El aire de Valencia huele a pólvora y buñuelos de calabaza en un día de marzo de 1920 con el sol de la primavera que alumbra una estampa que jamás volverá a repetirse.
Si miramos la fotografía de aquel día, el tiempo parece detenerse en la encrucijada de la calle Ribera. Allí desafiando a la gravedad sobre los antiguos adoquines, se alza una bonita falla de madera y cartón piedra. Sus ninots observan el trasiego de una Valencia que todavía viste de sastre y sombrero.
Esta falla tiene una particularidad: si alguien buscara su nombre o la explicación de sus escenas en los archivos oficiales, no lo encontraría. No pertenece a ninguna comisión registrada formalmente, nace del corazón y del bolsillo del barrio. Son los propios vecinos y los comerciantes de la calle quienes la financian por suscripción popular, juntando peseta a peseta para levantar su propio monumento.
A la derecha de la imagen, con sus grandes ventanales de madera noble y el rótulo orgulloso que reza su año de bautismo, 1881, se encuentra la emblemática Casa Balanzá, la antigua. De su interior emana el murmullo de las tertulias políticas y el tintineo de las tazas de porcelana; es el refugio de la intelectualidad valenciana, un templo del café que mira de reojo la vieja Plaza de Castelar.
Junto a Casa Balanzá se distingue la fachada de Casa Baldomero original, fundada en 1915. El aroma que sale de su puerta es muy distinto, pero igual de embriagador: una mezcla densa de café recién tostado en su propio local, junto a especias de ultramarinos. Los dos comercios conviven pared con pared arropando la fiesta en un abrazo de barrio castizo. Había dejado de teñirse el cielo con el humo blanco de la locomotora de vapor en la vieja estación de José Campo, desaparecida tres años atrás, donde al salir del ajetreo del vestíbulo los viajeros se topaban con dichos establecimientos.
Nadie en esa fotografía sospecha que el destino de ese paisaje ya está escrito. Solo ocho años después, en 1928, el rugido de las piquetas iniciará el derribo de toda la manzana para dar paso a la modernidad y a la gran reforma de la plaza. Los viejos muros que albergaban los primeros sueños de Antonio Balanzá y Baldomero Estellés caerán bajo el polvo de la transformación urbana.
La historia, sin embargo, obligaría a ambos a despedirse dos veces. La antigua Casa Balanzá, tras renacer en los bajos del monumental edificio nuevo, resistiría como el gran salón de la sociedad valenciana hasta su desaparición definitiva en 1982, cuando la marquesina de Casa Balanzá apagó sus luces para siempre. Por su parte, la esencia de Casa Baldomero aguantaría el paso del tiempo un siglo entero, como Casa Baldo, en su nueva ubicación de la calle Ribera, hasta que bajó la persiana de forma definitiva en 2021debido a los envites de la pandemia, cerrando así el último capítulo de la estirpe familiar original.
Hoy, al observar esta foto de 1920, la falla clandestina y vecinal plantada entre las dos Casas antiguas no es solo un monumento a la fiesta, sino un testimonio de una Valencia romántica, unida por el vecindario y hoy desaparecido, que se resiste a ser olvidada.
Texto de Amparo Zalve Polo

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