sábado, 15 de julio de 2017

PABELLONES EN LA ALAMEDA POR LA FERIA DE JULIO

Pabellón del Ayuntamiento 
Archivo Municipal

1900 Ca - La Feria de Julio de Valencia no se puede entender sin las corridas de toros: ahí está su verdadero origen cuando en 1870 concejales del Ayuntamiento quisieron dar un mayor atractivo a la fiesta nacional con el concurso de otros actos festivos torno a la plaza de toros, en cuyo albero apenas hacía once años que se había celebrado la primera corrida taurina en la tarde inaugural del coso. 

Feria y toros unidos para su origen pero que ya al año siguiente los munícipes quisieron aumentar su programa festivo. El paseo de la Alameda, frondoso y amplio, se brindaba como el lugar ideal para hacer frente al calor del estío, especialmente en las horas de la noche. Era cuestión de completar un programa y ponerlo en marcha.

Pabellón del Ateneo Mercantil
Archivo Municipal

Pero no era cuestión de anunciar una serie de actos en exclusiva, sino de ofrecer unos dignos pabellones que por parte de las sociedades civiles de mayor abolengo se fueron sumando a la iniciativa municipal, destinados para las horas de bailes y saraos, donde la clase pudiente, con sus carrozas y tartanas, iban a disfrutar de tan refrescantes veladas.


Pabellón de Agricultura
Archivo Municipal

Y avanzando en los años con la llegada del mes de Julio, la prensa local daba información de los diferentes actos, cada vez mas intensos, con dos epicentros: el coso taurino de la calle de Játiva y el Paseo de la Alameda. La fiesta también se sumó a las calles, que pasaron a ser escenario de frecuentes cabalgatas. En lo cultural y como homenaje a los patricios valencianos, se programaba la ubicación de monumentos en los jardines más concurridos, siendo el de la Glorieta el que mayor espacio ofrecía. Mariano Benlliure y otros afamados escultores daban con sus obras mayor proyección a unos actos cada vez más prolíficos. 

El Círculo Valenciano
Archivo Municipal

Toros, música y bailes, con la atracción añadida de que la clase burguesa participaba en unos actos que también eran disfrutados junto a sectores más populares, siempre torno a la panoja torrada y la refrescante sandía en unas fiestas que por los años veinte se prolongaban hasta mediados agosto, cuando daban su fin con la Batalla de Flores, concurrida por todos los sectores de la ciudad. 

Con la llegada del año 1926 y la inauguración del nuevo Pabellón Municipal de Carlos Cortina, el paseo de la Alameda adquiría una mayor suntuosidad. 

Sin embargo, tuvieron que pasar seis décadas para que una vez situado en el interior de los Jardines del Real sucumbiera al viento: el de la dejadez.

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