lunes, 17 de octubre de 2016

DUENDES EN LA PLAZA DEL ESPARTO


Foto cedida por Mado Martínez de Año Cero

1915 - El almanaque estaba fijado en la primera semana del mes de julio. El cinematógrafo ya había iniciado su andadura con una amplia cartelera en la prensa que ofrecía distracción. Hacía calor y los cines de verano aún no existían. La Feria de Julio casi estaba dispuesta y los valencianos gozaban el frescor de la noche.

De repente y como la pólvora, surgió la noticia de que en la plaza del Esparto, entre otras espeluznantes alarmas, se oían repetidos golpes que se atribuían estar producidos por una mujer que estaba secuestrada en el interior de la casa con el número 7, pidiendo algo así como socorro. El foco de atención estaba creado y ante la casa de los duendes se concentró el gentío.  Cada una de las personas en su fascinada imaginación exclamaba causas dispares.

La prensa local se hizo “eco” de la noticia y en su diaria columna su titular llamaba la atención con diferente tono: la “Casa de Tócame Roque” aludía el diario El Pueblo, mientras que la Correspondencia envolvía el edificio como “La casa misteriosa”. Más concreto era Las Provincias con su crónica anunciado “la casa de los ruidos” de los que también informaba el Diario de Valencia. Pero todos coincidían en que había que poner fin a tanta superchería, descubriendo al osado bromista que producía expectación.

Los ruidos, golpes, gritos o lo que fuere, iban adquiriendo verosimilitud merced al gentío que se concentraba en la plaza con una variada versión de lo acontecido en el interior de aquel entresuelo en el que vivía un guardia civil retirado. Tenía contigua una casa deshabitada donde por orden del Gobernador se iniciaron las pesquisas necesarias en busca de quién producía tanto jolgorio. Tabiques vecinos, tejados y alcantarillas fueron investigados, con la utilización de hambrientos micrófonos de noticias que tan solo supieron del ayuno. Intervinieron el Juzgado y el Ayuntamiento, también la Guardia Civil con cargas para despejar la zona en la que se habían lanzado petardos por quienes querían amenizar la fiesta que se transformó en causa de desorden público con algunos heridos.

Los ruidos cesaron pasados unos pocos días y nunca se supo de su autor.

Pasado un siglo, un halo de misterio envuelve aún la plaza del Esparto. En ello estriba su verdadero encanto.

¿Hubieron o no ruidos? ¿Hablaron los espíritus?

Queda tan solo el eco de la noticia. 
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