domingo, 12 de abril de 2020

VIVIENDO EN UNA BARRACA VALENCIANA

Archivo Municipal

Pensaremos primero en una Valencia ocupada por una enorme extensión de lagunas y marjales. Simples estacas separarían el suelo del agua para albergar habitaciones. Ese fue el comienzo. Habitadas por  musulmanes antes de la Reconquista y tras ellos los moriscos y cristianos “nuevos  hasta su expulsión, así reemplazados por los cristianos “viejos conversos", represaliados de los agermanados, de ahi la colocación de la señal de la cruz en lo más alto de la barraca. Conforme las aguas fueron retirándose las estacas sobre el agua se cambiaron por paredes de barro.

Podríamos entrar en cualquiera de las barracas para darnos cuenta de la similitud entre ellas. Da lo mismo que esten entre huertas o cercanas al mar. La humildad de las gentes que las habitaban, el quehacer diario tanto de un agricultor, como de un pescador, como de un trabajador salinero. Sí, ¡un trabajador salinero! Cito este por ser los más desconocidos habitantes de las barracas valencianas. Viviremos con ellos en unos párrafos:


Archivo Municipal

Recordemos que el lago de la Albufera era una explotación salinera. En la zona de las salinas es donde más concentración de ellas habia. La primera de la que se tiene constancia es de 1453 , ”la barraca de la gola de la Albufera” en la embocadura del mar con el lago. Como todas las demás su construcción era a base de cañas y barro, los elementos existentes en el entorno. Eran tantas las que habían allí que en 1485 se edificó una iglesia para que se pudieran atender las necesidades religiosas del personal salinero y de los pescadores de la Albufera. Pero todas estas barracas desaparecieron en 1498 debido a un fuerte vendaval, cosa que hizo pensar con otros materiales màs resistentes a las inclemencias naturales y se llamaron desde entonces “barracas de obra nueva”.

Ahora ya es el momento de entrar.

Por la senda, acompañados del sonido del agua de una acequia que nos sigue por la derecha, y cruzando campos de cebollas y alcachofas, no sin detenernos bajo la ombría de unas moreras para mitigar el calor que el estío nos estaba regalando, nos quedaba menos trayecto para llegar. Los niños correteaban ajenos a la sombra y se remojaban con el agua de la acequia. Jugaban a recorrer las hendidas huellas del carro que varias veces al día recorria Joanet para airear la tierra con la ilusion que todo labrador tenía para el dia de la recogida. Camino de hierba desparramada, escapada de su carro con la que al llegar alimentaría a sus animales.


Archivo Municipal

A menos de cien metros allí se veía, perfecta, blanca, humilde pero a la vez solemne, como solo él la podía cuidar.

Bajo la techumbre de la entrada y junto a una gran higuera, ¡qué aroma desprendía esa higuera!, una bancada encalada, a la par que la fachada, que obligaba a sentarse y respirar esa paz que solo alli se conseguía. Un horno grande de barro desprendía el aroma de leña con la que se había cocinado la tarde anterior, porque se cenaba pronto, había que levantarse a la salida del sol, la huerta tiene esas cosas.

No era grande, era suficiente. Tan solo era un rectángulo de 9 x 5 metros, eso sí, tan bien organizado que nada le faltaba. El tejado era bonito, a dos aguas y con bastante vertiente evitando que el agua se estancara con las lluvias, hecho de cañizo y barro en su parte más alta. 

Atravesando la puerta situada a la izquierda, que mira al sur, y que por cierto, es muy grande -tiene que iluminar bien la parte interior, aunque tambien tiene una pequeña ventana a su lado derecho- hay un pasillo que la recorre de parte a parte y al fondo una puerta para salir a la parte posterior. Un muro longuitudinal separa mas o menos por la mitad, quizá un poco menos, las habitaciones, dos o tres según tamaño; en casa de Joanet eran dos, no necesitaba más. El comedor también estaba ahi. A la derecha pasamos la cocina, la justa porque se suele usar el horno de fuera, al menos para guardar unos pocos cacharos y alguna tina. Colgaban de la pared aperos de labranza, y aunque se procuraba de limpiarlos, quedaban las huellas de la tierra pegada.

Salimos por la puerta trasera, y entre unos plantones de fresas una pequeña construcción que a los niños les hizo mucha gracia, creían que era una barraquita pequeña donde poder jugar, pero Joanet les explicó que era una “sebera” o cebollera, para guardar las cebollas que él iba recogiendo de la huerta y allí se iban secando. Era curiosa, las paredes de listones de madera y el techo de cañizo.

(Volveremos dentro y os enseñare algo) Al subir una escalera de mano que apoyaba sobre la pared del pasillo, llegamos a la andana, sólo habían tomates colgando de hilos en forma de ristras secándose. En el suelo se extendían telas viejas con patatas, melones y calabazas. Nos contó que hace unos cuantos años allí tenía gusanos de seda, que los criaba y los alimentaba con hojas de morera para que luego la seda fuera utilizada y que muchas valencianas lucían en sus mejores galas, con sus trajes a la hora de engalanarse para las fiestas.


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Comimos una buena paella bajo la sombra de la higuera, y nos saciamos de beber con el agua fresca del pozo con la que Joanet rellenó unos botijos. Hicimos una buena siesta, mientras la madre de Joanet hacía unas espardeñas con esparto sentada en su silla de enea.

La tranquilidad se despidió de nosotros cuando alrededor de aquella bonita barraca los niños empezaron a corretear, jugando al plantat, a la taba, al rogle... después de una buena merienda de pan con vino y azucar.

El recuerdo de aquel dia hizo que volvieramos tras cinco años. Por el camino nos dimos cuenta que la acequia no sonaba, las hendiduras del carro apenas se distinguían, la hierba desparramada habría sido llevada por el viento o arrastrada por la lluvia y las alcachofas eran sustituidas por malas hierbas. 

Quedaban los cien metros y no estaba. Nos dimos cuenta que estabamos a principios del siglo XX, y que una normativa municipal prohibió reconstruir las barracas que ya estaban deterioradas y lentamente fueron desapareciendo.

Texto de Amparo Zalve Polo

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