Pajarería en el Clot. Años 30. Fuente: Fotos antiguas de España y de la Comunidad Valenciana
Era domingo por la mañana cuando el sol empieza a despuntar sobre el campanario de la vecina iglesia de Santa Catalina.
El aire de “el Clot” todavía fresco pero ya cargado de agitación. El silencio está interrumpido por el traqueteo de los carros sobre los adoquines. Carros con grandes jaulas de mimbre cubiertas con telas de saco para impedir que las aves no se asusten durante el viaje.
Vendedores ambulantes de Campanar, Benimaclet o Alboraya se disputan el suelo del anillo central de la plaza.
Colocan largas tablas de madera que se apoyan sobre caballetes y otros mantas y paja sobre el suelo adoquinado para suelta de conejos y pollos.
La acústica cada vez se hace más atronadora, porque todos cantan a la vez, los canarios, los jilgueros y los pardillos, estimulados por la luz solar que ya entra en vertical por el hueco del cielo de la plaza. Un concierto donde no falta el trino de los pájaros, el rítmico cacareo de las gallinas de corral y el griterío de los vendedores.
Un hombre de blusa y gorra anuncia a gritos: ¡Pájaros finos de la Albufera! ¡Miren que jilgueros que cantan que da gloria!
Todo tipo de hombres, porque de mujeres habían pocas, llenan de público la “Redonda”, labradores con fajín, burgueses con sombrero de copa baja y niños entrometiéndose entre las piernas de los adultos, respirando el olor a alpiste, alfalfa húmeda y estiércol.
Un aficionado al silvestrismo, que capturaba y criaba aves de canto, se detiene ante el puesto de un cazador fijándose en un jilguero macho encerrado en una pequeña jaula. Tiene la pinta de estar muy agitado.
._ ¿Qué pides por el del pelaje bien encendido?
._ Es un fuera de serie. Lo cacé esta semana en los huertos de Ruzafa. Tiene un canto limpio, sin faltas. Dame cinco pesetas.
._ ¿Cinco pesetas por un pájaro que aún extraña la jaula? Te doy tres y me arriesgo a que en dos días se me muera de pena en la jaula.
._ ¿Cinco pesetas por un pájaro que aún extraña la jaula? Te doy tres y me arriesgo a que en dos días se me muera de pena en la jaula.
._ ¿Tres? Por ese dinero te llevas una hembra para caldo. Cuatro cincuenta y te regalo un puñado de cañamones
El comprador acerca la cara a la jaula y el pájaro responde con un trino corto pero enérgico al silbido suave del hombre. Por costumbre el vendedor lanza un escupitajo al suelo como formalización del trato, y tiende la mano abierta del “pa ti, ni pa mi”. Ni facturas, ni papeles, monedas que el comprador saca del bolsillo del chaleco y se las entrega.
El jilguero va en una pequeña caja de cartón con agujeros para que respire hasta los soportales, apenas cinco metros para entrar en la fábrica de jaulas de Ramón Monleón. El aroma cambia rápidamente a madera cortada, barniz y alambre dulce.
._ Don Ramón, necesito algo noble para un jilguero que va a ser campeón.
._ Tengo esta jaula de cúpula hecha toda a mano, los alambres perfectamente trenzados y el comedero de porcelana.
Tras pagar la jaula cuza a la pajarería de Francisco Valero para comprar mixtura de semillas de primera calidad y un hueso de jibia para que el pájaro afile el pico.
A la una del mediodía y después de una larga mañana, el mercado empieza a disolverse. Las familias que han comprado pollos o gallinas para engordar en las terrazas de su casa se marchan con los animales metidos en cestas de mimbre por las que asoman las cabezas de las aves.
Todos recogen sus bártulos, limpian su trozo de suelo y marchan a las tabernas cercanas a gastarse parte de las ganancias en un vaso de vino y una tapa de salmuera.
Poco a poco se recobra el silencio en “el Clot”, los barrenderos municipales listos para manguear el adoquinado dejando la plaza en condiciones para el comercio de encajes del lunes por la mañana.
Texto de Amparo Zalve Polo



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