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sábado, 22 de julio de 2023

UNA VISTA AÉREA

DEL INSTITUTO CARTOGRÁFICO DE CATALUÑA

La vista aérea avanzados los años cincuenta nos muestra la carretera de Barcelona con su km 0 en la Torreta y que en su continuación buscaba el Monasterio de San Miguel y de los Reyes que este sí se adivina al fondo.

La foto aérea nos informa de cómo era la Valencia de aquella década, una zona, “a la otra parte del río”, entre Marchalenes y la calle Sagunto, en la que la huerta iba desapareciendo a paso rápido por la bonanza de aquellos años, que en las siguientes décadas alcanzaría un mayor esplendor con nuevas zonas urbanizadas.

Pero lo que más nos llama la atención, por su importancia histórica, es el convento popularmente conocido como de la Zaidia, que albergaba a las religiosas cistercienses, cuya antigüedad se remonta a la época jaimina, con la figura de Teresa Gil de Vidaure, tercera esposa del rey Jaime I, quien se lo donó a la dama como lugar para su residencia, siendo la principal impulsora del que después sería Real Monasterio de la Zaidía situado en los terrenos de un palacio de época musulmana como residencia del rey Lobo.

Tuvo su importancia en la guerra de sucesión para ser derribado en la de la Independencia, junto al Palacio del Real, con su reconstrucción de nueva planta en el XIX para su derribo definitivo en los años sesenta del pasado siglo por la especulación mobiliaria de entonces, ubicado con posterioridad en el término de Benaguacil donde perdura.

Destaca en el centro el grupo de viviendas construido en los años cuarenta proyectado por Francisco Javier Goerlich, las huertas y la arboleda de Tránsitos en su tramo hacia el barrio de Torrefiel.

martes, 12 de septiembre de 2017

CONVENTO DE LA ZAIDIA


Nota.- Situado en uno de los entonces conocidos como arrabales de la ciudad, no aparece en el plano; sin embargo, se referencia en la cartela del mismo.


Texto: Resumen Historial de la Ciudad de Valencia por Pasqual Esclapés de Guilló.

lunes, 20 de abril de 2015

EL CADAFAL DE MARCHALENES

plaza de toros del llano de la Zaidia
Archivo Juan B. Viñals

La plaza de toros que se instalaba en el siglo XVIII en el típico arrabal de Marchalenes es un hecho posiblemente ignorado por muchos de los actuales vecinos de esta antaño típica barriada. Es digno de resaltar que desde siempre los valencianos han sentido una gran afición por la fiesta de los toros.

La plaza de toros del Pla de la Zaïdia o de Marchalenes según el historiador Orellana, por los años mil setecientos y pico fue el núcleo principal de las corridas de toros que se celebraban en la ciudad de Valencia.

Salvador Carreres, de manera jocosa también nos dejó escrito, que entre los días 22 hasta el 30 de de septiembre de 1755 se celebraron en este Cadafal (Plaza de Toros de Madera) diferentes festejos taurinos.

Donde de verdad más beneficios reportaba a los organizadores de los festejos taurinos era sin lugar a dudas era en el Mercado Central, pero las autoridades Municipales celosos de sus funciones en ocasiones eran reacios en conceder los permisos por las incomodidades que producían tanto a los vendedores, transeúntes y compradores del mercado. Por lo tanto los organizadores se vieron obligados ha instalar “els cadafals” en diferentes lugares de nuestra ciudad y es por eso que en algunas ocasiones las corrida de toros y festejos se trasladaron al barrio de Marchalenes y más concretamente en el conocido Pla de la Zaïdia, cuyo palco principal o de autoridades se encontraba frente la desaparecida Creu del camí de Marchalenes, que luego fue trasladada al camino de Paterna hasta el día de hoy.

1901 Cadafal de marchalenes_ coso calle jativ 1901_Album Barbera Masip_047 (1) 
1901 – Coso de la calle Játiva – V. Barberá Masip
Archivo de Rafael Solaz

En definitiva muchas son las dificultades y trasiegos tuvieron que soportar la Junta del Hospital General de Valencia, hasta que se consiguió ver realizada por fin, la flamante y actual plaza de la calle de Játiva.

”El origen de la fiesta de los toros en Valencia se pierde en la oscura noche de los tiempos. Las más autorizadas opiniones sostienen que los romanos importaron a España la afición al circo, la cual decayó casi por completo durante la dominación de los godos y visigodos, hasta que, ocupado posteriormente por los árabes el territorio español, volvió a renacer, si bien sustituyendo a la lucha de gladiadores y de fieras por la lidia de toros, en la que ostentaban su pujanza y brío los más esforzados adalides de las distintas tribus sarracenas. La nobleza española, que bajo todos los conceptos sostenía una rivalidad sin limites con la musulmana, tomó una parte muy activa en tales diversiones, no solo impulsando por el espíritu y la galantería dominante en aquella época, sino también que nadie cedía en serenidad, esfuerzo y valor. Muchos fueron por este motivo los caballeros cristianos que se distinguieron en la lidia de los toros y adquirieron gran celebridad y renombre, por su singular destreza y bizarría. Valencia que nunca ha podido contar con pastos para la cría de reses de tales condiciones, es acaso de los pueblos más antiguos en donde se ha ejercido la tauromaquia como ley caballeresca, o como fiesta popular. Mucho interés despertó la afición a la fiesta de los toros, así como apetencia de ganancias en la organización de los primitivos corros, pues el 27 de de enero de 1612, ya se solicitó a Felipe III, un privilegio del derecho de renta de los corros de los toros de la municipalidad de Valencia, celosa por sus intereses y también por la comodidad del publico, hizo siempre cuanto pudo para alejar del mercado esta diversión. El Hospital fue atendido por SM y, en Real Cédula de trece de julio de 1742, se revocó la del quince de julio de 1741, que mandaba hacer corridas en la Plaza de Santo Domingo. Esto no bastó para que el ayuntamiento cejara en sus instancias, en términos que en los intervalos e indecisiones tuvo el Hospital que buscar sitio en el Pla de la Zaïdia de Marchalenes”

Recordar que en otros lugares de la ciudad también se celebraron corridas de toros, pero por lo que a nosotros nos ataña, nos referirnos al importante cadafal del Pla de la Çaidia.

“La plaza del Llano de la Zaidia, siempre fue cuadrada; pero su situación varió según los cálculos y gusto de los maestros carpinteros, que tomaban por su cuenta la construcción de los tinglados (cadafals). Unas veces se hizo teniendo a su lado N. paralelo a la acequia de Algirós que pasa lamiendo el Monasterio de la Zaidia, apoyando el vértice N.O., sobre el puente antiguo frente la cruz que todavía existe. Otras se ladeaba toda ella de modo que este lado paralelo comenzando desde el mismo punto frente la cruz, tomaba la dirección oblicua al molino Villacampa, y en este caso cortaba la acequia, sobre la cual se construía la plaza. Generalmente, cada uno de los cuatro lados de esta plaza tenia doscientos veinte palmos valencianos; había tres puertas, una daba frente a Santa Mónica, a cuyo lado N. estaba el toril, otra frente al pretil del río y otra en el camino de Marchalenes, encima de la cual estaban los palcos de las autoridades”.

En el siglo dieciochesco, una tarde de toros o de cualquier otro festejo taurino de los que se celebraban en el cadafal de Marchalenes, suponía un espectáculo multicolor y toda una diversión para la época. El trasiego de los entablados y de la piezas para construir el Cadafal; el ir y venir dels mestres fusters (carpinteros) para dejarlo todo a punto y en su punto.

Antes de la hora programada la plaza quedaba engalanada en cada uno de sus rincones y cada empleado hacia lo propio para el posible y normal desarrollo del festejo (areneros, alguacilillos, torileros, porteros, etc.…).Primero el espectáculo de la arriesgada desencajonada de las reses bravas. Las colas para adquirir las entradas. El emerger de las gentes tanto de la ciudad como de la huerta formaban remolinos humanos entusiasmados por ver la llegada de los toreros, sus cuadrillas y los mozos de espadas; carruajes y calesas, portando a las guapas cupletistas de los más importantes teatros de la ciudad, quienes aparecían luciendo bonitos mantones de Manila, mantones, que después eran extendidos en sus barreras.

Mientras tanto la laureada Agrupación de la Música de La Vega, no cesaba de interpretar airosos pasodobles. Todo en sí, era festivo, por lo que los más curiosos no cesaban de ir de un sitio para otro, para no perderse nada de lo que por allí ocurría. La mayoría de la marejada de espectadores se trataba de huertanos venidos de los poblados limítrofes quienes aparecían ataviados con la clásica brusa negra del -diumenge i díes de festa- los labradores y los Gremios que aportaban más aficionados y que presumían conocer los secretos de la fiesta, eran tratants i corredors d`orella, carnissers y blanquers (curtidores). La mayoría de esos espectadores iban provistos de ostentosos puros habanos.

La fiesta la componían además de los empleados del Cadafal, la misma avalancha de espectadores provenientes de la ciudad y de los pueblos, además se congregaba toda una grey de vendedores y aiguders, portando el preciado líquido con botijos de arcilla, no faltaban tampoco los horchateros. Alrededor de la plaza como si de un mercadillo medieval se tratara se colocaban tenderetes con todo un sinfín de las más variadas chucherías, toda esa diversidad de vendedores con potente vocerío pregonaban las bondades de la mercancía, lo que impregnaba al ambiente, un bullicioso sabor festivo alrededor de la plaza de toros del Pla de la Zaïdia en aquel populoso y típico barrio de Marchalenes.

Texto de Juan B. Viñals

Bibliografía.
.Juan Miquel de San Vicente.”Memoria sobre la Plaza de Toros de Valencia”.-1861.
.Juan B. Viñals Cebriá.-“Marchalenes huerta y marjales (…)”2000.

viernes, 6 de marzo de 2015

MARCHALENES, ZAIDIA Y UN RETABLO

José Cózar en 1962 cogió el caballete y desde su calle Mondúber se fue a Marchalenes. Buscaba el Monasterio de la Zaidía, sin desdeñar alquerías, huertos, casas y aleros; y cómo no, el retablo de la Virgen del Rosario. Con su certero trazo llevó al lienzo tan entrañables paisajes urbanos.

Marchalenes, Marjalena como le gusta mencionar el historiador Juan Bautista Viñals quien se recrea en el trabajo de Pepe Cózar, a su vista nos informa de lo que ven sus ojos porque los recuerdos, pese al tiempo, permanecen inalterables.
 
1962 marchalenes
Derecha: Escalones subida Calle de la Bomba. Almacenes. Ebanistería de Ortiz. Carnicería de García. Al fondo, cúpula del Real Monasterio de la Zaidía. Entre ésta y la Calle de la Bomba nuevos edificios.

Izquierda: En primer término, caseta con aliviadero de la caudalosa acequia de Rascanya. A continuación, la casa de las modistas Grancha y, seguidamente, la “algepseria” que daba entrada a la calle Montañana.

1962 marchalenes2 Ángulo del principio de la calle  Marchalenes  fragmentada en el año 1919. El primer tramo  se rotuló  calle Doctor Olóriz.

A la derecha retablo de la Virgen del Rosario, 1800-1991, artístico altarcillo que según todos los soportes documentales que se disponen corresponde su obra con anterioridad al año 1800, y estuvo dedicado a Sant Vicent Ferrer i a la Verge del Rosari, todo como consecuencia de la devoción que se les profesaba a la Virgen y al Santo Dominico Valenciano en este peculiar arrabal  de extramuros mitad lacustre y mitad huertano.

El retablo  estaba construido de bonitos azulejos, y quedaba protegido por tejas de alfarería de color rojo. En nuestro particular recuerdo lo inmortalizamos cimentado entre un balcón con sencilla balaustrada de hierro provista de torna puntas, y ventanas con unas interesantes verjas; su forma era rectangular, sus medidas aproximadas, tres metros a lo alto, además de la cornisa construida de madera, y friso de azulejos, y en sus proximidades existía una fuente loada entre otros por el celebrado poeta valenciano Martí Gadea.

El caserón por su composición y su trazado en su tiempo fundacional debió de corresponder a familia de alto linaje, en sus últimos y lastimosos momentos estuvo rotulado con el número 4 de la calle Marchalenes y en sus últimos instantes la vivienda con el mencionado retablo la ocupaba la familia Bonora, la del medio  como almacén  Vicente García. Y la esquina con la calle Montañana se encontraba la vieja peluquería y enfrente la “algepseria”.  

Por la izquierda comienza la casa de la familia Salom, la carnicería del señor García, la carpintería de Ortiz y seguidamente los escaloncitos de  la entrada de la calle de la Bomba, y al fondo la arboleda de la alquería de Barriga, anteriormente conocida como alquería de Guinart.

1962 marchalenes3
Real Monasterio de la Zaidía y sus huertos en las décadas de los cincuenta y sesenta.

De quien el historiador Juan B. Perales dejó escrito: “No menos renombrado, ni menos suntuoso, ni menos histórico que los grandes monasterios de aristocráticas religiosas, existentes o que han existido en varios puntos de España como Las Huelgas de Burgos, las Dominicas Reales en Medina del Campo, Las Salesas, Las Comendadoras Calatravas y otras de Madrid y de diferentes ciudades de la península es el histórico y celebradísimo monasterio de la Zaidía en Valencia fundado en 1260 por Doña Teresa Gil de Vidaure quien historiadores graves proclaman como tercera mujer de Don Jaime el Conquistador”.

Texto de Juan B. Viñals

domingo, 2 de noviembre de 2014

CONVENTO DE LA ZAIDIA

Convento de la Zaidia principio de los 60
1960 Ca.- Valencia fue una ciudad considerada como conventual, por los muchos que había. Dentro y fuera de sus murallas. Varios de ellos de gran porte, y como era habitual, como lugar de residencia de damas de gran alcurnia, hasta de reinas consortes. También lugar de destino de quienes optaron por su retiro y oración, en sus pequeñas celdas o paseando las pandas de sus claustros.

El Convento de la Zaidia estaba situado en la barriada de Marchalenes, en la en un tiempo no muy lejano llamada carretera de Barcelona, pasada la Torreta en su inicio y antes del cruce con el “trenet”.

Convento fundado por Doña Teresa Gil de Vidaure, tercera esposa de Jaime I el Conquistador, con quien se había desposado en secreto matrimonio, custodiado por las monjas de la Orden del Cister. Fue lugar de retiro de su fundadora, una vez abandonada por el monarca, donde tomó los hábitos y permaneció hasta su muerte en 1285.

El Convento fue destruido, al igual que el Palacio del Real, en la guerra contra el francés, aunque tuvo más suerte pues fue reedificado, permaneciendo hasta los inicios de la década de los años sesenta del pasado siglo, cuando fue definitivamente derribado para la ocupación inmobiliaria, mientras que la monjas fueron trasladadas al poblado de Benaguacil.