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martes, 19 de mayo de 2026

¿NOS RECIBIRÁ LA CONDESA?. UNA VISITA AL CASTILLO DE RIPALDA


Según la fotografía nos encontramos en el año 1909 frente al desaparecido Palacio de la Condesa de Ripalda. En este momento ese palacio propio de cuento de hadas, de cilíndricos torreones y tejados de pizarra apuntados estaba habitado por su hija, María Dolores Agulló y Paulín, VII Condesa de Ripalda, puesto que su madre, viuda de Ripalda, había fallecido seis años antes.

¿Entramos?

Por la Alameda había un desfile de carruajes con los que la alta sociedad lucía sus berlinas y caballos, se dejaban ver y miraban. Ese día no se hacía ninguna de las fiestas que se solían celebrar, fiestas de carrozas, las primeras exposiciones agrícolas y ganaderas en la ciudad, algún festejo taurino o la gran Batalla de Flores de la Feria de Julio.

Seremos atendidos en la planta noble porque allí se desarrollaba la vida social del palacio, en uno de los grandes salones con techos altos decorados con maderas nobles, lámparas de araña, tapices y vitrinas con objetos valiosos. En este año eran célebres las meriendas de gala y en primavera las recepciones ofrecidas por la condesa, donde ofrecía tertulias, audiciones de piano y recitales de poesía.

Tenemos una tarjeta de visita de cartulina, sin ella no sería posible la entrada al palacio, porque así es el protocolo. Doblamos la tarjeta por la esquina superior derecha, es la indicación de que llegamos sin que nos haya convocado. Ya entregada al lacayo de la puerta este se la lleva a la condesa sobre una pequeña bandeja de plata. Ahora toca esperar. Si le viene a bien recibirnos, si decide estar disponible entraremos, si no es así la tarjeta se quedará y nosotros nos daremos la vuelta sin mediar palabra. Pero desde el primer momento que inesperadamente cierta pareja aristocrática nos pidió el favor de acudir en su sustitución y sabiendo la condesa de quien se trataba, con seguridad aceptaría que estuviésemos en su comida.

Íbamos provistos de la vestimenta adecuada para la hora del día ya que era a última hora de la mañana. Yo llevaba un traje de paseo con ajustado corsé bajo una blusa de cuello alto y manga larga con falda hasta el suelo, bien ajustada en la cadera y más abierta conforme iba llegando a los pies. Me cubría la cabeza un sombrero grande y los brazos unos guantes largos de color blanco. Mi esposo una levita con chaleco y pantalones rayados. El sombrero de copa lo llevaba en la mano. Tenía la costumbre de atusarse el bigote que tenía encerado por si acaso se le bajaban las puntas, no quería dejar pasar el símbolo de virilidad y estatus.

Un chorro permanente de personas iban atravesando el vestíbulo y acumulándose porque el protocolo así lo mandaba. Primero los de más edad o más rango social, a la vez que el hombre cedía el paso de la entrada a la mujer. El saludo a la condesa era lo que iba a continuación. Los caballeros inclinando la cabeza con leve reverencia y las damas la flexión de las rodillas. Hay que decir también que los hombres solo besaban la mano de las mujeres casadas y sin llegar a rozar el guante.

El servicio iba acomodando y mientras esperaban que los sirvientes camareros comenzaran a llevar los platos empezaban las conversaciones siempre que no se trataran ciertos temas que bien podían suscitar desorden, incluidas las risotadas consideradas de mal gusto y de las clases bajas. Mejor dialogar sobre ópera, la beneficencia, el arte o los viajes.

Teníamos sobre la mesa un panfleto, una minuta impresa en idioma francés como elemento de distinción. Un ejército de camareros en fila empezaron a invadir el salón con platos calientes, y lo hacían “al estilo ruso” como se llamaba, quiere decirse todos los platos iguales hasta el último comensal, no como unos años atrás que se hacía “al estilo francés” o la manera de ir sacando todos los platos del menú al mismo tiempo. Eso sí, de influencia francesa que es la que se seguía en eso momentos.

Entre el Potage (consomé), El poisson (pescado), Entrée (entrada de carne), Rôt (plato principal), Sorbet (sorbete de limón, licor o champagne para limpiar el paladar y prepararlo para lo que viene después), Entremets et Desserts (los postres) ¿Nos cabría algo más en nuestros benditos estómagos? Todo esto lo habíamos maridado con un vino específico para cada plato, y los moscateles para los postres y café.

Pero no todo era al refinado gusto francés. Las comidas familiares de palacio tanto dentro como fuera en los jardines se permitían platos locales valencianos, como eran los arroces melosos o los mariscos frescos directos del Grao.

Ahora a casa a descansar del protocolo. El corsé lo primero, aflojar y retirar. Mi esposo sigue atusando su bigote.

Texto de Amparo Zalve Polo

lunes, 20 de mayo de 2024

ENTRE PALACIO Y PALACETE

 


Hay que tratar esta fotografía como una ensoñación, desconectando de la realidad, dejándose llevar por la imagen y el pensamiento que recrea una emoción por lo que fue, en algunos casos aplaudido, en otros abucheado, pero siempre fiel a la historia de un lugar en Valencia.

Sobre la huerta valenciana, Juan Bautista Romero (Marqués de San Juan), comprando los terrenos cercanos al Turia en 1859 hizo unos preciosos jardines románticos y los dotó de un palacete de reposo. Vallado tomó el familiar nombre  de L' Hort d'en Romero.

El Palacio de Ripalda llegó años más tarde, para el recreo de la condesa, aunque solo lo disfrutó cuatro años. 

Un tándem perfecto junto a la Alameda y los Jardines del Real de finales del siglo XIX.

Una romántica fotografía muestra la tranquila imagen del hombre apoyado sobre una estaca de madera leyendo la hoja de un diario de la época. Pudiera ser La Voz Pública, diario político de la tarde, o quizás el humor de El Diablo o El Zancudo. Una fotografía ocupada en su mayor parte por el Palacio de Ripalda, dejando insinuar tras él el palacete de Monforte y sus jardines. Un camino de tierra de lo que en estos momentos es la calle General Elío, y anteriormente calle Fernando el Católico.

El ficus de Ripalda nos podría hablar de ello.

Texto de Amparo Zalve

jueves, 28 de mayo de 2020

EL FICUS DE RIPALDA

Palacio de Ripalda - Ca 1900

Es el único superviviente del Palacio de Ripalda y su jardín, desde que en 1966 autorizaron a Amalio de Marichalar su derribo y la destrucción de su entorno ajardinado para levantar en el solar resultante el enorme edificio de La Pagoda, con 18 plantas y sin tener en cuenta el fuerte impacto barrera sobre el colindante Jardín de Monforte. 

Un árbol que se salvó gracias al amor que Vicente Peris Sánchez, Jardinero Mayor de València, tenía al mundo vegetal, ya que cuando los constructores le preguntaron cuál sería la forma más expeditiva para eliminar el ficus, les contestó, a sabiendas que no moriría, que podándolo muy severamente no resistiría y se secaría. 


Ficus de Ripalda.- 2019.- Esteban Gonzalo

Pero como él previó, y suele suceder con estas “higueras australianas”, muy bien aclimatadas aquí, no solo revivió para vergüenza de quienes querían su desaparición, sino que se ha convertido en el ficus con mayor diámetro de tronco de la ciudad: 22,3 metros de perímetro a 1,30 m. de altura y 18,9 m. en la base.

Su copa abarca 31,5 m. de longitud en sentido norte-sur y 29,6 m. este-oeste, sus raíces similares desarrollos, se eleva hasta 27,9 metros y tiene ciento treinta años. Es uno de los 324 árboles monumentales del cap i casal y además en el selecto grupo con protección genérica. 


Como está situado junto al hermoso Jardín de Monforte, pueden aprovechar la ocasión para conocer las 27 especies arbóreas que atesora, además de estatuas y fuentes, con la ayuda del plano-guía que entregan en recepción. 


                   Jardín de Monforte.- Olivo.- 2019.- Esteban Gonzalo

El más longevo es un olivo al que le han calculado trescientos diez años, y los más raros dos ginkgos bilova, macho y hembra, originarios de China y una reliquia botánica tan antigua que la especie sobrevivió a la época de los dinosaurios. También ejemplares de magnolio, laurel, tejo, pata de vaca, cipreses comunes y llorones, costilla de Adán,…..

La ciudad perdió la ocasión de unir ambos jardines y el palacete al poder más la especulación constructiva permitida al último propietario del Palacio de Ripalda.

Por ello, después del fracaso de preservación del patrimonio aludido hay que aplaudir la decisión municipal de adquirir en 1971 el Jardín de Monforte.
 
Texto de Esteban Gonzalo Rogel

jueves, 20 de marzo de 2014

CUENTO DE HADAS

cuento de hadas_1967

Fuente - New York : Binternational Telephone and Telegraph Corporation, cop. 1927.
(Con mi agradecimiento a Paco Mañez por su información)

1967 - Mientras Risalda humedecía sus labios en la lámina de agua, unas gotas cayeron sobre sus alas.

De inmediato voló y se posó sobre la taza de la fuente de las Cuatro Estaciones, agitó sus alas y segundos después emprendió su vuelo hacia el castillo. 

Sobrevoló la cerca y cogió nueva fuerza, reposando en el tronco de la palmera que el sol de la tarde sombreaba sobre la espigada torre del palacio.

Decidida, reanudó su vuelo para penetrar por el gran portalón, ya desnudo de puertas, por el que unos hombres salían cargados con muebles y enseres que habían vestido su interior, donde la rica colección de cerámica de sus paredes había desaparecido. 


Voló por la amplia escalera -¡vaya si la conocía!- hacia el primer piso, algo molesta por el polvo que le llovía.  Se adhirió al eslabón de una cadena que otrora había sujetado una suntuosa lámpara de bronce, se aligeró de las motas y reprendió el vuelo hacia lo alto de la torre. 

Los camiones dispuestos ya se habían apoderado del jardín. Todo era desolador. 

Risalda no iba a poder olvidarse de tanta belleza y por eso quería que disfrutaran sus ojos mientras el Palacio de Ripalda se mantuviera en pie.