ateneo, a los que se puede añadir una larga lista, al igual que en la cafeterías de los hoteles, donde la clientela los conocía por su nombre. 

También existieron los salones, que era una especie de peluquería del calzado donde incluso cambiaban los tacones en un santiamén, como los de la calle Ribera y Hermanas Chabás, que no eran los únicos. Unos salones en los que en un lateral, bien con bancada o con sillones, el cliente se sentaba cómodo ante el servicial limpiabotas, quien tras un cepillado para quitar el probable polvo de los zapatos, les pasaba un líquido con una brocha para continuar con el betún que, con su personalizado trapo utilizado con la maestría de sus dedos, los untaban con destreza para finalizar, cepillo en mano y con mucha floritura, una vez había dejado los zapatos con un brillo sin igual; todo al tiempo que, limpia y cliente, cuando éste las requería, aprovechaban la ocasión para sus coloquiales tertulias.

Aquellos profesionales del lustre eran tan atentos que tenían su clientela fija. Y también era habitual verlos en la calle, como en esta foto de los años sesenta en la calle de Játiva aprovechando el chaflán de Bailén, lugar siempre de gran concurrencia.

viernes, 30 de agosto de 2013

LA “ESCURAETA”

la escuraeta ca 1910

Ca. 1910 - “La escuraeta” es un mercado tradicional que se celebra a pies de la Catedral de Valencia desde el segundo domingo de mayo, el día de la Patrona de la Virgen de los Desamparados, hasta la festividad del Corpus. Básicamente los productos que otrora se ofrecían eran los de cerámica útiles para la cocina doméstica, tales como vajillas y recipientes de barro cocido. Al mismo tiempo una de la pieza más singular y solicitada es la “Campanita de la Virgen” hecha de barro cocido con su yugo adherido de madera roja. Se atestigua que su origen se remonta al siglo XIV y se fundamentaba por la presencia de aprendices interesados en ser admitidos en el Gremio alfarero. En la actualidad su especial gracejo ha desaparecido al ofrecerse al público un gran surtido de souvenirs que nada tienen que ver con la cerámica. La foto de principios del siglo XX es el reflejo de lo que fue tan tradicional mercado de cerámica doméstica ante la Catedral.

sábado, 10 de agosto de 2013

PARTIDA DE BOLOS

partida de bolos - 1935
Colección Díaz Prósper 

1935 - El juego de bolos es una afición muy afincada en toda España con sus diversas modalidades, gozando de mayor predicamento en la cornisa cantábrica. 

También en Valencia hubo una gran afición a este juego con sus partidas que se celebraban especialmente en las mañanas de los domingos. El lugar era el “carrer”, popularmente conocido como “Joc de birles”. Sobre ellas se colocaba el premio en disputa, que si entre los infantiles años eran el de chapas y cromos, ya entre los adultos se cruzaban apuestas monetarias. 

En tan fantástica foto vemos una de estas partidas en las que no falta la autoridad, no sabemos si con ánimo de distracción u otro cometido, al tiempo que todos los asistentes fijan su atención a la cámara que nos deja testimonio de una afición que en la actualidad se limita a las boleras en establecimientos públicos.

martes, 23 de julio de 2013

FESTIVIDAD DE SEMANA SANTA - “LAS MANOLAS”

1942 manolas

1942- Correspondía a una tradición española muy arraigada entre las creyentes en los días de la Semana Santa. Consistía en la reunión de grupos femeninos para acompañar a los “Pasos”, así como para cumplir el rito de visitar cinco Iglesias que podrían ser la Catedral, la Basílica y otras parroquias vecinales. Por lo general estrenaban traje, negro naturalmente, mantilla, guantes y en ocasiones se adornaban con camafeos con sus recuerdos familiares. Esta costumbre era por la mañana y una vez efectuada se lucían paseándose por la ciudad, principalmente en un recorrido por la calle de la Paz, desde la Glorieta hasta San Vicente y la acera de Correos. Vemos en la foto a cinco satisfechas mujeres portando, además de los elementos citados, el apropiado rosario.

jueves, 11 de julio de 2013

VALENCIANA EN LA HABANA

Valenciana en La Habana. Ca. 1939
Fuente – Rafael Solaz
1939 - El que estuviera lejos de su tierra le indujo con más fuerza a posar ante el fotógrafo con el rico traje de valenciana y de lentejuelas. En la foto se refleja su alegría. El recurso al cestillo de flores le acerca aún más a su tierra, mientras que provoca un pliegue en la falda para darle un toque de gracia, ante un fondo vegetal.

viernes, 5 de julio de 2013

DIRECCION DE TARTANA

Fuente - Rafael Solaz

Una de las pocas placas que subsistieron en el tiempo como recuerdo  de una época en la que carros y tartanas transitaban por la ciudad, siendo de utilidad para ordenar su tráfago urbano. La foto de 1961 estaba en la calle Juan de Juanes que comunica a la de Roteros con la Plaza de Santa Cruz.

domingo, 30 de junio de 2013

miércoles, 12 de junio de 2013

lunes, 3 de junio de 2013

domingo, 7 de abril de 2013

1859 - El maderero - Dibujo
Quien porteba troncos por el Turia desde la serranía a la ciudad de Valencia