Las últimas piedras de la antigua Ciudadela acababan de desaparecer y habían dejado un vacío tan inmenso y deshabitado que el viento que se movía junto al río Turia levantaba nubes de polvo.
Sobre esa explanada, hacia la última década del siglo XIX, comenzó a levantarse una gran mole de ladrillo y disciplina: el edificio militar de artillería. Su fachada, imponente, se convirtió de inmediato en el telón de fondo de un espacio que aún buscaba sus identidad. Tenía inmensas naves destinadas al mantenimiento de cañones, herrerías que no dejaban de golpear el metal, almacenes de pólvora y amplios patios donde se estabulaban decenas de burros y caballos robustos, indispensables para arrastrar las pesadas piezas de artillería de la época
Para dar sentido a aquel desierto urbano que conectaba el corazón de la ciudad con los jardines señoriales de la Glorieta, en 1925 se abrió una gran rotonda circular que recibió el nombre de Plaza del Marqués de Estella.
Nació limpia, diáfana, sin nada de su centro que interrumpiera la mirada. Pero pronto el espacio se llenó de los sonidos de la modernidad y la tradición: por los adoquines recién colocados comenzó el tintineo constante de los tranvías que ponían rumbo al puerto, cruzándose con los carros de tracción animal y los primeros automóviles que rodeaban la isleta central. El firme era una combinación de adoquines por los que circulaban los vehículos con las vías metálicas integradas para el paso del transporte público que la cruzaba constantemente en su ruta hacia los poblados marítimos y el puerto del Grao.
El flanco derecho de la plaza vibraba al ritmo del cuarte: el eco de las botas sobre el patio de armas, el crujido de los carruajes militares y el trasiego de suministros que entraban y salían por sus grandes portones.
Esa vecindad generaba una simbiosis tan cotidiana como singular en los días de maniobras. Cuando las baterías de artillería debían salir de instrucción la plaza entera se detenía. Los guardias urbanos interrumpían por completo el paso de los modernos tranvías eléctricos y los escabrosos automóviles para ceder el paso a una estampa de otros tiempos: hileras de soldados a caballo y decenas de mulos enganchados a los cañones cruzando la rotonda con un estruendo metálico que hacía temblar los cristales de las casas cercanas.
Durante décadas la vibrante vida civil de los viajeros y la estricta rutina marcial convivieron pared con pared en un equilibrio cotidiano, rodeado por parterres bajos y las copas de los árboles que empezaban a ganar altura. Elegantes farolas de forja y árboles jóvenes que contrastaban con los frondosos y antiquísimos ficus de la Glorieta contigua.
La fisonomía del lugar cambió radicalmente a mediados de los años cuarenta. Aquel centro vacío de la rotonda fue ocupado por una imponente arquitectura de piedra, un Arco de Triunfo que alteró para siempre la perspectiva visual del entorno.
Pero el destino de la plaza estaba ligado a la transformación inevitable de la ciudad. Al llegar 1960, el rugido de los motores militares y el paso de los caballos dieron paso al sonido de la piqueta. El viejo cuartel de artillería que había custodiado el lateral de la plaza durante setenta años, fue demolido por completo. Sus muros se desmoronaron para abrir paso a la modernidad del hormigón, levantándose en su lugar los bloques de viviendas que hoy cierran el paisaje, borrando la huella castrense de un entorno que, sin embargo, aún conserva en sus piedras el eco de su fisonomía original.
Texto de Amparo Zalve Polo


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