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martes, 15 de septiembre de 2026

1890. CAMINO DEL GRAO DE PRINCIPIO A FIN


En una sofocante mañana de julio de 1890 el Camino del Grao era una arteria de contrastes, donde la belleza rural de la huerta empezaba a ser devorada por el rugido de la Revolución Industrial.

El verano se asentaba con fuerza y traía consigo lo que los periódicos llamaban “el principio del polvo”. Junto al río Turia, inicio del trayecto, la estampa era idílica, con una recta kilométrica de cuatro kilómetros escoltada por una doble hilera de árboles frondosos, como lo eran los plátanos de sombra, que su aroma se hace de notar sobre todo en los días más calurosos. Sin embargo el encanto se desvanecía rápido. Las hojas de los árboles ya lucían un tono grisáceo y mortecino debido a la polvareda suspendida en el aire y el firme del camino, que compuesto de tierra y piedra machacada se encontraba completamente triturado por el incesante tráfico pesado de mercancías.

Cada paso de los animales y cada llanta de hierro levantaba una densa nube blanca de polvo calcáreo, y a pesar de que los carros cuba del Ayuntamiento pasaban arrojando agua, el sol abrasador evaporaba en minutos el riego, dejando el aire casi irrespirable. Los viajeros del tranvía de mulas que circulaba en paralelo, sentados en los vagones abiertos, se cubrían con un pañuelo el rostro, resignados a llegar a su destino completamente cubiertos de una fina capa blanca de cabeza a pies.

A mitad de camino, la monotonía del polvo y los campos de cultivo se interrumpía. El traqueteo de los carruajes cambiaba de ritmo al cruzar los pequeños pontones de piedra sobre los brazos de la Acequia de Mestalla; allí, el arbolado desaparecía por completo para no dañar las estructuras con las raíces, abriendo el paisaje hacia los cultivos. Poco después, el entorno rural daba paso al humo negro de las chimeneas de la Fábrica de Aceites Casanova y al olor a serrín de los almacenes de madera de la zona industrial. En este punto las pesadas carretas cargadas de barriles de vino y sacos de arroz colapsaban el camino obligadas a encajar sus ruedas de madera en las nuevas vías metálicas de hierro en forma de U, el gran invento de la época para evitar que los vehículos pesados hundieran y destrozaran la calzada.


El tramo final del trayecto era un autentico embudo humano y tecnológico. Al pasar junto a la imponente y ruidosa Estación del Grao, el tráfico se detenía por completo cuando las locomotoras de carga maniobraban sobre las vías que cruzaban a nivel, interrumpiendo el tránsito con un ensordecedor silbato de vapor. Superado el nudo ferroviario, el camino se estrechaba drásticamente al transformarse en la calle Mayor del Grao. Aquí no había árboles ni espacios para ellos; las fachadas de las tabernas de marineros, los despachos de los consignatarios y las casas de pescadores encajonaban la calzada obligando a los carruajes a avanzar a paso de tortuga entre estibadores y vendedores de pescado.

Finalmente el camino desembocaba en la vibrante Plaza de Espartero. El fondo visual era majestuoso: el edificio gótico de las Reales Atarazanas dominando la escena, reconvertido en un monumental almacén aduanero repleto de cajas de naranjas listas para la exportación. Justo detrás se abría el puerto, mostrando un imponente bosque de mástiles de los últimos veleros de madera mezclados con las chimeneas oscuras de los modernos vapores de hierro.

En las tardes de julio, cuando el viento de levante empezaba a soplar con fuerza, las nubes bajas en el horizonte servían de advertencia.

En pocas semanas, cuando llegara el otoño y las tormentas de la gota fría, ese mismo camino idílico y a la vez polvoriento, sufriría una gran metamorfosis. El polvo se convertiría en un océano arcilloso, dando inicio a el “suplicio del barro”, donde los mismos carros que en verano se deslizaban por las vías metálicas quedarían sepultados hasta el eje, y las mulas de los tranvías caminarían con el agua por las rodillas en una odisea invernal capaz de paralizar la conexión con el mar.

P.D.: La Fábrica de aceites Casanova se mantuvo más de 75 años. La Plaza de Espartero tras la Guerra Civil cambió de nombre a Plaza del Mercado del Grao y actual Plaza del Mercado Nuevo.

Texto de Amparo Zalve Polo