lunes, 18 de abril de 2016

LA BÁSCULA DEL VIEJO MATADERO


Archivo Municipal

(Montaje de Pep Valencia)

1902 Ca. - Desde el año 1806 el Matadero Municipal, que había abandonado su ubicación próxima a la actual Plaza Redonda, estaba situado en la calle Guillén Castro. Lugar que tras su traslado al paseo de la Pechina (1902), sería ocupado por el colegio Cervantes, inaugurado en 1907.

Frente a las instalaciones del Matadero Municipal, junto al paredón lateral del Convento de Santa Úrsula, existía un pequeño edificio que hacía de báscula, a su vez frontal de un “corral” como  Almacén Municipal. Del mismo se tienen referencias de finales del siglo XIX alternando en sus funciones como fielato y tenencia de alcaldía, utilizado en unas elecciones de 1901 como colegio electoral.

En 1903 una instrucción del Gobernador Civil a la Alcaldía aludía a la necesidad de construir en la ciudad una “Red de Urinarios” que, curiosamente, denominaba “chalets retretes”, reiterada al año siguiente.

Con la desaparición del Matadero por su traslado, el coqueto y pequeño edificio fue utilizado como urinario hasta su destrucción en los primeros años de la década de los cuarenta, cuando ya desde los años veinte y en repetidas ocasiones a lo largo de la década de los treinta, la prensa de la época demandaba su destrucción para adecentar la zona con la construcción de un jardín.

Tan pronto entró en servicio el nuevo matadero en 1902 en la Pechina, el Ayuntamiento inició los trámites para la instalación de una báscula en sus instalaciones, cuyo coste fue satisfecho al ejecutor del proyecto en agosto del año siguiente.

En la foto, dejando volar la imaginación hacia aquellos años, bien pudiera corresponder al último ciclo como báscula al servicio municipal; se adivina tras la rejilla de su ventana central la figura de un hombre sentado a la espera de sus funciones.

(Con mi gratitud a la ayuda de Francisco Pérez Puche)


Aburrimiento

El sol cae de plano y empieza a hacer calor. Y el funcionario, de lacios bigotes, solemnemente ajeno a todo lo que parezca estar vivo, mira por la ventana enrejada los preparativos del fotógrafo, el montaje del trípode, el instante cumbre del click, con una indiferencia de siglos.

Esta es la imagen viva del aburrimiento, del nada que hacer en una instalación municipal que ha cerrado sus puertas y está esperando el traslado. Esta es la imagen del tedio en una mañana soleada de la primavera valenciana; el símbolo perfecto de la burocracia que extiende su dominio de hastío de un ayuntamiento al siguiente, de un siglo a otro, por encima y más allá de la modernidad.

El sol calienta la explanada de adoquines y hasta la ventana del funcionario va subiendo el calor por oleadas. En verano, esa meseta de piedra era una sartén, un horno donde las caballerías daban saltos inquietos y los arrieros huían a buscar refugio bajo los plátanos de la avenida, cerca del botijo oficial.

El funcionario bosteza, se espanta una mosca, se limpia con un pañuelo a cuadros la punta de la nariz. Le faltan cuatro años para la jubilación y le están hablando, a él, de cambios. El Matadero se ha ido con la música a otra parte y allí, en el nuevo edificio de la Pechina, quieren poner otra báscula. Ellos sabrán. Yo líos no quiero. Porque menuda están armando en el Puerto los del Ayuntamiento, cambiando a los responsables de las básculas de toda la vida por unos dimes y diretes de si se pesa mal o bien, de si hay matutas o amaños en un par de carros.

Líos pocos, faena la menos posible. El Matadero de Guillén de Castro se ha cerrado, la báscula que levantaron en el jardín está a punto de clausurar y el Ayuntamiento ha mandado un fotógrafo, tú verás, para que quede recuerdo del servicio prestado. Nada entre dos platos: aburrimiento. Aunque el muchacho de la cámara, un profesional, ha procurado cumplir todos sus deseos: que saliera la cumbre de las torres de Quart para situar el escenario por los siglos de los siglos; que se vea también que el convento de Santa Úrsula está que se cae… Pero sobre todo, ante todo, que los valencianos del futuro puedan ver la cara de solemne aburrimiento del empleado municipal de la foto. Todo un símbolo, todo un destino.

F.P. Puche

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