martes, 11 de septiembre de 2018

UNA ALQUERÍA EN BENICALAP - II

De José Cozar

-II-
La entrada de la alquería estaba en la prolongación de la actual plaza de la Virgen de Montiel. La planta era rectangular. Formada por dos alturas, la parte inferior era el lugar de las habitaciones de la familia y en la parte superior estaba la andana para guardar las cosechas, o tal vez, en tiempo no muy lejano, para la crianza del gusano de seda.

El soportal de la puerta era un arco formado por ladrillos de los llamados morunos, con curvatura propia del estilo morisco, con una puerta de color gris, más como propio color de la madera que por los continuos enjalbegados que se hacían, llegando a usar la misma pintura de las paredes, pero dándole otro tono para el color de las puertas. Evitando la oscuridad hacia su interior, en una de las hojas de la puerta, se había colocado una sobrepuerta de cristales en la que se podía ver no solamente quien llamaba, sino también iluminaba el interior de la entrada a la alquería. Las paredes eran lisas y a través de los años las continuas pintadas con cal formaban un leve grosor disimulado por la luz intensa que desprendía el blanco de la cal. En ambas partes de la puerta unas rejas forjadas hace siglos permitían deducir la necesidad de la defensa frente a incursiones de piratas berberiscos. Detrás de estas habían una ventanas todas de madera, y en la parte superior un pequeño ventanuco se abría con un cordel desde el interior para ventilar la habitación. El tejado de la alquería lo formaban tejas morunas cuya colocación a través de siglos se mantenían impertérritas. Había sitios que nunca habían tenido goteras. Las caballerías entraban por un soportal a la derecha de la entrada de la alquería. Separados de lo que eran las habitaciones y el estudio de los propietarios, al final de la planta baja estaban las cuadras y corrales. El llar o la chimenea de campana, se encontraban en la misma planta baja. No obstante, creo recordar su sustitución por “modernas” cocinas de gas butano.

Un espacio singular era el patio de la alquería. A él se volcaban las habitaciones de la planta baja y de la cambra. El suelo construido por guijarros redondos e iguales traídos de ríos y barrancos, quedaba formado por dibujos de flores y acantos. La luz no llegaba a inundar el patio, con lo que una humedad ligera permitía el crecimiento de una vegetación propia de la huerta. Había colocasias, “esqueletos“, dompedros, aprilia con su color verde intenso que por la humedad nunca presentaban sequedad en sus hojas, geranios, jazmines... Un conjunto de plantas que además del ornato embriagaban con su olor las noches de verano.

Un pozo del que se extraía el agua para cocinar y limpiar la vajilla, regar las plantas, dar agua a las caballerías y aseo de sus moradores presidia el centro del patio. El dosel de piedra que circundaba el pozo estaba gastado por los años. Un arco de hierro sostenía un pozal cuyos remaches delataban su antigüedad y que permitía extraer el agua que en el verano era delicia por su frescor. Como he dicho eran restos de lo que había sido. Hoy en día la alquería tenia agua potable, amen que se usaba la del pozo para otros fines.
 
El cantarero en la cocina se llenaba a diario para consumo de la casa. Cuatro cantaros. Todavía quedaba alguno cuyo uso dejaba entrever el origen de la tierra donde se había fabricado. Otros, con el barniz reluciente en su exterior e interior, dejaban señal que se habían adquirido recientemente. Digno de recordar eran las sillas bajitas de madera de morera con asiento de boga o cordel, que alrededor de la chimenea agrupaban a la familia para calentarse y pasar un rato de agradable  tertulia.

Texto de Eduardo Donderis
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