sábado, 19 de octubre de 2019

LA COMIDA DEL HAMBRE. VALENCIA EN LA GUERRA CIVIL


Valencia 1938 Ca.

Sirva como homenaje a todas esas personas que aguantaron el hambre durante tres largos años y alguno más que arrastró después. La guerra civil española es parte de la historia de nuestra ciudad, considerada además por ser la capital provisional de la II República desde finales de 1936 hasta 1937.
   
Por mucho que pueda relatar, habrá gente que podría hacerlo mejor, ya que tendrá el hambre y la miseria  a fuego en su memoria. Aunque sea en un breve relato de la forma de supervivencia, intentaré hacerlo con la mínima crudeza por ofrecer el máximo respeto.
  
Hambre, escasez y miedo. Era el comienzo.
  
La ropa se hacía a mano en cada casa, jerseys de punto se tejían, retales que servían para confeccionar pantalones, ropa interior, medias, calcetines. Se acababa por vieja, y de lo que quedaba  sano se reutilizaba para volver a hacerla a los más pequeños.

Acudían a los cuarteles a pedir sobras. Muchas mujeres se obligaban a prostituirse. Los fumadores, bien se conformaban con fumar colillas o bien secaban hojas de patata que machacadas hacían el mismo uso. Incluso mandaban a los niños a buscar las colillas por la calle para después venderlas como tabaco picado.
   
La hambruna era grande. Se creó la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes (Comisaría de Abastos). Los que se encargaban de sellar las cartillas eran los gobernadores civiles y rezaba en ellas: “Cien gramos de...”, por lo que se les llamaba “los ciengramitos

Las cartillas de primera, segunda y tercera categoría, en función del nivel social, el tipo de trabajo del cabeza de familia y el estado de salud. En un principio era familiar y más tarde individual.
  
Pero para algunos ¿Qué menú podían confeccionar con alubias, café y aceite para una semana? ¡Cocina creativa!
   
Las algarrobas se echaban en vinagre para que no crearan gorgojos y así poder engañar al estomago como si fueran lentejas. Los gorgojos se eliminaban, pero los animales muertos se desenterraban para poder comer. El sucedáneo del café era la cebada tostada. La piel del plátano machacada servía para elaborar cremas y purés. Las madres, esposas, hermanas e hijas preparaban tortillas sin huevo, dulces sin azúcar, fritos sin aceite, y hasta guisos sin carne. La desnutrición minaba en las familias y la picaresca hizo su camino.
  

Apareció el estraperlo. Proliferaban los productos en el mercado negro a los que no se podían acceder normalmente. Los huevos, la carne, y la leche se vendían a precios muy por encima de lo establecido por la comisaría correspondiente.

Aparecieron los hornos de pan ilegales. Las esquinas eran frecuentadas por mujeres entradas en años que provistas de una bolsa vendían de estraperlo, exponiéndose a quince días de cárcel (las quincenas). De la misma forma cuando los hombres salían al trabajo a las cinco de la mañana, encontraban en la calle a mujeres que les vendían el tabaco. Hasta falsas embarazadas que ocultaban en el vientre aceite (del caro), harina, carbón o judías.
  
La picaresca  era grande  para salvar el hambre. Hasta las madres o abuelas borraban con miga de pan los sellos de la cartilla y mandaban otra vez a las niñas a la cola del abastecimiento.
   
Se utilizaron durante trece largos años y miles de largas colas. La palabra “esperar” fue bien aprendida...

”Espera un poco y resiste el hambre”.

Texto de Amparo Zalve Polo

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