lunes, 16 de abril de 2018

LOS AMIGOS DE LO AJENO


1918 - La plaza de Castelar, cuando terminaba la segunda década del pasado siglo, ofrecía su mejor aspecto, tanto en cuanto y en torno a un conjunto de kioscos discurrían placenteros los valencianos en busca de la prensa, del refresco o de una flor, mientras la construcción del nuevo ayuntamiento orientaba su fachada principal hacia la plaza, una vez tomada la decisión de abandonar su entrada por la calle de la Sangre.
   
Pero no todo eran plácemes, pues en cuanto a la vigilancia de la plaza por la autoridad era cuestionada ante el gobernador, toda vez que los excesos contra la propiedad por parte de los interesados por lo ajeno eran frecuentes.

Y así se manifestaba la prensa en los primeros días del mes de abril, que al igual que en otras ocasiones se habían repetido los mismos actos delictivos, pero lo sucedido en aquella ocasión y en un tiempo máximo de una hora, superaba todo lo conocido.

Es vergonzoso señor gobernador que en punto tan céntrico como el parque de Castelar los ladrones campeen por sus respetos sin que agente alguno de la autoridad estorbe sus faenas”, se denunciaba desde El Pueblo el miércoles día 3, por lo sucedido la noche anterior:

“Del kiosco en construcción en el jardín del Marqués de Campo se llevaron todas las herramientas; del de necesidad, inmediato, las toallas; del kiosco de refrescos “el Japonés” un gran número de sillas y mesas; otro tanto desapareció del kiosco de refrescos frente al Ateneo Mercantil; varias perillas y bracitos de metal de las casas inmediatas a la conocida por Jura Real; y el incalificable asalto al kiosko de periódicos situado frente a la Bajada de San Francisco de donde los cacos se llevaron cerca de 600 pesetas en metálico, gran número de cucharillas y otros efectos”

Los valencianos se preguntaban cómo podía suceder aquello con cierta frecuencia y cómo la autoridad se veía impotente para detener a los malhechores, ante unos hechos que también se repetían por la Gran Vía y otros jardines, de donde desaparecían perillas y toda clase de cañerías, al tiempo que se hacían eco de los granujas que medran comprando los objetos robados.

¿Para cuándo se dejan los registros, las visitas de inspección, la cárcel, y la clausura de los antros donde se comercia con lo que se roba el vecindario?” – se preguntaba el cronista.

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