martes, 7 de julio de 2026

MONTAR Y DESMONTAR SOBRE EL AGUA


Mientras la prensa del momento lo anunciaba como "alegría, mujeres y juventud", el 28 de aquel verano de julio de 1922 se había terminado de montar en el Balneario de Las Arenas una estructura monumental donde sobre todo la sociedad valenciana de más alto poder adquisitivo iban a poder disfrutar de un buen restaurante, buenas vistas , baños de mar más adentro de la multitud que acudía a la orilla y sobre todo de largas veladas de baile y buen beber. Todo sobre el mar Mediterráneo.

Más que nada y esta vez nos adentraremos en lo que significaba el montaje y desmontaje de aquella plataforma creada a principios del siglo XX como ampliación para un balneario que ya tenía lo suyo aunque le faltaba la guinda para coronar el pastel.

A mediados de mayo comenzaba la preparación y ensamblaje de las piezas con el fin de que se inaugurara para el 28 de junio día de San Pedro, sobre las columnas fijas de piedra y hierro que permanecían en el agua todo el año. Aunque milagrosamente podían resistir los envites del mar durante el invierno, se ensamblaba una estructura de madera ligera a la que se le daba forma de cruz. Las piezas encajaban a la perfección de un verano para otro. Vallas hechas con tablones de madera sellaban los laterales haciendo las veces de barandillas. Una cúpula coronaba el centro, y se repintaba con los colores claros del blanco y el azul. Unas escaleras permitían el acceso al mar desde la plataforma, de tal manera que no había que entrar por el barullo de la orilla donde se bañaba la mayoría de gente, además que el que sabía nadar ya se adentraba desde el principio a zona que más cubría el agua.

Desde la plataforma se apoyaban en la barandilla, para recrearse con el mar, y las barcas que se divisaban a lo lejos, se paseaban por la tarima flotante teniendo la sensación de que flotaban sobre el agua, disfrutaban de la buena comida combinada de inspiración francesa, que es lo que se llevaba, con lo que daba la tierra a través del mar o la huerta. Las clóchinas al vapor y las tellinas no podían faltar como aperitivo, pero el plato estrella era la paella valenciana, con pollo, conejo y verduras de la huerta.

La noche dejaba atrás el ambiente familiar y los baños convirtiéndose al glamour y al romanticismo, porque la magia estaba servida. Imaginarse un ambiente así no era para menos, son los reflejos de las guirnaldas eléctricas y los farolillos los que aparentaban estar en un barco de luz sobre las aguas nocturnas del Mediterráneo que atraían tanto a parejas como a grupos de amigos que disfrutaban de una cena con la brisa marina , el garbí se le llamaba, como viento procedente del suroeste, típico de la costa mediterránea, y el encuentro de las olas rompiendo justo bajo los pies a la luz de unas velas.

Bailaban tango, vals, foxtrot, y charlestón con el sonido de orquestas de moda en directo y música de jazz. Algunas veces se organizaban fiestas de gala, de disfraces y también algún que otro cotillón de verano, siempre regándose con combinados de la época, licores finos y sobre todo champán.

Se cerraba de madrugada quedándose al cuidado de los guardas contratados por el propio balneario que realizaban rondas por las pasarelas de madera y las terrazas con el fin de que nadie quedara escondido y pudiera robar nada del costoso mobiliario, la cubertería de plata o las botellas de licor.

Ahora llega el desmontaje.


Al terminar el verano, y eso se consideraba a mediados de septiembre o a finales, bueno en todo caso antes de la gota fría que traía todos los años octubre, el restaurante retiraba el mobiliario.

Todos los elementos que configuraban la plataforma como vallas, escaleras, corredor, todo se quitaba, y los más costoso era desarmar la estructura de madera en forma de cruz porque había que hacerlo pieza por pieza. Durante el invierno tan solo quedaban los pilares anclados que luego darían sustento de nuevo a todo lo retirado al siguiente verano.

Aguantó la Guerra Civil, los bombardeos en la ciudad desde el aire, que aunque desde el comienzo de la guerra ese verano ya no se instaló, las piezas ancladas resistieron el asedio hasta que ya acabada, poco tiempo después, un buen temporal las deterioró de tal manera que ya no hubieron más ganas de tenerlas en esa orilla y lo que empezó en 1922 terminó en 1936.

Yo me quedo un ratito apoyada en la barandilla tan solo con el sonido del agua y del pianista interpretando una de Chopin, Nocturne in B-flat minor, Op.9, No.1

Texto de Amparo Zalve Polo

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