miércoles, 2 de diciembre de 2015

EL COSO BLANCO

Archivo - La Ilustración Española 

1901 - En este año tuvo lugar la primera celebración del festejo del Coso Blanco en el marco de la Feria de Julio. Su originalidad venía de la ciudad de Buenos Aires, donde se celebraba la cabalgata en sus largas y anchas avenidas que le daban gran esplendor. Las estrechas y cortas calles de Valencia no eran las más convenientes y en la Alameda, lugar más adecuado, no era el aconsejable al estar reservado para la Batalla de Flores, ya muy arraigada en la ciudad, de la que, por otra parte, se temía una innecesaria controversia popular entre ambos festejos.

Bajo la dirección del Ateneo Mercantil, su promotor, y de acuerdo con el Ayuntamiento y comerciantes, se llevó a cabo la tarde del dia 27 de julio de 1901 ofreciendo sus calles un hermosisimo aspecto, donde la presencia del blanco color se manifestaba tanto en el ornato urbano, como en el de las treinta y siete carrozas que intervinieron a cargo del Ateneo, con la belleza de la mujer valenciana con su vestimenta albina bajo una lluvia de confetti y serpentinas que iba a convertir el adoquinado en un manto nevado: para el suministro se dispusieron de tres depósitos situados en Casa Campoy  de la calle San Vicente,  en Ferrandiz de la Plaza Cajeros y Jarque y Sena de la calle del Mar. Las tiendas y comercios estaban dispuestos a rivalizar en la decoración de sus fachadas a lo largo del trayecto, tal y como se habían comprometido, a las que también se les requirió cerraran sus puertas a la hora del comienzo de la cabalgata para el disfrute de sus empleados.

El programa de la Feria de Julio iba a enriquecerse con un nuevo distraimiento a lo largo de un recorrido que desde el Ayuntamiento iba a continuar por la calle San Vicente, plaza Reina, Mar, Cruz Nueva, Peris y Valero, San Vicente, plaza Cajeros, Bajada San Francisco para finalmente y desde la ya nominada como plaza de Emilio Castelar, volver a la calle de la Sangre para repetir dos veces más el mismo trayecto.

Se inició pues en la calle la Sangre, que tanto en la Casa Consistorial como en el resto de los edificios sus balcones se ofrecían con colgaduras blancas adornadas por flores, escudos y lazos formados con papel. Sobresalía la fachada del establecimiento La Palma, blanqueada desde todo lo alto a la acera. En la calle San Vicente, el tramo más largo, los vecinos compitieron en sus novedades, llamando la atención un balcón frente al Convento de San Gregorio del que salían dos grandes tirsos que sostenían un toldo de raso blanco con multitud de cintas. Otras no desmerecían y el balcón de la perfumería Robillard, engalanado con columnas y arcos renacentistas decorados con papel de seda, causaba sensación. Igualmente el edificio del Sr. Pampló producía gran efecto, como el comercio de los Sres. Sánchez de León con sus candelabros que sujetaban los toldos, blanqueados en la base y con guirnaldas en espiral arriba; Casa Conejos se mostraba cubierta de medallones y palmas, como la tienda de Amador que cautivó al público, cubierta por grandes flores y plantas tropicales. La Isla Cuba cubrió sus ventanales con colgaduras blancas y largos flecos, con guirnaldas en los capiteles, como se ve en la foto, chaflán calle San Vicente con plaza la Reina, con una tribuna para autoridades ante la Iglesia San Martín.

En la calle del Mar los industriales Sres. Muedra y Soler arrojaron desde sus balcones 125 kilos de confetti y 1.000 serpentinas de las manos de las señoras y señoritas Cuesta, Foulcombridge, Áriño y Pierrad. En la calle Peris y Valero sobresalía por su originalidad el taller de la modista Madame Prats y la papelería de Alpuente; en la esquina de El Siglo y de un mástil colgaba un cuadro en el que se leía "Coso Blanco"en letras de papel rizado. La Bajada de San Francisco estaba ataviada de blanco, tanto en sus fachadas como en el suelo, sobresaliendo La Esmeralda, y en la plaza Castelar el Círculo Valenciano llamaba la atención por sus adornos de colgaduras blancas, cabezas de caballo y pajaritas de papel. 

Y entre su rico anecdotario para el que sería necesario más espacio, destacó la curiosa denuncia del inapropiado nombre de Coso al considerar más ajustado el italiano Corso, en castellano carrera, mientras que el propuesto por el Ateneo se correspondía con el de una calle de Zaragoza.  

Por sugerir, no quedaba.

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