lunes, 2 de noviembre de 2026

ALGO QUEDABA INACABADO EN EL COMPLEJO DE MONTEOLIVETE



Allí, donde antes se alzaba una humilde ermita medieval, los vecinos habían levantado con orgullo un templo de muros firmes: la Iglesia de Monteolivete. Su propósito era sagrado y solemne: custodiar un precioso icono de la Virgen traído desde la mismísima Tierra Santa. Durante décadas, el templo fue un faro de recogimiento, un espacio donde los fieles encontraban un silencio espeso, ajeno al bullicio de la ciudad amurallada.

Buscando ese mismo retiro, los monjes paúles de la Congregación de la Misión pusieron sus ojos en los terrenos colindantes. En 1826, los frailes comenzaron a levantar un ambicioso colegio de misioneros y monasterio adosado a la iglesia. Imaginaban un complejo monumental en forma de "U", con un claustro central donde los futuros sacerdotes pasearían meditando entre arcadas. Las obras avanzaban al ritmo que permitían las donaciones.

Sin embargo, los golpes de maza y el trasiego de los canteros se detuvieron en seco en 1831. España era entonces un polvorín de incertidumbre. En los estertores del reinado de Fernando VII, el aire se había vuelto irrespirable para las órdenes religiosas. El dinero escaseaba y los rumores de que el Estado pretendía arrebatar a la Iglesia todas sus posesiones corrían como la pólvora por las sacristías. Ante la certeza de que estaban invirtiendo en un suelo que pronto dejaría de ser suyo, los frailes paúles tomaron una dolorosa decisión: congelar las obras. Las herramientas se guardaron y el convento quedó convertido en un esqueleto de piedra inacabado, una promesa arquitectónica a medio cumplir.

Los temores de los monjes se materializaron con crudeza solo cuatro años después. En 1835, los decretos de la Desamortización de Mendizábal hirieron de muerte la vida monástica del país. Los paúles fueron expulsados formalmente y el Estado confiscó aquel armazón incompleto. Por fortuna, el respeto de los fieles protegió la iglesia, que se mantuvo intacta y destinada al culto, pero el destino de la estructura anexa sería radicalmente distinto.

En 1840, el eco de los cánticos religiosos que los monjes alguna vez proyectaron fue reemplazado por la marcialidad de las botas. El ramo de la Guerra tomó el control del edificio a medio hacer. Los ingenieros militares tuvieron que terminar de techar y cerrar los muros inacabados, pero ya no buscaban un espacio para la fe. Derribaron los tabiques de las celdas proyectadas para convertirlas en enormes salas de armas y pabellones para la tropa; pavimentaron el claustro espiritual para transformarlo en un patio de armas y reforzaron los sótanos para dar cabida a una prisión militar.

Durante más de un siglo, el complejo de Monteolivete vivió una curiosa dualidad de piedra: mientras en el interior de la iglesia los fieles rezaban ante el icono de la Virgen en un ambiente de recogimiento, al otro lado de la pared, los soldados hacían guardia, los reos cumplían condena y los enfermos de las epidemias del siglo XIX buscaban refugio en su etapa como hospital. Dos mundos opuestos, separados apenas por un muro, nacidos de una misma obra que la historia decidió dejar inacabada.

Texto de Amparo Zalve Polo

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