Siendo Valencia la capital de la
República durante gran parte de la Guerra Civil, el Mercado Central
se convirtió en el eje principal para alimentar a la población y a
los miles de refugiados que llegaban a la ciudad, aunque vendían en
condiciones extremas debido al desabastecimiento, al estricto control
militar y a los bombardeos.
La venta libre había desaparecido
prácticamente, aunque como ahora vamos a ver existía sobre todo en la Plaza del Mercado y en las inmediaciones. En el
interior del mercado se operaba con cartillas de racionamiento para
distribuir lo poco que llegaba de la huerta.
La escasez de alimentos cada vez era
mayor a medida que avanzaba el conflicto, obligando a la población a
esperar horas en largas colas para adquirir los productos racionados
básicos.
Podían perfectamente pasar la noche en
la calle a la intemperie, bien sentados en sillas de enea o sobre
mantas en el suelo, así guardando fila a la espera de los periódicos
locales de cada mañana donde las autoridades publicaban el número
de cupón que se iba a canjear ese día en el mercado, “cupón
número 3 para 100 gramos de arroz”, aunque también se avisaba por
bando. Todos bien atentos si no se querían perder la comida del día.
Pero ojo, que al ser Valencia zona
republicana, el Ayuntamiento o la Junta de Defensa, imprimía sus
propias cartillas. De tal modo que la que se imprimía en Valencia
sólo servía para Valencia, en ningún otro pueblo ni ciudad de
España. A veces las gestionaban los sindicatos, y en la portada se
leía “Comisaría General de Abastecimiento ”o “Consejo
Municipal de Valencia”
Se hacían en imprentas locales y el papel
era de muy mala calidad. Hojas dobladas en dípticos o en trípticos
con pequeñas casillas numeradas sin el nombre del producto, porque a
saber qué alimentos iban a llegar ese día. Como había carencia de
carnes y huevos, tan necesaria la proteína, en Valencia, se creó una
cartilla especial, específica para regular la carne, aparte de la de
los comestibles.
Los puestos de venta en el mercado
perdieron la libertad de fijar precios. La comisaría de
Abastecimientos controlaba con mucho rigor lo que se cobraba para
evitar la especulación. Los mostradores los vigilaban los
milicianos y los guardias para evitar saqueos, organizar turnos en
las colas y que nadie comprara más de los estipulado por su
cartilla.
Eran tan habituales estas colas y había
tal cantidad de personas, que se hacían peligrosas, por lo que se
diseñaron carteles alertando sobre la infiltración enemiga y los
riesgos de los bombardeos.
Una vez logrado llegar al interior del
mercado, en cuestión de minutos se agotaban los alimentos que
llegaban de la huerta valenciana y tras pocas horas la mayoría de
puestos tenían que cerrar por la falta de provisión, así que, tras
pasar la noche esperando en la cola alguien se volvía a casa con
las manos vacías.
La picaresca añadía que para duplicar
turnos en diferentes puestos a la vez se utilizaban a niños y
ancianos. Los había que con miga de pan borraban los sellos de las
cartillas para ser despachada la comida por segunda vez.
Y que no estuviera a punto de
terminarse algún producto, porque los empujones y discusiones, en
parte debido al agotamiento físico y los nervios se hacían de
notar.
El refugio más cercano al Mercado
Central estaba en la calle Alta. Si sonaban las sirenas era el que
más próximo les quedaba para los que allí estaban y para los
vendedores, aunque a unos metros más tenían el del ayuntamiento o el
de Serranos.
Los vendedores exteriores abandonan los puestos por negarse a vender el género a precio de tasa. ( Fot. Cabedo)
Pero tal y como se ve en la segunda
fotografía, en el exterior del mercado, tanto en la propia plaza,
como en las calles cercanas, habían muchas paradas clandestinas,
debido a las estrictas regulaciones que sufrían los puestos del
interior. La policía y los milicianos controlaban los precios y las
cartillas dentro del edificio, por lo que muchos agricultores optaban
por no entrar. Improvisaban pequeños puestos callejeros, incluso
mantas en el suelo o directamente en los carros que habían
transportado el género, y a precios libres, por supuesto más caro.
Los guardias hacían la vista gorda en este caso. Pero como el
Gobierno Republicano así los indicaba, de vez en cuando hacían
redadas sorpresa en la zona exterior. De repente confiscaban toda la
mercancía ilegal y detenían a los vendedores por delito de
especulación.
Puede que la mayoría o no lo han
vivido o no lo recuerden, mas bien sí la posguerra, pero se lo
habrán contado que se hicieron muy populares los trampantojos
culinarios. Tortilla sin huevo a base de harina, que la mayoría era
de maíz o de almortas con agua, sal y un poco de bicarbonato, para
que aquello subiera. Un toque de azafrán o colorante daría la
ilusión amarillenta.
Aros de cebolla rebozados en harina y
fritos recordarían a los calamares a la romana. Y sin dejar atrás
la piel de plátano machacada como una excelente crema.
De café nada. El agua se infusionaba
con cebada tostada, achicoria o algarrobas.
El chocolate era la pulpa de la
algarroba seca y molida fina.
El pan era la mezcla de escasa harina
de trigo con salvado, cebada, e incluso bellotas trituradas para
cundir la masa.
En el campo se recolectaban plantas
para cocinarlas en forma de gachas, tal como eran las tagarninas o
las almortas.
Texto de Amparo Zalve Polo