lunes, 29 de junio de 2026

ENTRAR EN EL BALNEARIO DE LA ARENAS A FINALES DE LOS 60



La línea 2 del tranvía llegaba hasta la misma puerta de entrada al balneario. No dolían las 2,50 pesetas que podía costar el billete por persona si se trataba de poder disfrutar una jornada completa de distracción para niños y mayores. De él bajaban mujeres, la mayoría, con niños, porque las clases habían terminado y el veraneo empezaba. Los hombres, por eso del trabajo, llegarían a la hora de comer, previo baño en la playa o en la piscina, lo más frecuente es pillar mesa bajo la techumbre del merendero y todos en familia disfrutar de las viandas que habían preparado las mujeres de buena mañana, portadas en capazo grande de esparto, donde cabía desde pan hasta una sandía. Las más intrépidas habían cocinado arroz al horno y la misma cazuela llegaba al merendero. El caso era disfrutar el veraneo en la playa de la ciudad, en un gran centro de ocio en el que ni el mar ni la piscina faltaba, y lo más importante, a precios asequibles y para casi todos los bolsillos.

Entradas en este blog sobre el Balneario de las Arenas ya hay unas cuantas, porque da para mucho, hasta para un libro, pero con referencia a la fotografía de finales de los años 60 me voy a centrar en una sola: La entrada.

En el entorno urbano inmediato se concentraba el trasiego del histórico tranvía a la playa, el 2, los taxis Seat 1500, y el autobús 19.

Tradicionales kioscos que vendían refrescos, helados (sobre todo los de Avidesa), y juguetes infantiles, como eran los flotadores que se exponen en la fotografía uno sobre otro sobre un armazón vertical, los barquilleros también esperaban. Todo era una fiesta.

Hemos llegado ¿ entramos?

Ahora vamos a ver de que manera lo hacemos. Si llevamos abono mensual para toda la familia nos habremos gastado de 300 a 500 pesetas. Esa pequeña cartulina gruesa de papel satinado para resistir la humedad de la playa y el uso diario, que contenía una fotografía carnet del titular junto al nombre y dirección. La dirección del balneario la sellaba con un cuño. Dentro de la cartilla se cuadriculaban los días del mes, del 1 al 31, que el portero al entrar perforaba el día en concreto con una troqueladora metálica. En la portada lucía el clásico logotipo del balneario y el año y mes de validez. El resto de los abonos, los familiares, eran algo más gruesos porque en el interior había que incluir las fotos y nombres de todos los miembros de la familia.

Drama era si se perdía la cartilla porque te iban a cobrar una tasa de penalización por pérdida y encima habría que esperar hasta mitad de mes para el duplicado.

En estas circunstancias se entraba por los tornos de acceso rápido sin mezclarse con los bañistas de la entrada general y sus pesadísimas colas de taquilla.

Pero ¿Y si solo vamos a pasar el día o tan solo un rato?

Vamos a taquilla, generalmente están las dos abiertas. Pedimos dos entradas generales de día que costaba entre 15 y 25 pesetas por adulto según el año de la década y tres entradas para niños que al ser de tarifa reducida el precio era de 10 pesetas.

También en ese momento podíamos ir hasta allí en coche, muchos teníamos el famoso Seat 600 y había en el interior del recinto un aparcamiento vigilado por un suplemento de 5 pesetas.

Pero habían otros suplementos al pasar por taquilla: El acceso a la piscina era suplemento estrella entre 15 y 25 pesetas. Una cabina privada con llave para cambiarse y dejar la ropa entre 30 y 60 pesetas, dependía si era laborable o festivo. Alquiler de tumbonas y sombrillas de lona de 5 a 10 pesetas. Si alguno no llevaba el bañador y toalla entre 3 y 5 pesetas, previo depósito o fianza más alto con devolución al devolver la prenda.

Ya solo nos quedaba atravesar la puerta dónde el portero uniformado comprobaría los tickets o los carnets familiares antes de permitir el acceso al gran pasillo central.

Tan solo aportar el último detalle: El salario medio de un trabajador rondaba los 4000 a 6000 pesetas mensuales. Por lo tanto darse el capricho de pasar el domingo en el Balneario Las Arenas era muy asumible para la clase trabajadora valenciana. Y si podían gastar más también podían comer en el restaurante.

Texto de Amparo Zalve Polo

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