jueves, 15 de enero de 2026

CLAUSTRO DEL CONVENTO DE LA TRINIDAD Y LA REINA MARÍA DE CASTILLA

Hemeroteca Municipal

¿Quieren saber de la importancia de ese patio? A simple vista es un claustro sencillo, que conforman unas arcadas sin prácticamente ornamentación en ninguna de sus partes.

Primero unos breves datos históricos antes de poder entrar en él. Se trataba de la reina Dña. María de la Casa de Aragón, para hacernos una idea era tía de Isabel la Católica, vino a Valencia para desposarse con el infante D. Alfonso, nada menos que heredero de la corona. Se prendó tanto de esta ciudad que ya no se fue de aquí hasta que puso pie en el más allá. Su morada favorita y habitual fue el Palacio del Real, y allí pasaba su vida mientras que su esposo iba y venía. Imagino el día que se despidió de ella par ir a las guerras de Italia, sin saber que ya no volvería a ver más. Dedicó el resto de su vida a las obras piadosas, por lo que Valencia le debió dos fundaciones monásticas de la orden de San Francisco, el convento de religiosos observantes de Jesús y las religiosas de Santa Clara.

En otra ocasión iremos a la celebración de la primera piedra del convento. Hoy como pequeño resumen antes de entrar en el patio de la fotografía ya es suficiente.

¿Quieren entrar en el claustro del convento de la Trinidad? Para ello vamos a retroceder unos cuantos siglos, quizá podíamos quedarnos en el año 1890.

Voy a pedir permiso al arzobispo y en cuanto se ofrezca el sello de la Curia la hermana portera correrá los chirriantes cerrojos y tirando sobre su rostro el oscuro velo nos llevará ante la madre abadesa. En su mano lleva una campanilla que agita con esmero con el fin de que las demás religiosas se retiraran sin ser vistas. Decían que si en algunas ocasiones llevaba báculo como los obispos. Nos muestra todo el convento, de lo que se puede mostrar, y una grata sensación, como las que provoca en estos casos cualquier claustro, de paz, nos llega al entrar en él. Arcadas toscas y sencillas servían de apoyo a la charla incesante de los gorriones. La zona central era un sencillo jardín que el sol de la mañana llenaba de luz dando vida a los viejos naranjos y rosales en flor. El aire estaba entremezclado con el aroma de un jazmín trepador y el incienso que salía de la iglesia.

Junto al pozo hay una especie de pila de piedra donde unas monjas jóvenes lavaban ropa. Y al vernos se marchan como bien aprendidas, con movimientos rápidos conjugados con un tiempo rítmico.

Ahora queda el silencio y la abadesa, mujer amable y bastante habladora, nos lleva hasta un ángulo del patio, muro medianero de la iglesia. No hace falta que nos indique lo que allí veíamos. Era una piedra de altar con cinco blasones esculpidos en su frontis. Así de sencillo, sin inscripción alguna. Sobre ello una hornacina de buen tamaño se abre. No hay testimonios que den fe lo que pudiera ocupar ese interior o que quizá nunca lo llegase a ocupar. El caso es que para rellenar el hueco se habían traído del convento de San Francisco las imágenes de Santa Águeda, Santa Ana y Santa Lucía.

Estábamos frente al sepulcro de la reina Dña. María, la que había fundado el convento, la que tenía un aposento propio al que se le llamaba “Tocador de la Reina” y al que en él quiso pasar sus días y enterrada renunciando a la real sepultura de Poblet.

Al poco de morir el rey en Nápoles murió ella en el palacio del Real. El acompañamiento por los clérigos, frailes, magistrados y caballeros de la ciudad condujeron el féretro hasta el convento, mientras sus damas y doncellas iban llorando detrás. En el claustro recibió sepultura vestida con el hábito y la toca de las religiosas de santa Clara el martes 20 de agosto de 1458. En el lugar más íntimo del convento de unas monjas que no querían ser vistas.

Texto de Amparo Zalve 

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