domingo, 8 de septiembre de 2019

LA ERMITA DONDE SE FRAGUÓ EL ICONO DE LA VALENCIANÍA


 
Archivo Municipal 

1935 Ca. Una pequeñita ermita de planta rectangular, con altos muros laterales en los que se abren varias ventanas. Sobre la fachada  una pequeña espadaña con cimbalillo y cruz de hierro.

Su nombre, El Capitulet. Se reunían en capítulo los miembros de la Real Cofradía, desde 1411, fecha de su fundación.

La actual ermita, de 1730, que todavía se conserva en el actual recinto de lo que era el antiguo Hospital General, se instauró sobre el mismo lugar que ocupaba la del siglo XV. Se renovó en 1667 y restauró en 1867. Frente a ella se alzaba, hasta que fue retirada, una estatua del venerable Padre Juan Gilabert Jofré, fundador de la institución benéfica.

La importancia del Capitulet, reside en el comienzo de la historia del icono de la valencianía, y que sería la Patrona de Valencia, Ntra. Sra. de los Desamparados. Siendo encargada por los cofrades de Ntra. Sra. de los Inocentes, Mártires y Desamparados al Padre Jofré en el siglo XV. Allí se alojó hasta su traslado a la Catedral en 1487.

Una incidencia, como fue la epidemia de peste de 1646, con gran repercusion en toda la ciudad, afectó al virrey, el Conde de Oropesa, quien se encomendó a la Virgen de los Desamparados. Desde aquel momento cesó la epidemia, razón por la cual fue consagrada como Patrona de la ciudad y del Reino, y a su vez se tomó la determinación de construir una Basílica junto a la Catedral, que se inaguraria en 1667 con una gran fiesta popular, y con el traslado a cargo de la Cofradia de la Virgen, de su imagen desde la capilla dels Tapiners en la Catedral a su nuevo  templo anexo. 

Otra característica de esta ermita es la de albergar hasta hace poco la imagen peregrina de la Virgen. En 1944, el escultor Carmelo Vicent, realizó una copia de la Virgen, conocida como Peregrina y que habitualmente procesiona por las calles de Valencia. Actualmente preside el altar una talla de la Virgen de los Desamparados realizada en 1950 por José María Bayarri, con la aprobación del entonces arzobispo de Valencia, Monseñor Marcelino Olaechea.

Texto de Amparo Zalve Polo

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