Según la fotografía nos encontramos en el año 1909 frente al desaparecido Palacio de la Condesa de Ripalda. En este momento ese palacio propio de cuento de hadas, de cilíndricos torreones y tejados de pizarra apuntados estaba habitado por su hija, María Dolores Agulló y Paulín, VII Condesa de Ripalda, puesto que su madre, viuda de Ripalda, había fallecido seis años antes.
¿Entramos?
Por la Alameda había un desfile de carruajes con los que la alta sociedad lucía sus berlinas y caballos, se dejaban ver y miraban. Ese día no se hacía ninguna de las fiestas que se solían celebrar, fiestas de carrozas, las primeras exposiciones agrícolas y ganaderas en la ciudad, algún festejo taurino o la gran Batalla de Flores de la Feria de Julio.
Seremos atendidos en la planta noble porque allí se desarrollaba la vida social del palacio, en uno de los grandes salones con techos altos decorados con maderas nobles, lámparas de araña, tapices y vitrinas con objetos valiosos. En este año eran célebres las meriendas de gala y en primavera las recepciones ofrecidas por la condesa, donde ofrecía tertulias, audiciones de piano y recitales de poesía.
Tenemos una tarjeta de visita de cartulina, sin ella no sería posible la entrada al palacio, porque así es el protocolo. Doblamos la tarjeta por la esquina superior derecha, es la indicación de que llegamos sin que nos haya convocado. Ya entregada al lacayo de la puerta este se la lleva a la condesa sobre una pequeña bandeja de plata. Ahora toca esperar. Si le viene a bien recibirnos, si decide estar disponible entraremos, si no es así la tarjeta se quedará y nosotros nos daremos la vuelta sin mediar palabra. Pero desde el primer momento que inesperadamente cierta pareja aristocrática nos pidió el favor de acudir en su sustitución y sabiendo la condesa de quien se trataba, con seguridad aceptaría que estuviésemos en su comida.
Íbamos provistos de la vestimenta adecuada para la hora del día ya que era a última hora de la mañana. Yo llevaba un traje de paseo con ajustado corsé bajo una blusa de cuello alto y manga larga con falda hasta el suelo, bien ajustada en la cadera y más abierta conforme iba llegando a los pies. Me cubría la cabeza un sombrero grande y los brazos unos guantes largos de color blanco. Mi esposo una levita con chaleco y pantalones rayados. El sombrero de copa lo llevaba en la mano. Tenía la costumbre de atusarse el bigote que tenía encerado por si acaso se le bajaban las puntas, no quería dejar pasar el símbolo de virilidad y estatus.
Un chorro permanente de personas iban atravesando el vestíbulo y acumulándose porque el protocolo así lo mandaba. Primero los de más edad o más rango social, a la vez que el hombre cedía el paso de la entrada a la mujer. El saludo a la condesa era lo que iba a continuación. Los caballeros inclinando la cabeza con leve reverencia y las damas la flexión de las rodillas. Hay que decir también que los hombres solo besaban la mano de las mujeres casadas y sin llegar a rozar el guante.
El servicio iba acomodando y mientras esperaban que los sirvientes camareros comenzaran a llevar los platos empezaban las conversaciones siempre que no se trataran ciertos temas que bien podían suscitar desorden, incluidas las risotadas consideradas de mal gusto y de las clases bajas. Mejor dialogar sobre ópera, la beneficencia, el arte o los viajes.
Teníamos sobre la mesa un panfleto, una minuta impresa en idioma francés como elemento de distinción. Un ejército de camareros en fila empezaron a invadir el salón con platos calientes, y lo hacían “al estilo ruso” como se llamaba, quiere decirse todos los platos iguales hasta el último comensal, no como unos años atrás que se hacía “al estilo francés” o la manera de ir sacando todos los platos del menú al mismo tiempo. Eso sí, de influencia francesa que es la que se seguía en eso momentos.
Entre el Potage (consomé), El poisson (pescado), Entrée (entrada de carne), Rôt (plato principal), Sorbet (sorbete de limón, licor o champagne para limpiar el paladar y prepararlo para lo que viene después), Entremets et Desserts (los postres) ¿Nos cabría algo más en nuestros benditos estómagos? Todo esto lo habíamos maridado con un vino específico para cada plato, y los moscateles para los postres y café.
Pero no todo era al refinado gusto francés. Las comidas familiares de palacio tanto dentro como fuera en los jardines se permitían platos locales valencianos, como eran los arroces melosos o los mariscos frescos directos del Grao.
Ahora a casa a descansar del protocolo. El corsé lo primero, aflojar y retirar. Mi esposo sigue atusando su bigote.
Texto de Amparo Zalve Polo

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