lunes, 7 de septiembre de 2026

UNA TARDE EN EL UMBRÁCULO DE LOS VIVEROS



El sol de julio de 1932 cae implacable sobre Valencia, pero camino al amparo de las sombras en los Jardines del Real.

Ajusto mi vestido de hilo blanco y avanzo por el paseo principal tras cruzar la puerta de los Viveros. El eco de mis pasos me conduce al corazón noble del parque, donde se alza una estructura imponente que desafía el calor estival: El Umbráculo.

Me detengo un instante ante la entrada contemplando con admiración la fastuosa fachada de corte clásico y modernista, sobreelevada con un juego de dobles columnas blancas y coronada por el escudo de la ciudad de Valencia. Es difícil imaginar que apenas siete años antes, esta misma obra del artista Juan Benedito se encontrara en la Escalera Real del puerto, sirviendo de fastuoso pabellón de recepción para los reyes de Italia en su viaje a Valencia. El Ayuntamiento tuvo el acierto de comprarla y trasladarla aquí, transformándola para siempre.


Al cruzar el monumental umbral, el ambiente cambia de golpe. Una grata frescura me envuelve bajo la gran bóveda curvada de arcos metálicos y listones de madera, que tamizan la luz del sol en un bonito juego de luces y sombras. Camino despacio por el paseo pavimentado, rodeada de una exuberante vegetación de palmeras exóticas y helechos gigantes.

Guiada por un sonido cristalino, mi mirada se posa en el suelo: un delicado estanque moruno con pequeñas piletas decorativas regala al ambiente una necesaria humedad ambiental.

Sentada en una de las mesas del elegante café-restaurante que ocupa el recinto pido una horchata bien fría, dedicándome a observar el ambiente, mientras el eco de los patos del estanque exterior se funde con las risas de las familias que disfrutan de la tarde. Por un instante, el tiempo se detiene en este oasis modernista.

Sin embargo, al levantar la vista hacia la imponente cubierta, el crujido sordo de los materiales y un sutil desajuste en las sombras proyectadas rompieron la magia. No hacía falta ser experto para intuir la fragilidad oculta de la estructura. Sentí la certeza amarga de que la mala construcción y el abandono institucional pasarían factura: en unos años el deterioro sería insostenible y el Ayuntamiento dictaría su derribo.

Apreté los puños y exhalé un suspiro cargado de impotencia. Decidí marcharme, caminé hacia la salida sin volver la vista atrás, queriendo retener en mi memoria el aroma a tierra mojada y el frescor de las plantas, como quien guarda un tesoro que sabe que no tardará en desaparecer.

Al cruzar las verjas de los Viveros el bullicio de la ciudad me golpeó de repente, pero mi mente se quedó allí dentro, despidiéndome en silencio de un gigante con pies de barro.

Aquello con lo que pensaba se cumplió. En la década de los años cuarenta se borró.

Texto de Amparo Zalve Polo

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