Llegó verano de 1910 y el turismo de costa en Valencia dio sus primeros pasos. Los baños de mar eran todo un ritual social, medicinal y burgués.
De tal manera que en los años 20 al llegar el calor se instalaban en las playas valencianas unas barracas de baño de madera de fácil montaje, ya que se montaban para la temporada y cuando ésta acababa la arena quedaba desierta hasta el año siguiente.
A la playa no se iba buscando bronceado, más bien era la manera terapéutica que recomendaban los médicos tanto para combatir la anemia como para problemas del aparato locomotor o del respiratorio. El contacto directo con el agua fría del mar como el impacto de sus olas obraban el milagro para las dolencias de los bañistas.
Una primera línea de playa se veía ocupada por un desfile de barraquetas pintadas en tonos pastel, por eso de que los colores claros repelen más los rayos del sol, donde los bañistas podían entrar a cambiarse, alquilar el traje para el baño y depositar a resguardo sus objetos mientras disfrutaban del mar.
De las más populares de la playa de la Malvarrosa era la de Vicente Polit, que formaba parte del grupo autorizado para la explotación de catorce barraquetas de baño para caballeros en el litoral valenciano.
¿Y quién era Vicente Polit Cuenca, el que podemos leer su nombre en muchas de las postales de la época?
Vicente Polit Cuenca formó parte del arraigado linaje de los Polit valencianos. Familia que durante el siglo XIX destacó en los gremios de la construcción y que ya a principios del siglo XX expandieron sus negocios hacia otros sectores, como el comercio marítimo, servicios y el turismo costero.
Vestuarios costeros donde los bañistas se cambiaban, teniendo algunos pasarelas de madera que conducían directamente al agua, principalmente en las barraquetas de las mujeres por no exponerse en traje de baño por la arena hasta llegar a la orilla.
Tampoco sobresalía en estructura al resto de las barracas que colindaban con ella. Había una parte delantera y otra trasera. Y digo esto porque desde la entrada se recorría un pasillo longitudinal con boca a la otra parte, la que daba al mar. Por lo tanto, en la fotografía que estaríamos viendo ¿La parte delantera de la barraca de Vicente Polit? ¿o la trasera?. Llevando ya puesto el bañador los apuestos caballeros está fácil de deducir.
Situémonos en la parte de delante. Pasando la terraza se accedía a una sala común de escasas dimensiones en la que había un mostrador de madera, aquí todo era de madera, y tras él el señor Polit para atender y si no alguno de sus empleados.
Ahí se cobraba la entrada, el alquiler de la indumentaria para el baño, alquiler de la sábana de baño y la custodia de los objetos de valor.
Seguía un pasillo que se recorría longitudinalmente alineándose en batería las distintas cabinas de vestuario que se delimitaban entre ellas por finos tabiques de madera sin llegar al techo. Tan solo en el interior de cada cabina había un banco corrido de madera, percheros y clavos en la pared y algún espejo colgado.
Se salía al mar por la parte trasera que conectaba con la pasarela de madera hacia la orilla, disponiendo también en esa zona de pilas o tinas alimentadas con pozos de agua dulce o depósitos para que el cliente pudiera enjuagarse los pies y quitarse el salitre de la piel antes de vestirse.
Si pensamos que el obrero común en esa época cobraba entre 2 y 5 pesetas por jornada completa de trabajo entenderemos el porqué estaba enfocada a la clase media y a la burguesía valenciana.
Por sesión variaba entre los 25 a 50 céntimos. Si tenía que alquilar el traje de baño 25 a 40 céntimos más, lo cual esto era muy frecuente al estar confeccionados en lana o algodón pesado, por lo que tardaban luego mucho en secarse, y no quiero decir la vuelta en el tranvía con el peso en mojado de esos bañadores. El alquiler de la sábana de baño entre 15 a 20 céntimos, y si se hacía uso de la tina para enjuagarse tras el baño había que sumar de 5 a 10 céntimos.
Así que a contar...Haremos la cuenta promedio: 1,50 pesetas completa para el ciudadano que salía tal cual de su casa, llegaba a la barraqueta, se bañaba y volvía a casa. ¿Pero cómo volvía? No hay que olvidarse de que el billete del tranvía desde el centro de Valencia hasta la playa de la Malvarrosa oscilaba entre los 20 y 25 céntimos.
Y así era el veraneo en la Valencia entre los años 10 y 20 del siglo pasado.
Texto de Amparo Zalve Polo

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