jueves, 23 de julio de 2026

UN TROCITO DE PLAZA PARA EL ÚLTIMO SUSPIRO DE UNA HISTORIA


Como digo muchas veces, hay ciertas fotografías antiguas a las que no damos importancia porque además nos parece haberlas visto repetidamente con referencia al lugar y la época, y las pasamos de largo como si se trataran de una más.

Todas, todas hay que observarlas con precisión y entusiasmo porque no hay ninguna que no hable, que no cuente. Y esta es una de ellas.

Bien pues, admiremos esta fotografía que es del año 1926. Congela en el tiempo el último suspiro de una tradición milenaria reflejando el comercio más humilde, ruidoso y popular de la ciudad de Valencia.

Fotografía de tarde, los puestos del mercado en la puerta de la Lonja estaban recogidos, tan solo quedaban de “les paraetes” los armazones de madera, caña y las lonas enrolladas en ellos, ya no tenían que tapar el género. Estaban en un buen sitio de la Plaza del Mercado por varias razones, una porque aprovechaban la sombra que les propiciaba los muros de la Lonja y por otra parte se beneficiaban del flujo constante de personas que subían y bajaban los escalones para pasar por la calle Escalones de la Lonja hasta la Plaza del Doctor Collado.

Por la tarde, en ese mismo lugar unos cuantos años atrás, bastantes, cuando todavía estaban los soportales, los hombres acudían a un mercadillo popular, “el baratillo”, donde se compraba y vendía, se cambiaban capas y prendas de vestir de uso diario.

Ya no estaban las tardes para ello en ese lugar pero siempre quedó la tradición del cambalache donde en la década de los años 20 se intercambiaban en ese mismo punto estilográficas, mecheros, relojes de bolsillo y cualquier pequeño objeto que pudiera salir de un bolsillo.

Dando la espalda a la foto, justo en ese año, se estaba levantando la estructura del Mercado Central con la monumental armadura de hierro, las cúpulas y los pilares de ladrillo. Después de tantos años poco les quedaba a esos armazones de madera y lonas enrolladas con la reurbanización de la plaza, que poco a poco irían siendo demolidas o trasladadas a otro lugar para despejar el entorno de la Lonja.

Pues nos fijamos ahora en uno de los detalles que se nos podría haber pasado desapercibido. Me refiero a la caseta de madera en los escalones y pegada al muro de la Lonja. Era un despacho e inspección del mercado, que también se le llamaba caseta de arbitrios o del mustasaf. Ahí se custodiaban los patrones oficiales de pesos y medidas, comprobando que los vendedores no engañaban a los compradores. También servía como oficina de recaudación de arbitrios municipales para los vendedores que ponían sus puestos todas las mañanas. Además de todo esto actuaba de puesto de vigilancia para las autoridades que organizaban el orden en la plaza.

¿Tenía yo razón o no? Una simple fotografía que podíamos pasar por alto y que muestra un trocito con mucha historia. Y les paraetes y la caseta dejaron un día de ensuciar la fachada gótica de la Lonja.

Texto de Amparo Zalve Polo

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