Todavía resonaba el traqueteo del tranvía recorriendo la vía que ascendía por la calle Campaneros y descendía por la de Zaragoza, y al relajado operario esperando el cruce en la plaza del Miguelete, cuando ya la reducida plaza de la Reina iba camino de transformarse en una gran plaza a base de veinte años de proyectos y derribos.
Según indica la fotografía estaríamos a principio de los años 50. Todavía puede verse una manzana de casas, que conforman junto a las casi adosadas al muro de la catedral una calle, la calle de la Puñalería, donde artesanos que fabricaban espadas, escudos, puñales y materiales de forja para la nobleza valenciana se situaban allí. Aún puedo imaginarme muchos años antes, cuando las casas de las tres manzanas que conformaban el entramado gremial en el punto cero de la ciudad tenían su pozo, sus diminutas cocinas y probablemente en muchas de ellas la salida a dos calles. El aroma penetrante, amaderado, metálico de las fraguas, derivado de la combinación del hierro caliente, el carbón y el fuego, se integraba en el ambiente junto a la calle más concurrida de la época, que era la calle Zaragoza, la que en su recorrido hasta llegar a la Puerta de los Hierros de la Catedral estaban los escaparates de las tiendas más exclusivas de la ciudad. El destacado arquitecto Rafael Guastavino Moreno nació en el número 11 de esta calle, la de la Puñalería un 1 de marzo de 1842.
Desde lo alto de la Catedral, en su lado derecho aún queda un escaso reducto de la calle Zaragoza, y en el lado izquierdo lo mismo ocurre con la calle Campaneros que daba comienzo desde la calle del Mar hasta desembocar como su análoga en la pequeña plaza del Miguelete.
La calle Borriol que transitaba por delante de la manzana que queda en la fotografía ya formaba parte del gran solar. Aún faltaba tiempo para que siguieran los derribos y comenzara el solar a rellenarse, y lo hizo con una bonita fuente en 1959.
En 1963 se derribaron las últimas casas, las recayentes a la plaza del Miguelete.
Texto de Amparo Zalve

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