Temprano el sol iba calentando el claustro del Convento del Carmen y el silencio se rompía por completo en las antiguas galerías monacales.
La escuela superior de Bellas Artes de San Carlos despertaba con el trasiego constante de blusones manchados de óleo, cajas de madera y el fuerte olor a trementina que inundaba los pasillos.
En las aulas interiores, rodeadas de arquerías góticas y renacentistas, la enseñanza oficial mantenía su rigor tradicional. Los estudiantes empezaban el día bajo techos altos, copiando minuciosamente moldes de yeso de estatuas clásicas o dibujando al carboncillo láminas antiguas. Sin embargo, a principios del siglo XX la verdadera revolución de la escuela ocurría cuando las clases salían de los talleres cerrados buscando la luz natural.
Para comenzar las expediciones de pintura al aire libre, los alumnos recogían el equipo de los pasillos del convento, cargados al hombro con pesados caballetes de campaña y sombrillas portátiles para poder resistir las jornadas bajo el sol mediterráneo.
Las cajas de madera transportaban tubos de plomo flexibles con los pigmentos ya preparados, era un avance técnico reciente que permitía abandonar el mortero y la molienda del taller para poder pintar en cualquier parte, y los bolsillos hacían el resto.
El grupo de estudiantes cruzaba los límites de la ciudad dejando atrás los claustros para adentrarse en la huerta valenciana o caminando llegar a los poblados marítimos de El Cabañal y la Malvarrosa.
Al llegar a la playa los caballetes se plantaban directamente sobre la arena húmeda. La luz cambiaba con rapidez, las grandes telas eran inútiles y el ejercicio exigía velocidad, por lo que el soporte era indispensable, eran las “tablicas “ de madera. Esas pequeñas planchas de chopo o de cedro, cortadas a la medida exacta para encajar en las ranuras de las tapas de las cajas de pintura permitiendo a los alumnos trabajar al instante y transportar los apuntes frescos de vuelta al convento sin que se rozaran entre sí.
Sobre estas tablicas los alumnos aplicaban pinceladas rápidas y empastadas y descubrían que las sombras bajo el sol de Valencia no eran negras ni grises, sino compuestas por tonos violetas, azules y dorados, lo que el Mediterráneo ofrecía.
Para los profesores lo que importaba no era el dibujo perfecto ni la línea definida, decían que se debía mirar a través de las manchas de color capturando los reflejos del sol sobre el agua, las barcas de pesca y las faenas de los marineros (esto parece que nos suena)
Los maestros caminaban entre los caballetes corrigiendo las mezclas de las paletas sobre la marcha y enseñando a educar el ojo ante el destello del paisaje.
Caía la tarde y el grupo emprendía el camino de regreso al Convento del Carmen con los rostros encendidos por la brisa salada. Al cruzar de nuevo el umbral del viejo convento, las tablicas aún brillantes por el óleo húmedo se alineaban en el suelo del claustro. Allí mismo comenzaba el riguroso examen. Ahora los criterios para evaluar eran distintos a los que se hacían en el taller cerrado. Lo más importante era la valentía de la pincelada y sobre todo la verdad de la luz, la sinceridad del color, la capacidad del alumno para plasmar la atmósfera exacta de una hora del día, como también la limpieza de las mezclas en la paleta, penalizando severamente los tonos sucios o terrosos.
Esas tablicas que conseguían transmitir la vibración térmica del Mediterráneo con apenas cuatro trazos eran las elegidas para disputar los prestigiosos premios anuales de la institución.
Los mejores no solo obtenían las codiciadas medallas de oro y plata de la escuela, sino que se convertían en el pasaporte definitivo para las Becas de Paisaje y las Pensiones de la Diputación de Valencia.
La Exposición pública era el broche de oro y se hacía cada año en las galerías altas del propio convento. Durante unas semanas las puertas se abrían de par en par para toda la sociedad valenciana. Los muros estaban densamente abarrotados, casi por completo de techo a suelo, ocupado por las tablicas premiadas y los lienzos de los alumnos mas avanzados. Para los estudiantes esta exposición pública representaba su primer contacto real con el mercado del arte, ayudando en ello la prensa local que publicaba encendidas críticas sobre las nuevas promesas del luminismo, y los coleccionistas de la ciudad pasaban con sus bastones señalando qué apuntes de playa o de la huerta querían comprar antes de que los jóvenes talentos partieran hacia Roma o París.
Unas décadas más tarde, tras el estallido de la Guerra Civil en 1936 las colecciones artísticas tuvieron que ser desmontadas para protegerlas de los bombardeos y el conjunto conventual del Carmen sufrió graves daños estructurales. Al término de la contienda las instalaciones resultaban precarias para albergar simultáneamente la escuela, la Academia y el Museo y por ello el Ministerio de Educación decretó el desalojo definitivo, fijando al otro lado del Turia las enseñanzas artísticas en el imponente Colegio Seminario de San Pío V.
Texto de Amparo Zalve Polo


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